Cuando invito a alguien a participar más activamente en lo público, suelo encontrar tres perfiles. Está el activista que ya encontró su lugar: en una ONG, un colectivo, un comité vecinal, una causa…incluso un partido político. Está quien se aleja de la política como si participar fuera contagioso, convencido que su ausencia otorga pureza. Por último, está el tercero, el más silencioso y debatiblemente el más funcional al poder: el ciudadano que cree que ya cumplió. Votó. Paga sus impuestos. Cumple la ley. El que siente que con eso ya hizo su parte. No es apatía. Es la convicción de que la ciudadanía tiene un mínimo que, una vez cubierto, permite volver tranquilamente a la vida privada.
La convicción es genuina y a primera vista, razonable. Votar importa. Pagar impuestos importa. El problema aparece cuando convertimos esas obligaciones en el techo de nuestra ciudadanía, en lugar de entenderlas como el piso.
Porque después de votar, alguien gobierna. Después de pagar impuestos, alguien decide cómo se gastan. Después de elegir representantes, alguien redacta las leyes, nombra funcionarios y toma decisiones que afectan nuestra vida cotidiana. Si nos vamos, alguien se queda.
Ese es el punto que solemos perder de vista. El voto otorga legitimidad para llegar. No incluye nuestra renuncia a vigilar lo que ocurre después. Cuando creemos que sí, no estamos siendo neutrales: le estamos extendiendo un cheque en blanco al poder. Legitimidad para llegar, recursos para operar y ausencia para actuar sin contrapeso.
Sabemos que el poder sin vigilancia corrompe. No podemos sorprendernos del resultado cuando somos nosotros quienes nos alejamos.
Lo más difícil no es convencer a quien rechaza participar. Es convencer a quien cree que ya participó suficiente.
Quienes estamos en política tenemos parte de esta responsabilidad: hemos construido espacios que confunden presencia con participación, que convocan y pasan lista pero no permiten incidir. Muchas personas se alejan después de intentarlo porque descubren que su presencia no cambia nada.
Pero hay otro alejamiento, más silencioso. El de quien sí podría involucrarse y considera que ya hizo su parte.
El tejido social no es el premio que llega cuando la democracia funciona bien. Se construye en el proceso de involucrarse. Las comunidades que sostienen presión más allá de la euforia no lo hacen porque primero tuvieron mejores instituciones. Tienen mejores instituciones porque no se fueron.
El cheque en blanco no lo firmamos solo con el voto. Lo firmamos cada vez que decidimos que ya hicimos suficiente.
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