La oposición mexicana corre el riesgo de convertirse en una fuerza testimonial. Si PRI, PAN y Movimiento Ciudadano insisten en privilegiar los intereses de sus dirigencias nacionales por encima de la construcción de alianzas competitivas en los estados, llegarán a 2027 divididos, debilitados y con pocas posibilidades reales de disputar el poder a Morena.
Durante décadas, PRI y PAN fueron partidos con presencia en todo el país. Hoy esa realidad ha cambiado. Ambos sobreviven cada vez más gracias a fortalezas regionales específicas, mientras que MC ha construido enclaves de poder muy relevantes, pero concentrados en determinadas entidades.
La elección de Coahuila ofrece una radiografía de este fenómeno. El PRI obtuvo una victoria aplastante y se quedó con la totalidad de los distritos locales. Mientras tanto, PAN y MC sufrieron una debacle electoral que los dejó por debajo del umbral legal para conservar sus prerrogativas estatales. No fue una demostración de fortaleza nacional del PRI, sino la prueba de que todavía existen territorios donde la oposición puede competir cuando entiende las dinámicas locales.
El contraste es brutal: el mismo PRI que celebra un carro completo en Coahuila enfrenta una realidad mucho más complicada cuando se observan las tendencias nacionales.
PAN y MC, por su parte, mantienen fortalezas importantes en otras regiones del país, pero fueron prácticamente irrelevantes en uno de los últimos bastiones priistas.
La lección es evidente. Los partidos opositores ya no son estructuras nacionales uniformes. Se han convertido en expresiones territoriales con fortalezas, liderazgos y capacidades muy distintas según la entidad que se observe.
Por eso resulta cada vez más cuestionable la estrategia de algunas dirigencias nacionales que insisten en competir por separado bajo el argumento de fortalecer la identidad partidista. Esa lógica podría tener sentido si existiera un escenario de competencia equilibrada. Pero frente a un Morena que utiliza obscenamente el presupuesto público y recursos del Estado a favor de su estructura territorial, la fragmentación opositora suele traducirse en derrotas previsibles.
La oposición no necesita encontrar un líder providencial ni esperar un colapso espontáneo del oficialismo consecuencia de su mal gobierno o, incluso, por una intervención extranjera. Necesita entender dónde existen vulnerabilidades reales de Morena y construir coaliciones competitivas alrededor de ellas.
Esto implica reconocer que el PRI puede ser útil en algunos estados y prescindible en otros. Que el PAN conserva fortalezas donde mantiene arraigo social y gobiernos exitosos. Que MC puede aportar candidaturas atractivas en determinadas regiones. Y que, en muchos casos, los perfiles ciudadanos pueden resultar más competitivos que los cuadros tradicionales de los partidos.
La pregunta para 2027 no es qué partido opositor llegará más fuerte. La pregunta es si sus dirigencias tendrán la inteligencia política para aceptar que, por separado, probablemente ninguno llegará lo suficientemente competitivo.
Mientras Morena piensa en términos de territorio, buena parte de la oposición sigue pensando en términos de siglas. Y en la política mexicana actual, las siglas ganan debates internos, pero las elecciones se ganan en el territorio.
La oposición mexicana enfrenta una decisión histórica. Puede seguir fragmentándose mientras Morena consolida su dominio territorial e institucional, o puede aceptar que el tablero cambió, y que la ruta viable para competir pasa por la construcción de alianzas locales inteligentes y la apertura a postular candidatos ciudadanos.
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