Leo aquí en el portal de La Aurora, que el gobierno mexicano ha desplegado en estos días 3400 elementos de seguridad únicamente en Mazatlán, donde en lo que va de septiembre se han registrado en cifras oficiales 36 homicidios. Siguen los secuestros y desapariciones en el puerto. El fin de semana pasado, una manifestación masiva en Culiacán, que congregó todo tipo de actores empresariales, religiosos, sociales y políticos, demandó la pacificación del estado. Se trata de una tragedia de proporciones sin precedente en el México contemporáneo, bautizada por el pueblo como la narcopandemia, que ha ocasionado problemas de deserción escolar, traumas psicológicos duraderos, pérdida masiva de inversiones, cierre de comercios, desempleo, pérdidas de vidas y claro, traumas psicológicos duraderos. La sociedad sinaloense vive sin poder restablecer el entramado estatal, o en otras palabras en el estado de naturaleza del cual hablaban los pensadores políticos clásicos. La gente vive cotidianamente atrapada entre el fuego de dos grupos criminales y los esfuerzos de los agentes federales por contenerlos. Mientras tanto, como todos sabemos, la crisis política exhibe aparatos municipales y el estatal enteramente disfuncionales. Por si fuera poco, Sinaloa sufre el infortunio de no constituir una prioridad informativa en los medios de comunicación nacionales. Su violencia es tan incesante, que, excepción hecha de La Aurora, donde el tema recibe seguimiento puntual, las notas en la prensa nacional son cada vez más esporádicas.
Le pregunto a mis conocidos y amigos residentes en Sinaloa. Me dice que pueden toparse hasta con tres retenes federales cada 2 km, y, aún así, la situación no cambia. Desde luego que hay momentos ascendentes y descendentes en la curva de violencia, pero la paz no vuelve. Saben que han llegado refuerzos federales, pero se preguntan qué sucederá cuando se vayan, pues no pueden estacionarse ahí de manera permanente, a la luz de la crisis de inseguridad en otras zonas del país. Además, los agentes federales no resolverán, no tienen medios para hacerlo, la crisis política por la disfuncionalidad integral de las autoridades locales, ni la debilidad estructural de la oposición mexicana y sinaloense para ofrecer una alternativa contra Morena el año entrante. El drama no conoce límites, pero está claro que la presencia del ejército y la marina, si bien indispensable, no es suficiente para restablecer la gobernabilidad. Quizá sería tiempo de pensar en un plan de gobernabilidad a corto, mediano y largo plazo para el estado, con la participación de varios actores locales, nacionales y sobre todo, con asistencia internacional tal vez multilateral. Está claro que el gobierno federal no puede solo. No se me ocurre otra cosa por el momento.
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