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Información para decidir con libertad

Empezar perdiendo

Ya, es la última. Por lo menos por ahora, pero es que no podía tener un juicio imaginario en el que el juez estuviera ya en su silla, el jurado que quedó rechazado y en el que no tuviera un abogado en mi esquina.

No quiero regresar a este tema en un tiempo porque no me gustaría que me vuelvan a explicar por qué el derecho es tan complicado, me cansé de la justificación de que todo depende porque cada litigio es diferente, no quiero volver a escuchar “la litis” en por lo menos un mes.

Mejor me quedo con lo que me escribió un amigo que tomó, creo yo, la mejor decisión de su vida. “Estudié derecho para aprender que todo depende y me hice periodista para preguntar ‘¿depende de qué?’”. No todo está perdido.

En fin, volviendo al tema (que prometo que no voy a volver a tocar en un buen tiempo), si tuviera que pedirle a alguien que me defendiera en un tribunal, no puedo pensar en nadie mejor que en Atticus Finch.

Atticus fue el único hombre de Maycomb que pudo haber logrado que un jurado compuesto únicamente por hombres blancos se tardara en poner de acuerdo en si un hombre negro era culpable o no. No cualquiera puede hacer titubear de esa manera al racismo.

En diferentes momentos en Matar a un ruiseñor, Harper Lee escribe sobre un hombre que sabe que tiene todo en contra, pero sigue adelante. No hace falta leer el libro para imaginar la dura discriminación que era cotidiana en los años 30 en un condado del sur de Estados Unidos.

Pero no es sólo su integridad y su valor, o incluso que fuera un buen abogado lo que me llama de él, sino que la razón por la que me gustaría que Atticus Finch me defendiera es que entendía algo que a muchos se les escapa.

Y eso es que “hay una institución humana que hace que un pobre sea igual a un Rockefeller, que un hombre estúpido sea igual a un Einstein y que un hombre ignorante sea igual a cualquier rector universitario. Esa institución, señores, es un tribunal”.

Parece difícil encontrar a alguien que no apoye esta equidad. Admiramos la revolución francesa y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. En la Declaración de Independencia de Estados Unidos quedó plasmado que “todos los hombres son creados iguales”.

Pero, ¿qué pasa cuando nos sentamos en la mesa con una persona que tiene una ideología completamente diferente a la nuestra? Todos se dicen tolerantes hasta que un fanático de Karl Marx tiene que tomar un café con un aprendiz de Margaret Thatcher.

En estos tiempos el diálogo, ese que sirve como escenario para la democracia, parece ser el obstáculo más difícil de atravesar.

Por eso pienso tanto en lo que Atticus le dijo a sus hijos cuando hablaba de la señora Dubose, que hizo todo lo que pudo para dejar su adicción a la morfina.

“Quería que vieran lo que es el verdadero valor, en lugar de hacerse la idea de que el valor consiste en un hombre con un arma en la mano. Es cuando sabes que estás derrotado antes de empezar, pero empiezas de todos modos y sigues hasta el final, pase lo que pase”.

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