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Maquillaje 4T para el podrido Sinaloa

La prioridad de Rocha Moya, hoy por hoy, parece bastante más sencilla que gobernar Sinaloa: que no lo maten y que no termine extraditado para enfrentar la justicia en Estados Unidos.

Después de lo ocurrido, resulta complicado imaginar otra cosa.

Rocha regresó fugazmente al poder, desafió incluso la posición de la presidenta y, ante el rechazo de Morena y Claudia Sheinbaum, volvió a pedir licencia. El episodio terminó exhibiendo su debilidad política y acelerando su salida.

Estados Unidos lo acusa de vínculos con el Cártel de Sinaloa; Rocha lo niega. La FGR abrió una investigación, pero hasta ahora los mexicanos seguimos sin conocer una conclusión que esclarezca el caso.

Rocha, sin embargo, tiene una razón para estar relativamente tranquilo: la nueva gobernadora interina, Graciela Domínguez, no llegó desde la oposición ni desde fuera del movimiento. Fue secretaria de Educación durante su gobierno y pertenece a Morena.

Y aquí aparece la verdadera operación política.

Morena pretende que Sinaloa crea que una cosa fue Rocha y otra, muy distinta, será Imelda Castro.

Pero no. Imelda Castro no es Rocha. Pero tampoco es una outsider. Ambos comparten una larga trayectoria en la izquierda y un proyecto político que viene de mucho antes de 2021. Fueron compañeros de fórmula al Senado y, durante años, Rocha construyó relaciones y una estructura de poder de las que Imelda también obtuvo beneficios políticos. Si hoy existen señalamientos tan graves sobre las relaciones que rodearon a ese grupo, no resulta políticamente aceptable que quienes se beneficiaron de esa estructura pretendan aparecer como espectadores inocentes de su resultado.

Imelda no tiene que ser acusada de un delito para cargar con una responsabilidad política: fue parte del mismo proyecto, creció políticamente dentro de él y obtuvo posiciones gracias a él. Si la podredumbre que hoy conocemos venía de años atrás, tampoco puede pretenderse que empezó con la llegada de Rocha al gobierno en 2021.

La operación es evidente: sacar a Rocha de la fotografía, colocar a Graciela en Palacio y presentar a Imelda como la renovación.

Pero cambiar el rostro no cambia el proyecto.

Imelda puede tener diferencias con Rocha. Puede representar otra corriente dentro de Morena. Lo que no puede hacer es presentarse como alguien ajena a los resultados políticos de un partido que ha gobernado Sinaloa durante estos años.

La reflexión para los sinaloenses no debe ser si Castro es independiente de Rocha. Debe ser más profunda y preguntarse: ¿Por qué habría que darle nuevamente a Morena la oportunidad de resolver lo que no resolvió, sino agravó durante estos años?

La presidenta Sheinbaum merece reconocimiento por haber hecho valer la investidura presidencial. Cuando Rocha intentó regresar, le puso un alto. Para quienes durante años la han acusado de estar subordinada a Palenque, fue una señal de que ella manda.

Sin embargo, esa victoria política se diluyó rápidamente.

El rochismo no desapareció. Una excolaboradora de Rocha gobierna interinamente y la misma estructura política se prepara para disputar el poder en 2027.

Sinaloa tiene una oportunidad que difícilmente volverá a presentarse. Puede romper con un modelo político que ha gobernado mientras el estado se hundía en violencia e incertidumbre.

Los sinaloenses llevan demasiado tiempo sin poder vivir normalmente. Merecen más que maquillaje para sanar una herida mortal.

Ágora
Los viajes de Mara Lezama en jets privados de contratistas exhiben el doble rasero de Morena: pregonan austeridad, pero replican con creces los excesos del viejo régimen. La puesta en práctica de aquello que rezaba: “no robar, no mentir y no traicionar”, sí, ajá.

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