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La ola del orden

La marea que recorre América Latina no es un destino inevitable. Chile, Colombia, Perú, Argentina: cada elección perdida por la izquierda continental crea una ilusión tan reconfortante como peligrosa. Que existe un vuelco histórico que anuncia la caída de Morena y que a la oposición le basta con esperar su turno. De ese tipo de ilusiones está pavimentado el camino a la derrota.

Sugiero una hipótesis distinta de la lectura simplista del péndulo. Lo que el votante latinoamericano premió fue una palabra: orden. El denominador común de esos contextos electorales no fue propiamente un programa económico ni una agenda cultural. Los electores eligieron a quien les pareció capaz de imponerse al desgobierno. Efectivamente, el punto de contacto entre los Kast, Milei, de la Espriella es un atributo. La promesa creíble de que alguien volverá a fijar las líneas rojas de la convivencia. La “ola conservadora” no es, a mi juicio, un movimiento ideológico internacionalizado que pueda adaptarse como franquicia nacional. Es la reconstrucción de un orden como imperativo categórico de la política.

Porque su antítesis, el desorden, no es un alegato discursivo. Es el joven sin empleo formal ni posibilidades de emancipación. Es la madre que no sabe si su hijo volverá de la calle o si tendrá que buscarlo con pico y pala. Es el comerciante que paga renta al crimen porque el Estado no existe. El ciudadano que vota por el orden no es un reaccionario al que haya que reeducar. Es el acreedor de la promesa elemental del pacto político: que el poder existe para protegerlo. La oposición que mire esta intuición por encima del hombro habrá perdido antes de empezar.

La izquierda perdió justamente por no entender esto. Creyó que la demanda era de reparto y repartió a manos llenas. Pero lo hizo sobre la renta extractiva, no sobre la productividad. Cuando el superciclo se agotó, no quedó prosperidad sino factura. El error de fondo fue invertir la relación lógica de las cosas. Creyó que primero se distribuye y luego se ordena, cuando es al revés. El orden es el presupuesto de la prosperidad. Sin seguridad no hay inversión. Sin certeza no hay crecimiento. Sin ley pareja no hay mérito. La riqueza se cultiva en el suelo firme que solo el orden ofrece. Esta es la lección de sentido común político.

Las sociedades parecen decantarse por quien respalda las ideas sin rodeos. El votante no reacciona ante supuestas amenazas autoritarias cuando su vida pende de un hilo. Reivindica valores que no son nostalgias conservadoras, sino las instituciones tradicionales que se han tatuado en su experiencia vital. La familia que inculca, el trabajo que dignifica, la comunidad que protege, la ley que iguala.

Y es aquí donde el PAN debe escucharse a sí mismo, porque la respuesta está en su propia razón de ser. El orden que gana elecciones y perdura no es el del caudillo que vacía los contrapesos, por eficaz que parezca, ni el del Estado sin diques. Es una síntesis que el panismo lleva en el ADN: el orden liberal que somete al poder a la ley, el orden republicano que involucra al ciudadano en el poder y el orden conservador que otorga a la persona el poder sobre su propio destino. No son tres ideas en competencia: son una sola tradición, la que afirma que la persona es anterior al Estado, la ley superior al gobernante, la comunidad más fuerte que cualquier abstracción. Esa es la doctrina del orden que el continente acaba de premiar sin saber nombrarla. El PAN sí sabe nombrarla. La pregunta es si nos atreveremos a abrazarla.

El atajo es tentador: adoptar el eslogan, imitar la mercadotecnia, reproducir el exabrupto, asumir el reflejo del outsider o portar la gorra que tropicaliza una marca ajena para hacer grande lo que nunca se ha ocupado de entender. El votante distingue la convicción de la pose. Quien copia la estética del orden sin profesar su doctrina ofrece una falsificación. El PAN no necesita disfrazarse de una derecha ajena. Necesita reafirmar su propia versión. La autenticidad no es sólo una virtud moral en política: es una ventaja competitiva, la única que el adversario no puede suplantar.

Porque la ola no llega sola ni alcanza a quien la espera de brazos cruzados. No hay ciclos inevitables. La historia no está escrita. La única ley de hierro de la política es que la indefinición pasa factura. Morena no caerá por su desgaste: caerá electoralmente ante una alternativa que ofrezca el orden prudente antes de que alguien le ofrezca al país el orden voluntarista, que también sabe ganar elecciones. La marea continental no es una promesa para la oposición mexicana. Es un examen. Y se aprueba abrazando el orden de la libertad, no aguardando el turno. Lo demás es esperar a que la suerte nos alcance. Como golpea una ola contra la orilla.

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