Esta era la pausa de autoridad que solía usar Javier Coello Trejo. Un martillazo para imponer la potestad de su experiencia o para retomar la discusión en lo jurídico. Era también su peculiar forma de interpelar al valor, al coraje, a la valentía. A despertar la disposición de su defendido o de su interlocutor a resistir y pelear. En algunos momentos, era su manera bronca de consolar a quien, de pronto, se siente desprotegido ante la angustia de la incertidumbre. Después de muchos años de convivir con él, me acostumbré a anticipar el epílogo que siempre venía tras aquella frase: “A ver, mi amigo, aquí hay que meterle huevos”.
Creo que siempre vivió en la nostalgia del servicio público. Se formó en la meritocracia salvaje de ser el primero y quedarse hasta el final. De rendir y dar resultados. En esa institucionalidad que es un código de lealtad y honor. Contaba, con envidiable detalle y con esa portentosa memoria, anécdotas de todo tipo sobre su paso por la procuración de justicia y, claro, sobre aquellos tiempos en que sirvió a su pequeña patria, la tierra regada por el Grijalva y el Suchiate, su siempre entrañable Chiapas y ese rincón frailescano, Villaflores, al que se apegaría para siempre desde que su vida se cruzó con Jovita, su compañera de toda la vida y único mando al que temía.
Muy pocos políticos tienen el privilegio de habitar cómodamente sus epítetos. En la lucha por el poder, nadie es dueño de su suerte ni de su destino, mucho menos de cómo será mentado y recordado. En el mundo penal, donde el sentido de la humanidad se pone a prueba, don Javier cultivó la leyenda del “fiscal de hierro” que lo acompañaría durante toda su vida. No sé cuántas veces le pregunté e intenté extraer la cronología milimétrica de esos casos emblemáticos por los que sería conocido. Los narraba una y otra vez, con orgullo y pasión, como si cruzara la dimensión del tiempo, la de su tiempo. No añoraba ese México, por cierto. Le preocupaba el vacío de eficacia frente al crimen, la mano fuerte del Estado, pero estaba convencido de que la patria había parido con mucho dolor las libertades que gozamos. El hombre que ejerció la fuerza terminó defendiendo el límite legal y racional de la fuerza.
Partió preocupado por la destrucción del Estado de derecho, su pasión vital y el mantra de su convicción. “Se acabó la República”, me dijo cuando se aprobó la reforma electoral de la justicia. Me lo imagino mientras escribo esta despedida en su último debate. Ya no tendría enfrente ministerios públicos, jueces ni colegas. Esa audiencia final es ante la fiscalía de la impotencia: ver el término del plazo procesal de la vida, pero sentir la necesidad de continuar la lucha, de defender la causa de la legalidad, de reencauzar el futuro de los jóvenes a quienes interpelaba con frecuencia, a los que quería cuidar como si fueran sus nietos.
Te acompaño en mi imaginación, tío, en esa audiencia. Salimos airosos. México tuvo muchos defensores de oficio. Derrotamos al miedo y a la indiferencia. La justicia imperó. Descansa en paz.
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