Todos nos hemos congelado alguna vez. No hablo del frío, sino de esas veces en las que una situación nos ha dejado petrificados, que las piernas no nos responden y que lo único que nos pasa por la cabeza es la incontestable pregunta de “y ahora, ¿qué hago?”.
¿Cómo salirse de una conversación incómoda cuando la otra persona no sabe callarse? ¿Qué se hace cuando se tiene un vaso aplastado y una mesa bañada de café por no haber sabido usar la tapa? ¿Cómo dar el primer paso cuando no se tiene idea de cómo empezar?
Hace unos meses me reuní con el amigo de una amiga, que estaba urgido por no saber cómo podía iniciar su novela. Mi consejo fue que se sentara a escribir. Él escuchó que necesitaba comprarse un iPad con todo y el lápiz para hacer fluir la inspiración. De su libro ya no sé nada.
También me ha tocado sentarme en comidas para escuchar grandilocuentes planes. Mientras el guacamole de la botana da paso al chile en nogada, se defienden tesis completas sobre lo que hay que hacer para arreglar países enteros.
El postre llega como un dulce y necesario contrapeso para todo el ácido que corrió como cortesía del enojo que generaron las últimas decisiones anunciadas por el gobierno al que es indispensable derrocar.
Los planos que se usaron para construir el castillo de cartas del proyecto opositor quedan borrados después con la misma servilleta que se usa para limpiar de las mejillas el caramelo del flan con el que se le puso un fin al revolucionario plan que nunca saldrá de esa mesa.
Ejemplos de sueños inconclusos sobran, pero no sé si haya un fracaso que se haya consolidado mucho antes de empezar como el plan del general Juan Andreu Almazán para arrebatar la Presidencia de México en 1940.
Almazán le hacía saber a sus cercanos que estaba dispuesto a todo con tal de impedir la toma de posesión del presidente electo, el también general Manuel Ávila Camacho.
El general opositor decía tener todo listo para llevar a cabo un levantamiento para así imponer el que él consideraba era el resultado legítimo de las elecciones.
Siempre hay un pretexto para quien habla de más y al final se arrepiente de los planes y prefiere quedarse sentado. El de Almazán fue el envío del vicepresidente electo de Estados Unidos, Henry A. Wallace, a la toma de posesión de Ávila Camacho.
Ahora que si hablamos de personajes que hicieron grandes planes para acabar en el mismo lugar donde empezaron, el rey, creo yo, es Holden Caulfield, el legendario personaje de J.D. Salinger en El guardián entre el centeno.
Esa mezcla de querer volar y tener miedo de hacerlo se vio proyectada en la conversación con Horwitz, el taxista impaciente pero no malhumorado al que Holden le pregunta si sabe a dónde van los patos del pequeño lago de Central Park South durante el invierno.
Sin entender bien por qué el niño al que había recogido esa noche quería saber eso, Horwitz le contesta: “¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?”.
Momentos después, el taxista volteó la cabeza y le dijo, “los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven”.
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