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El Estado enfermo

Los condotieros del gobierno suelen dedicar largas retóricas a dar consejos a la presidenta, exculparla de todo mal y pedir para ella el beneficio de la duda. El libreto es cansino: la presidenta no es el problema, es casi una santa que: a) tiene buenas intenciones, pero b) depende de su antecesor, c) su equipo es disparejo, inepto o desleal, y, por tanto, necesita d) dar el manotazo, e) deshacerse de varios para que f) aflore el gobierno maravilloso que está en la incubadora desde que tomó posesión en 2024.

“Ya lo verán, será la campanada mundial”, concluyen esperanzados.

Bueno, diría Álvaro Mutis cuando se dedicaba a la publicidad: “Si las cosas fueran fáciles, cualquiera las haría”. Pero no lo son y México nunca había vivido una época tan crítica por donde se vea. Además de los factores domésticos, hay una serie de crisis y disrupciones globales, desde la erosión democrática y las guerras, hasta la fragmentación de valores y del sentido de propósito, que pintan un nuevo orden económico, geopolítico, tecnológico y cultural en construcción y cuyas únicas certezas arrojan un lienzo cambiante, incierto, complejo, confuso e impredecible.

Pero en el muy remoto caso de que lo señalado por sus hagiógrafos funcionara y la presidenta intentara ser otra, quizá fracasaría porque la intrincada panoplia de los problemas del país constituye más bien una metástasis, ese proceso mediante el cual las células cancerosas se desprenden del tumor original, viajan a través de la sangre o el sistema linfático y forman nuevos tumores en otras partes del cuerpo.

Ese tumor original es que el Estado mexicano -léase instituciones, leyes, jueces, servicio civil- está enfermo, no funciona, y los tumores nuevos no son sino una prolongación para la que nadie sabe si hay un antídoto eficaz.

Por el lado económico, es bien conocido el panorama: finanzas públicas notablemente frágiles, déficit y deuda elevados, empresas públicas cuasi quebradas y estancamiento económico. Por el lado político, el país y su gobierno, atrapados en una “poliarquía” con poderes distribuidos entre diversos actores con intereses encontrados, sin un vector -una suerte de bonapartismo- que los arbitre, encauce, gestione, ordene o limite. Nadie sabe quién manda, o, mejor dicho, mandan muchos.

Veamos un solo caso.

En las Fuerzas Armadas (militares, marinos y guardias nacionales) disciplina y lealtad son solo aparentes porque no obedecen del todo al mando civil sino a su propia jerarquía, a su exclusivo sistema de justicia y de códigos internos cerrados. Como algunas porciones de esos cuerpos están estrechamente coludidas con la delincuencia y practican la corrupción desde los entes públicos que administran, entonces sirven a varios amos a la vez, propios y externos, lo cual, por mera sobrevivencia -el “equilibrio del miedo” se le llama-, los blinda. Decir que la comandancia suprema ejerce sobre los conductos de esos vasos linfáticos un control real es una ficción.

Volvamos entonces a la idea inicial: ¿esto se soluciona, por ejemplo, reemplazando a altos mandos y a unos cuantos comandantes regionales y de zona? No, porque el cáncer ya no está neutralizado en un punto nodal, sino que los tumores han invadido el cuerpo. Y así pasa con gobernadores, cómplices partidistas o crimen organizado, tan parecidos entre sí.

En suma, como lo sintetizó magistralmente Roberto Saviano en Solo è il coraggio, “se diría que este Estado está enfermo, que algunas de sus células se revuelven contra él y que su sistema inmunitario es un aparato residual, que el mismo organismo aparta, abandona, debilita, hasta que resulta difícil distinguir la parte sana de la podrida”.

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