La izquierda que gobierna México resultó ideológica y políticamente aldeana. No es un defecto sobrevenido: es la condición de origen del obradorismo. Cofradía temerosa de interactuar en el mundo desde posiciones intelectuales abiertas. Identitarista, etnonacionalista, victimista. Su recelo ante lo que viene de fuera es la medida de sus vacíos. El aislamiento como confirmación de certezas. Política de trincheras para enterrar la vergüenza.
El neoantiamericanismo es mucho más que un eje ideológico. Es la reacción instintiva ante el escrutinio y las exigencias de la mundialización. Es el viejo tic del nacionalismo autoritario para contener cualquier cuestionamiento externo sobre el estado de las libertades o las fallas institucionales en México. La invención de un enemigo que asedia para esconder la mediocridad. El silencio que se impone con el acento bélico del clarín. El destierro como destino de los desleales.
Las acusaciones del gobierno estadounidense contra figuras destacadas de Morena por presuntos vínculos con el crimen organizado, la sucesión sin pausa de escándalos de corrupción y el temor a que "vengan por todos" han unificado al oficialismo en torno a una retórica antiyanqui, a costa de una escalada diplomática sin precedentes desde el fin de la Guerra Fría. La cohesión que el movimiento no logró en las rutinas impersonales de la institucionalidad se consigue ahora por el miedo a una extradición o a una colaboración incentivada. Del temor reverencial a López Obrador al espanto de las visas canceladas.
Pero el dispositivo cumple una segunda función. Más oscura. La retórica incendiaria prepara el patíbulo. En la semántica de los “traidores a la patria” o del “fraude patriótico contra la reacción” se ha escondido históricamente la razón de Estado del autoritarismo. Cada consigna aviva la lealtad facciosa de unos, pero apunta a una víctima futura. Quien señala el hedor no es un ciudadano que cumple un deber cívico ni un adversario con derecho a disputarles legítimanete el poder. Es un agente extranjero, un cachorro del imperio, un colaboracionista.
Los que recurren al blindaje patriotero lo hacen porque tienen algo que esconder detrás de las consignas. El antiamericanismo no es ideología, doctrina ni estrategia. Es pulso pragmático de riesgos. Cálculo para evitar sus consecuencias. El amago de la ruptura es la retórica claudicante de quien negocia, en entregas, su propia rendición.
La presidenta Sheinbaum no busca el lugar de México en los nuevos equilibrios geopolíticos. No construye una esfera propia de influencia. No diseña una política exterior digna de ese nombre. Su tarea es otra. Más doméstica y más urgente. Que Morena no se desmorone bajo el peso de sus propias contradicciones. Acaso, que López Obrador no sienta la necesidad de salir a defender su legado por mano propia. El antiamericanismo obradorista es una contención de daños hacia adentro. Humo de incienso para endulzar los hedores del narcopacto.
El aldeano cree que el mundo termina donde alcanza su vista. El régimen ha hecho de esa miopía una doctrina de gobierno. La aldea conforta, pero no absuelve.
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