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El futuro ya no es lo que era

En los últimos meses he sido observador involuntario de escenas que, de una forma u otra, ponen en duda el pensamiento convencional sobre la juventud o, mejor dicho, cuando la cursilería woke beatifica a un determinado grupo poblacional no por sus méritos sino exclusivamente por su edad.

Una fue cuando una chica al frente de una librería madrileña no tuvo la menor idea de quien era un tal Søren Kierkegaard; otra, un chaval quejándose del trabajo duro (eso sí: muy bien pagado) en una financiera neoyorquina que prefirió irse a Lima a hacer sushi, y la tercera una joven que no quiso quedarse en su chamba 15 minutos después de su hora de salida para atender un “bomberazo” y luego demandó a su empleador por “hostigamiento laboral” y le sacó 10 mil dólares.

Ignoro los detalles específicos, o si tienen razón o no, o si refleja lo que decía un escritor superventas en Estados Unidos -“los tiempos fáciles crean personas débiles”- pero parece que ni la juventud ni la educación por sí solas son el pasaporte automático hacia la ley del menor esfuerzo.

El efecto, por tanto, es una mezcla de frustración y desencanto que muchos jóvenes desfogan hacia los típicos culpables: los gobiernos, la economía, el modelo, el estrés  -todos, menos ellos- y se condensa en el temor a convertirse en los nuevos parias del mundo laboral. Veamos.

Sí, hay más estudiantes, universidades y acceso, pero la correlación entre estudios, empleabilidad e ingresos no parece alta. La disrupción tecnológica es imparable, transforma la naturaleza del trabajo y crea puestos que exigen nuevas habilidades. La derivada es que hay escasez crítica de talento. Manpower identificó que 85 por ciento de los empleadores en Alemania e Israel reportan gran dificultad para cubrir puestos de trabajo, mientras que Polonia y Colombia declaran la menor dificultad: 59 por ciento. ¿La diferencia? La innovación de sus economías.

Para eludir esa realidad, burócratas y partidarios de la vieja escuela argumentan que las aulas universitarias no van de empleabilidad ni economía -cosas “menores”, dicen- sino del humanismo y la belleza que los estudiantes respiren en ellas. Poéticamente suena bien, pero la competencia es salvaje: las encuestas del INEGI muestran que el porcentaje de desocupados con educación superior en México era de 36.8 por ciento (2025) y que los ingresos de los universitarios se han estancado.

Va una hipótesis: las economías del “trapiche” gratas a Morena existen, pero las más complejas e innovadoras -como Israel que tiene 4 mil 800 startups, la proporción per cápita más alta en el mundo- son las que detonan el círculo virtuoso del crecimiento, aún cuando enfrenten mayores cuellos de botella para reclutar talento muy especializado.

En tercer lugar, se dice que las nuevas generaciones están mejor preparadas y en un sentido cuantitativo es verdad. Pero estudios recientes sugieren que su coeficiente intelectual está descendiendo.

Una investigación de la Universidad de Northwestern muestra que el Efecto Flynn -una seria medición de pruebas de inteligencia- se ha estancado, e incluso se revierte en algunas categorías clave. Los datos mostraron caídas de los jóvenes en razonamiento verbal y matricial, resolución de problemas visuales y habilidades computacionales. En cambio, las puntuaciones en razonamiento espacial y abstracto muestran una tendencia ascendente. En matemáticas, la Universidad de California encontró un déficit en la preparación de sus estudiantes de primer año: el número de los que necesitan cursos remediales se fue de 1 por cada 100 a 1 por cada 8 estudiantes.

En conclusión, más vale aplicarse porque el futuro… ya no es lo que era.

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