“…hasta mí llegaba constantemente el ruido sordo, desde las inmediaciones de mi campamento, de los tambores rituales…”, así confiesa el antropólogo británico Victor Turner en El proceso ritual que, cuando iniciaba su trabajo de campo, a principios de la década de 1950, entre los ndembu de Zambia, el persistente sonido de aquellos tambores lo llevó a abandonar sus prejuicios sobre los rituales y a estudiarlos para comprender realmente aquella cultura. Esa decisión marcaría el resto de su vida y lo convertiría en uno de los grandes referentes en el estudio de los símbolos y los rituales.
Varias décadas después, a principios de los años 80, el antropólogo brasileño Roberto Da Matta, inspirado —como él mismo reconoció— en los trabajos de Turner y de Max Gluckman, estudió cómo el futbol brasileño, entendido como una forma de ritual, permite comprender aspectos mucho más amplios de esa sociedad. Gluckman, fundador de la Escuela de Manchester, maestro y gran amigo de Turner, y uno de los primeros científicos sociales en estudiar el impacto social del futbol, no habría compartido esa tesis, pues sostuvo expresamente que los deportes no son rituales seculares. Sin embargo, sí afirmaba que el futbol es un fenómeno capaz de atenuar las diferencias de origen, clase social, religión u ocupación para dar paso a un profundo sentimiento de comunidad.
Además de analizar el futbol, como narran recientemente los antropólogos Gordon y Grundlingh, Gluckman era aficionado del Manchester United y experimentaba algunos de los sentimientos que había convertido en objeto de estudio. Llevaba a sus estudiantes a los partidos en el Old Trafford, el emblemático estadio del club. Entre ellos se encontraba Turner, quien también era un fanático del equipo. Una de sus estudiantes relata que, incluso cuando el intenso smog de aquel Manchester industrial impedía ver con claridad lo que ocurría en el campo, Turner era capaz de anticipar e imitar las jugadas de los futbolistas.
En 1958, en medio de la preocupación por el crecimiento de la xenofobia en el Reino Unido, la BBC invitó a Gluckman a responder una pregunta: ¿qué significa ser extranjero? “Cuando veo jugar al Manchester United y lo animo junto con mis compañeros de grada, no importa que haya vivido en Manchester solo unos cuantos años, que sea judío, que provenga de Sudáfrica o que sea profesor universitario. Soy uno más entre la multitud de seguidores del United de distinto origen étnico, distinta tradición religiosa y diferente ocupación”.
Este sentimiento de unidad puede entenderse a la luz del concepto de communitas desarrollado por Turner: una experiencia intensa e inmediata de comunidad que surge al trascender, aunque sea temporalmente, las diferencias que separan a los individuos.
Como ocurre en cada Mundial, en esta ocasión la selección mexicana de futbol cumplió una función que fue más allá de lo deportivo: generó communitas. Durante unos días, millones de mexicanos trascendimos nuestras diferencias de origen, región, condición económica, formas de pensar y orientación política para compartir un sentimiento de identidad y pertenencia. Quizá por eso, como señaló José Carreño en estas páginas, el Mundial representó un estorbo para Palacio Nacional y para Morena: interrumpió su monopolio de la agenda pública. La lógica populista necesita dividir permanentemente para conservar el poder. Frente a un fenómeno de communitas, esa estrategia se desvanece. También la oposición debe entenderlo: la respuesta al populismo no puede ser otra división, sino la capacidad de construir unidad dentro de nuestras diferencias. Los grandes proyectos nacionales no nacen del conflicto permanente, sino de la voluntad de hacer communitas. En el Mundial, como Turner en Zambia, empezamos a escuchar los tambores de la unidad, y dejamos de escuchar los de la división.
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