Las listas nos acompañan. Nos ayudan a llevar un registro de lo que se tiene, recordar a quién se le tiene que cobrar cuánto dinero o para asegurarnos de que acabamos todos los pendientes que se nos acumulan diariamente.
En la escuela me aprendía los apellidos de las tres personas que estaban antes de mí para estar preparado al momento de que por fin sonara el “Hiriart”. ¡Ah! Las preocupaciones de la infancia.
Todavía hoy me siguen. Si voy de compras sin haber apuntado lo que tengo que llevar estoy perdido. Al final del año me gusta ver los libros que leí para escoger los tres que más me gustaron. Si no enlisto lo que tengo que llevar, me podría llevar una maleta semivacía de viaje.
Tal vez exageré un poco en ese último, pero sí me dolería tener que dejar de gastar en comida por tener que comprarme algo de ropa por no haber pensado en todo lo que me tenía que llevar con tiempo.
Sí, las listas nos acompañan. Pero así como Marshall McLuhan nos enseñó que “el medio es el mensaje” (¡ah! la universidad), la historia también nos ha demostrado que los listados también son el mensaje.
No hay que ir muy lejos para recordar que en 1940, mientras la Alemania nazi preparaba una eventual invasión de Gran Bretaña, la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) elaboró la “Lista especial de búsqueda Gran Bretaña”.
Dos mil 820 intelectuales, periodistas y políticos quedaron registrados en el “Libro Negro” como un peligro para el gobierno encabezado por Adolf Hitler.
Josef Stalin no necesitó de un documento así, sino que optó por un sistema de clasificación represiva en el que distinguía entre “enemigos del pueblo”, “elementos antisoviéticos” y “saboteadores”.
Ante la urgencia por defender al Estado frente a una supuesta conspiración interna y extranjera, Stalin presentó a los enemigos como agentes del fascismo, espías, saboteadores o conspiradores que buscaban destruir el poder soviético.
Y como la imaginación no parece ser el fuerte de los autócratas, esta misma urgencia por catalogar a los enemigos también la implementa Mao Zedong en su momento.
Durante la Revolución Cultural se utilizaron las llamadas “Cinco Categorías Negras” con las que se identificaban a terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios, “malos elementos” y derechistas.
Naturalmente, las personas pertenecientes a esas categorías podían ser sometidas a humillaciones públicas, trabajos forzados y otras formas de persecución dependiendo de la categoría a la que habían sido clasificados.
La constante en los tres ejercicios es que el enemigo es presentado como una amenaza, no simplemente como un adversario político. El riesgo es interno y la justificación casi nunca es “quiero eliminar a mis adversarios”, sino que se presenta como una medida defensiva.
Como suelen hacer los autoritarios, que siempre son claros con sus objetivos y planes a futuro, Stalin dejó en claro cuál era el destino de sus contrincantes durante un brindis que hizo en una recepción en el Kremlin, en 1937.
“Y eliminaremos a todo enemigo (del Estado y los pueblos de la URSS)… ¡Eliminaremos a toda su linaje, a toda su familia!… ¡Brindemos por el exterminio final de todos los enemigos, tanto ellos mismos como su clan!”.
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