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CINE: Una música fría: sobre "La bestia" de Bertrand Bonello 

Sofía Garnica Esteva

                                                                                 For what we have lost in the anticipation.                                                                                                              WILLIAM CARLOS WILLIAMS


La escena que abre La bête (Francia, 2023), del director y músico Bertrand Bonello, expone inadvertidamente la estructura que la cinta tomará en adelante. Una mujer (Léa Seydoux) entra en escena, tras de sí no hay más que una pantalla verde, a un lado, una mesa en donde reposa un cuchillo. La mujer otea a la distancia, camina con cautela y aguza el oído. A cada tanto se percibe el ruido de algo que se acerca. Alcanza la mesa y toma el cuchillo mientras permanece expectante y en guardia, en espera de que aquello se abalance sobre ella. Corte de escena. 

Un cuchillo, una muñeca, un oráculo, un augurio, un hombre y una mujer. Éstos son los elementos estructurales que aparecerán sistemáticamente en las tres épocas que siguen la historia de Gabrielle y Louis (George MacKay) —1910, 2010 y un futuro 2044, inundado por la inteligencia artificial—, todos, momentos en las vidas pasadas de ella que revisita al someterse a un procedimiento de purificación emocional que la convertirá en una trabajadora modelo, desprovista ya de toda irracionalidad humana. 

El filme toma como argumento inicial el de The beast in the jungle, novela de Henry James ambientada en la primera década del siglo pasado. La primera época en la película espejea esta obra e, igual que en aquella, Gabrielle confiesa durante una velada a Louis el presentimiento de que algo terrible acontecerá, una bestia que espera agazapada para atacar. Desde entonces, Louis permanecerá a su lado en la espera de que ésta se manifieste. 

A primera vista pareciera que éste es un filme sobre el vínculo entre un hombre y una mujer que no logra consumarse a través del tiempo, en estos tres momentos. Pero abstraída la razón amorosa, como ocurre en la escena inicial —la pantalla verde, ascética y sin componente histórico, una especie de tabula rasa— es más evidente que la exploración de Bonello se trata, una vez más, de la condición humana. La que desprovista de su imprevisible irracionalidad abandona su naturaleza. La noción de sentimiento humano, su posibilidad y, después, su anulación es la clave de exploración de La bête; ambas cosas concitan terror en uno u otro momento —sentir demasiado o no poder sentir emoción alguna. Bonello se pregunta, pues, ¿qué es lo que hace a la bestia? E igual que Henry James, ¿qué es la bestia? 

En el primer acercamiento —el telón de fondo es un París tormentoso producto de la Gran Inundación del Sena—, a Gabrielle, pianista desposada por un rico fabricante de muñecas, la inunda un terror inconfesable, la bestia que la espera es el presentimiento arrollador de un amor tórrido. Pero éste pasa inadvertido frente a ella. Sin permitirse sentirlo a plenitud, su vida tiene un final trágico. Todo lo que ahí acontece es previsto por la vidente a quien acude por consejo, la que anticipa su muerte a través del augurio de una paloma que ingresa a su habitación. 

Segunda época: 2010. Gabrielle lucha ahora por conseguir papeles secundarios en una agencia de modelaje mientras cuida de la propiedad vacante de una familia en Los Ángeles. Otra vez, una paloma se posa en el alféizar de la casa, la señal fatídica que augura su destino. En esta ocasión los elementos se entreveran: una muñeca mecánica se estanca en una vocalización trunca, está averiada; el oráculo se manifiesta esta ocasión en forma de anuncio publicitario que inunda la pantalla de su computadora; el hombre que ha esperado por tanto tiempo, Louis, será el hombre que tome su vida. 

Momento futurista: en esta época es donde se sitúa el presente “interno” de la historia. Gabrielle se somete a un procedimiento para borrar toda memoria que implique una carga emocional, es decir, un fallo en su desempeño. Esta vía es la única manera de competir contra los sistemas de inteligencia artificial que llevan a cabo tareas especializadas y toman decisiones. Las emociones de Gabrielle representan un lastre en cuanto fuerza productiva, lo que la ha orillado a realizar únicamente trabajos mecánicos, a alienarse. La exploración de sus vidas pasadas y su siempre trunco vínculo es acompañada de la voz ascética de una IA programada —otra vez, un oráculo— y una mujer autómata que la guía —la muñeca. 

En esta época la bestia encuentra su última expresión: la desensibilización plena de un ser humano en virtud de su perfeccionamiento como trabajador como lo hubiera imaginado Ford: un humano desprovisto de toda emoción y conducta irracional que garantice la mayor productividad. Si en la primera aproximación (un lejano 1910) la codificación de la bestia se trataba del terror a sentir, en este  futuro distópico, su última expresión —el miedo— está encriptado en la imposibilidad de sentir cualquier emoción. 

En una escena anterior, ambientada en ese París desbordado como telón de fondo, la entonces pianista Gabrielle y Louis discurren parsimoniosamente hasta que sus voces y sus pasos se apagan, mientras conversan en torno a Arnold Schönberg, compositor vienés en el que ella se encuentra trabajando y al que reprocha su casi falta de sentimiento. 

— Suponiendo que fuera interesante hacer música sin sentimiento, que aún está por verse, ¿Cómo sería? ¿Las composiciones serían frías?

— No necesariamente. Proporcionaría una experiencia al oyente. No la típica experiencia. Algo primitivo. Algo que no se vive desde hace mucho tiempo. 

En este futuro apocalíptico la duda inicial de Gabrielle es rebatida. Más aún, es aquí en donde la bestia —que no es la muerte sino algo peor— la alcanza finalmente. Gabrielle lo sabe al reencontrarse con Louis, compañero de muchas vidas, convertido en un autómata. Impecable, pulcro y gentil pero desprovisto de emoción alguna. Tal como una música fría, en armonía perfecta aunque desalmada. 

La bestia no existe por sí misma, no es pues un augurio o una tragedia simplemente —una gran inundación o un terremoto. Tiene el rostro de una mujer, un hombre, un cuchillo o una paloma. Más bien, se produce como un suceso históricamente situado. Nuestros miedos están de la misma forma situados, de alguna manera, contienen el espíritu de nuestro tiempo. Quizá lo que hoy los caracteriza está alimentado por el  asedio a nuestra sensibilidad, la única manera en la que nos podemos mostrar humanos.

*Sofía Garnica Esteva. Antropóloga y lingüista por la UNAM. Ha publicado ensayo y poesía en la Revista de la Universidad de MéxicoNexosCasa PaísRevista de la Universidad del Estado de MéxicoRevista Presente y Conspiratio, revista de cuyo consejo editorial forma parte.
@sofiageste

 

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