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El miedo a los 280

Me persiguen los jueces, abogados y jurados. No en el sentido literal, afortunadamente, sino de una manera más teórica. Ya dije que estudiar derecho nunca fue una opción para mí, pero eso no evita que lleve buena parte de la semana dándole vueltas a ese tema.

Es difícil querer a una disciplina que se basa en una falsa seguridad que presumen algunos abogados y que queda al desnudo con unas cuantas preguntas sobre qué podría pasar en un escenario o en otro, y la respuesta que siempre me dan mis amigos es “depende”.

No es su culpa, no hay manera de prever todos los escenarios posibles, especialmente cuando lo que se busca es tener un marco regulador para algo tan complejo como la convivencia humana (lo que no quiere decir que no se pueda dejar de intentar).

Pero no es eso a lo que le llevo dando vueltas estos días, ya hice las paces con esa dualidad hace tiempo. El tema que no me ha soltado es el miedo que me daría enfrentarme a un juez, o un jurado, mejor dicho, como el que condenó a Sócrates en el año 399 a.C.

En México no va a suceder (bendito derecho romano). Pero aún cuando me gustaría que existieran más jueces como Myron Kovitsky, siento que es más probable que un caso termine en manos de algún miembro de la peor mitad de los 501 atenienses que juzgaron al filósofo.

Ya quedamos que no está en mis planes tener que sentarme en el banquillo, pero no puedo evitar pensar que a Sócrates lo juzgaron por corromper a la juventud a la que le enseñó a cuestionar las aparentes certezas que repetían quienes decían “formarlos”.

Parte de ese espíritu sirvió como base para el periodismo, ese oficio que debería tener más preguntas que certezas. ¿O acaso hay otro camino para llegar a la verdad que no sea a través de la duda?

Toda proporción guardada, nunca se sabe qué pregunta puede llevar al enojo de la persona equivocada, lo que a su vez puede acabar en un castigo inmerecido, algo que tampoco es poco común.

Claro que Sócrates no molestó sólo a una persona, sino que el enojo que generó todos esos años en los que se empeñó en liberar a las juventudes de las falsas certezas le costó que 280 miembros del jurado votaran a favor de su culpabilidad mientras 221 votaron en contra.

Un grito lleva 25 siglos dando vueltas por el mundo, y quien quiere escuchar se enterará de que el hecho de que una mayoría esté de acuerdo en algo, eso no lo convierte en automático en justicia o verdad.

Hay un segundo llamado que el escritor Marcos Chicot recuperó en su libro El asesinato de Sócrates, y al que también valdría la pena ponerle atención.

El autor recuerda que el filósofo de 70 años tuvo la oportunidad de pelear para cambiar su condena y no beber la copa de cicuta que le quitaría la vida.

Como se sabe, no sólo no hizo el esfuerzo por evitar su pena, sino que el griego les echó en cara el error que estaban cometiendo, algo que también recogió Chicot en su libro.

“Atenienses, si hubierais tenido un poco de paciencia, la muerte habría terminado conmigo por sí sola, y habríais evitado cargar con una injusticia. Ahora voy a sufrir la muerte porque me habéis condenado, y mis acusadores van a sufrir la infamia a la que les condena la verdad”.

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