Montserrat Pérez-Lima
“Ver y ser vistos”, una consigna que ha sido aplicada de manera acertada al referirse a la asisencia a la ópera durante el siglo XIX en México, aunque bien se podría repetir esta intención en cualquier parte del mundo donde se cultivó este entretenimiento. Sin embargo, esta misma frase se aplicó de igual manera a las personas que formaron parte de los bailes de nuestro país en aquel periodo. Esta premisa también apareció en la investigación desarrollada por la historiadora Clementina Díaz y de Ovando: Invitación al baile: Arte, espectáculo y rito en la sociedad mexicana (1825-1910), publicada en 2006 por la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta publicación fue el punto de partida para la exposición Invitación al baile. Arte y espectáculo en el México del siglo XIX, que actualmente se exhibe en el Foro Valparaíso, ubicado en la sede fundacional del Banco Nacional de México.
A pesar de las pequeñas dimensiones de la muestra, podemos apreciar algunos objetos que hoy son testimonio de aquellas reuniones en los salones y principales foros de la ciudad, donde el baile fue el pretexto perfecto para la socialización de las élites mexicanas. Un pretexto perfecto porque, más allá de la danza, estas reuniones eran terreno fértil para las negociaciones, los intercambios y las alianzas políticas (desde matrimonios hasta la recepción de diplomáticos extranjeros), así como para enterarse de las novedades de la moda y los chismes; todo ello girando en torno al acto social del baile. Entre estos objetos, las invitaciones nos recuerdan las aspiraciones de los grupos en el poder: París era visto como la cúspide cultural y, por tanto, estos llamamientos estaban redactados en francés —incluidos los menús—, con horarios específicos tanto para la cena y el baile que, contra todo pronóstico, podían prolongarse hasta las tres de la mañana.
Se reconoce también a quienes fueron las principales protagonistas de estas reuniones: las mujeres de las clases privilegiadas, quienes, con sus vestidos y abanicos, manejaban todo un código de lenguaje no verbal de galantería que hoy se ha perdido. Se exponen tres vestidos de Concepción Lizardi del Valle, quien fue dama de honor de la emperatriz Carlota, además de algunos de los famosos carnés de baile: pequeños cuadernillos que las mujeres llevaban atados a sus antebrazos, en los cuales venía el registro de las piezas de la velada y servían para anotar los nombres de los prospectos con quienes habrían de bailar cada polca o vals.
Entre las pinturas de Pelegrín Clavé y Julio Ruelas hay algunas partituras: Acira reina loca (polca mazurca de Francisco Sanromán), el Ramillete de flores (un compilado de piezas para piano que hizo Domingo Ibarra con la música de varios autores) y una pieza de La historia danzante, colección de 80 piezas en dos tomos que, según nos cuenta el musicólogo Fernando Carrasco en su admirable blog Musicología casera, fue publicada entre 1873 y 1874. Además de la música, este semanario musical se distinguía de cualquier otra publicación por sus mordaces y particulares ilustraciones, elaboradas por José María Villasana, uno de los litógrafos mexicanos más destacados del siglo XIX y considerado precursor de la historieta en México.
Como ocurre con mucha música de este periodo, las grabaciones son escasas o nulas. Resulta curioso apuntar que uno de los registros fonográficos de estas obras sea de un pianista japonés, Fumecri Himecri, quien se dio a la tarea de grabar el primer tomo de La historia danzante. Este proyecto cuenta con 40 vídeos disponibles en YouTube, entre ellos, la pieza incluida en esta exposición: un arreglo de José Meneses sobre La vida parisina de Jacques Offenbach.
La historia danzante, semanario musical mexicano, Tomo 1, N°. 1-10
Fumecri Himecri, piano
Todo esto ocurre en apenas unos metros de recorrido dentro de un espacio que no debe pasar desapercibido en la visita, pues el recinto mismo fue escenario de bailes como los que se pretende recordar en esta muestra. El reclamo es, justamente, que nos hace falta la música, y no me refiero a la de los papeles expuestos, sino al fenómeno sonoro en general. Es crucial conocer estas piezas de baile dado que, en su época y en el siglo siguiente, una gran cantidad de ellas fue menospreciada por no corresponder a una concepción elevada y "artística". No obstante, esta percepción cambió cada vez más al aceptarse su verdadero fin: la socialización, el movimiento corporal, el coqueteo y la diversión, características que seguimos encontrando en cualquier otro género que sirva para el fin práctico del baile. Curiosamente, estas composiciones “prácticas” otorgaron reconocimiento internacional a un autor mexicano: Juventino Rosas y su vals Sobre las olas, pieza que el propio Amado Nervo reconocería haber escuchado en diversas ciudades europeas, incluso con atribución a otros autores.
Juventino Rosas - Sobre las olas
Nadia Stankovitch, piano
Es interesante imaginar que aquellas reuniones en torno al baile, con todas sus implicaciones, se trasladarían posteriormente a los grandes salones públicos del siglo XX, como lo fueron el Salón México o Los Ángeles. Allí, los valses cambiaron por habaneras en esteroides: la cumbia, la salsa, el mambo, la rumba. El vals tampoco desapareció, sino que se renovó en las todavía vigentes fiestas de XV años, abriendo aquellas reuniones antes privilegiadas a cualquier persona que deseara (y pudiera) reproducir aquel imaginario de los salones decimonónicos; sin importar si se contaba con un piano o no, pues las grabaciones lo hicieron innecesario.
Los vestigios de aquellas fiestas de galantería siguen operando en cada reunión donde el ritmo nos provoca movernos, ya sea delicadamente o bailando el perreo “hasta abajo”. Por lo pronto, el encuentro con estas historias, antes limitadas a las investigaciones de musicólogos e historiadores, sale a la luz en un espacio que invita a imaginar aquellas noches de baile. Y vale la pena aprovechar la visita para recorrer el edificio que alguna vez fue conocido como el Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso, admirar su escalera doble helicoidal —única en su tipo en toda América—, además de su colección privada con obras de artistas como Remedios Varo, Pedro Coronel, José Clemente Orozco o María Guadalupe de Moncada y Berrio, primera pintora mexicana en firmar su obra, en el siglo XVIII.
Así que ésta no es sólo una invitación al baile, sino a la curiosidad y a la escucha. La muestra gratuita estará abierta hasta el 18 de octubre en Venustiano Carranza 60 e Isabel la Católica 44, Centro Histórico. La invitación está hecha.
*Montserrat Pérez-Lima. Musicóloga por el Conservatorio Nacional de Música, maestra en Comunicación por la UNAM y maestrante en la Facultad de Música. Es autora de artículos sobre música mexicana y ha impartido ponencias en México, Cuba y España. Escribe notas al programa para diferentes orquestas del país.
@MontseLima_
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