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CINE: "La mitad que falta": una joya en un océano de streaming

Migul Cane

Hubo un tiempo en que los estrenos de cine cada semana tenían un efecto particular en la gente: en el mundo sin Internet, comprábamos nuestro boleto y al salir de la función hablábamos entre nosotros de lo que acabábamos de ver, recomendábamos las películas a los amigos, y podíamos observar las reacciones de los extraños a nuestro alrededor para ver cómo la película de marras "les llegaba".

Ahora el panorama de exhibición es por completo distinto; la proliferación de plataformas de streaming ha contribuido a crear un océano de oferta que muy a menudo abruma al espectador casual que "quiere ver algo nuevo". Esto se debe a un ruido de fondo interminable donde es muy fácil perderse. Sin embargo, en esa inmensidad, a veces aparecen modestas joyitas que, de manera inexplicable, nunca se estrenaron en nuestro país y habrían pasado desapercibidas en otro ecosistema, mas encuentran ahí (en este caso, HBO Max) su insólita y afortunada vitrina.

Eso me pasó con Twinless (La mitad que falta), segundo largometraje de James Sweeney. Estrenada en el Festival de Sundance de 2025, donde se llevó el Premio del Público y el de Mejor Actuación Masculina, es una comedia muy negra que juega con temas como el duelo, la obsesión y la necesidad humana de conexión, de una manera tan incómoda como brillante. Obviamente, no se trata de una película perfecta, y es justo señalar sus defectos, pero sus virtudes son tan deslumbrantes que se imponen con facilidad.

La premisa es sencilla, pero sus ramificaciones alcanzan un nivel de sofisticación narrativa que supera incluso la idea original. En la muy hipster ciudad de Portland, Oregón, vive Roman (Dylan O'Brien), un joven de buen corazón, quien está de luto por la abrupta muerte accidental de su hermano gemelo, Rocky, cuya influencia en su vida fue tan luminosa como sombría: el hermano carismático y despreocupado que arrastraba a Roman a sus aventuras sin considerar del todo cómo afectaban a su gemelo más reservado.

Al acudir a un grupo de apoyo emocional para "gemelos sin gemelo", conoce al excéntrico gay Dennis (el propio James Sweeney, que escribe y dirige), quien asegura haber perdido a su gemelo también. Pronto, entre ambos surge una amistad solidaria: se acompañan al supermercado, a eventos deportivos, se hacen emotivas y dolorosas confidencias, y pese a que la atracción no es recíproca (Dennis poco a poco siente algo que Roman no puede corresponder), se muestra entre ambos un respeto que fortalece el nexo para hacerlos cómplices sólidos y, para el espectador, convincentes. Ésta es la clase de amistad que actores como los legendarios Walter Matthau y Jack Lemmon hicieron emblemática en filmes memorables como La pareja dispareja (1968), donde el contraste de personalidades generaba una dinámica de fricción y afecto que aquí Sweeney recrea con destreza.

Lo que Roman ignora —mas no así el espectador, que se entera de todo en los primeros 15 minutos— es que Dennis ha estado siguiéndolo desde el funeral de su hermano y que, unas semanas antes del accidente de Rocky, tuvo un tórrido fling con él. Esta revelación convierte a la película en algo más que una simple historia de amistad: es también un thriller emocional que puede tornarse incómodo, así como una compasiva pero muy exacta exploración de la fragilidad humana.

La película a partir de ahí camina en una cuerda floja que Sweeney mantiene tensa para bien: podría caer en lo fácil o volverse una simple comedia de enredos, pero se salva de ello al conseguir un equilibrio tonal que resulta poco menos que prodigioso: La mitad que falta es auténticamente entretenida, con esa clase de humor ácido y amargo que recuerda en algunos momentos a la obra clásica de Todd Solondz (Felicidad, Bienvenida a la casa de muñecas) —sobre todo en su capacidad para extraer comedia de situaciones límite y en su mirada sin concesiones a la torpeza emocional de sus personajes—, aunque sin llegar a sus legendarios niveles de perversidad. También sabe ser desgarradora cuando tiene que serlo: este balance es uno de sus mayores triunfos, y parte de ese mérito recae en el trabajo de su protagonista.

Hablar de Twinless es también hacerlo de la presencia en pantalla de Dylan O'Brien. Ya no es el héroe juvenil de la teleserie Teen Wolf y la saga de El corredor del laberinto; en su primer papel completamente adulto, O'Brien alcanza una nueva dimensión. Como los gemelos Roman y Rocky, su actuación ostenta una mezcla de vulnerabilidad y fortaleza, de comedia y drama, que remite por momentos a Cary Grant en filmes clásicos como Sospecha, arsénico y encaje o The Awful Truth, donde podía ser galán perfecto, comediante natural y, al mismo tiempo, atormentado y complejo. O'Brien posee un carisma magnético, cualidad que hace que no se pueda apartar la mirada de la pantalla y que uno le crea cuando sus ojos se llenan de agua o estalla en carcajadas. Pocos actores contemporáneos transmiten algo semejante; el primero que viene a la mente es Ryan Gosling en trabajos como Drive, Proyecto fin del mundo o la infravalorada Profesión peligro, de 2024.

Aquí O'Brien apuesta fuerte y entrega un trabajo muy superior al de Send Help! de Sam Raimi, donde resulta contundente su interpretación como un yunior repelente y traicionero al que Rachel McAdams hace pasar por un merecido martirio tras naufragar en una isla tropical; en La mitad que falta despliega un abanico interpretativo que lo coloca en otra liga: como Roman, es vulnerable y buena bestia; se encuentra completamente perdido y encuentra en Dennis una tabla de salvación a la que agarrarse, sin importar que sea una tabla podrida. En su breve aparición como Rocky, se luce como el gemelo seductor que vivía con intensidad sin tomar en cuenta el efecto que sus pantalones ajustados, su cuidado bigote y sus acciones tenían en los sentimientos de los demás. O'Brien logra que ambos personajes sean distintos y reconocibles al instante. Ya no es sólo lo que Hollywood solía llamar un matinée idol, sino un actor con todas sus letras. 

A su lado, James Sweeney compone con matices y sensibilidad a un Dennis que, conforme se desarrolla en pantalla, resulta tan frustrante como patético y, en el fondo, desamparado y comprensible. Su trabajo frente a la cámara —y detrás de ella— es notable: consigue que, pese a sus manipulaciones, el espectador no pueda despreciarlo del todo, porque es imposible no reconocer algo de nosotros mismos en su necesidad desesperada de sentirse querido. De hecho, es un personaje que genera un debate ético fascinante: ¿merece el perdón de Roman? ¿Actuó como lo hizo por narcisismo o por una torcida forma de arrepentimiento? ¿Puede uno sentir compasión por alguien así? ¿Es realmente todo culpa suya? Las respuestas a éstas y otras interrogantes se quedan con el espectador por bastante tiempo después del visionado, y eso no es poca cosa para una película indie: Sweeney sabe cómo contar una historia y hacer que se siga hablando de ella.

El resto del reparto los acompaña con solvencia. Aisling Franciosi es la dulce y sensible Marcie, compañera de trabajo de Dennis que se convierte en novia de Roman, y cuyo afán de entrometerse en las vidas ajenas "con buena intención" aporta el punto de ruptura, aunque en vez de hacerla suspicaz y odiosa, como dictaría un cliché, Sweeney la dota de una sensatez y una empatía fundamentales para el clímax. También sorprende ver a Lauren Graham como Lisa, neurótica madre de Roman y Rocky; aquí ofrece una sólida variación de sus icónicos personajes de Lorelei Gilmore (en Gilmore Girls) y Sarah Braverman (en Parenthood), esta vez en mal pedo: lidia con el duelo de una manera fría y distante, casi como si estuviera enojada con el mundo de manera perpetua y en un coma emocional; las pocas veces que habla, lo hace con frases envueltas en alambre de púas.

Ahora bien, ¿dónde residen las áreas de oportunidad de la película? Podría ser que el giro argumental llegue demasiado pronto y que suprima algo de tensión en el segundo acto; la historia de Dennis, su profunda y amarga soledad y sus motivaciones para introducirse en la vida de Roman, merecerían quizás un desarrollo más profundo. Sin embargo, éstos son defectos menores que no empañan el conjunto. La película es consciente de su naturaleza comprometida y a la vez tierna y la abraza, con toda su toxicidad y sus contradicciones. El desenlace, abierto a la interpretación, invita a la reflexión y deja en el aire una pregunta que resulta tan incómoda como bella: ¿podrá la amistad entre dos hombres heridos sobrevivir a una traición tan profunda? La película no da una respuesta fácil; quizá por esa ambigüedad resuena con tanta fuerza después de los créditos.

Tan entrañable como inquietante, La mitad que falta es la prueba de que, en medio del ruido de las plataformas, aún es posible encontrar un cine que se atreve a ser raro —no solo queer— y profundamente humano. No se trata de una obra maestra, claro, pero tiene solidez; es una película muy bien hecha que acompaña y cuestiona al espectador, que hace reír, y demuestra que, a nivel interpretación, Dylan O'Brien ya dejó atrás la promesa para ser una presencia a tener muy en cuenta. Su trabajo es, en definitiva, una de esas interpretaciones que merece mucho la pena descubrir.

*Miguel Cane. Escritor, dramaturgo, crítico y periodista cinematográfico con 30 años de carrera. Su último libro es Liliput (Gato Blanco, 2025).
@AliasCane

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