La entrega de la semana pasada provocó comentarios que mucho agradezco y que coinciden en que los juicios precipitados y las generalizaciones catalizan nuestros conflictos, y pueden sacar lo peor de nosotros como individuos y como sociedad.
Algunos comentarios señalaban cómo los algoritmos y la inteligencia artificial han acelerado este fenómeno. También, como me lo expresó un agudo lector: “hoy el deporte global es juzgar y condenar acciones con un gramo de información y toneladas de deseos de coincidir con una mayoría”.
Y tiene razón: a la facilidad para atacar se le suma la necesidad de sumarse a la mayoría. Poderosa combinación en la que las piedras de antaño son sustituidas por tuits, post o reenvíos de WhatsApp, y las redes sociales se convierten en el escenario de lapidación pública contemporánea.
Es cierto que esto ha sido exacerbado por algoritmos que contribuyen a deshumanizarnos —si entendemos la empatía y la convivencia como el núcleo de nuestra condición humana—. Sin embargo, vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿y si el problema no es la tecnología, sino el uso que le damos?
Esos instrumentos capaces de sacar lo peor de nosotros son, paradójicamente, las herramientas más poderosas que jamás ha tenido la humanidad para encontrarse, entenderse y construir.
Pensemos en Hidalgo o Madero, quienes convencieron a multitudes de su época de que las cosas debían cambiar. ¿Qué herramientas tenían para difundir su causa? Ninguna más allá de la voz y el papel impreso. Con esos limitados medios, lograron despertar a todo un país y desatar dos de los mayores cambios en nuestra historia.
Volvamos al presente. ¿A cuántas personas podrías llegar a través del aparato en el que me estás leyendo? ¿A qué costo? ¿En cuánto tiempo? Por si no lo habías notado, tienes más poder de comunicación y capacidad de convocatoria que la que se necesitó para comenzar la Independencia y la Revolución. ¿Qué podríamos lograr si hiciéramos buen uso de este poder?
Algo equivalente aplica para la psicología de masas y el instinto de rebaño. Sirve para linchar, pero si la mayoría empezara a actuar bien, ese deseo de pertenecer se convertiría en un poderoso activo para cambiar malos hábitos. Si la norma visible fuera actuar con honestidad, respetar la ley o colaborar, la masa se alinearía con la misma velocidad.
En conclusión, redes y psicología social son amplificadores neutros: si los alimentamos con prejuicios, multiplican el caos; si los orientamos a metas compartidas, pueden ser la infraestructura definitiva para la acción colaborativa.
El verdadero drama de nuestra época no es que las plataformas nos dominen, sino que poseemos la maquinaria de coordinación más avanzada de la historia y la usamos para pelearnos por un partido de futbol o por lo dicho por un conductor de televisión.
Tenemos el superpoder de conectarnos para resolver los problemas de nuestras comunidades, pero seguimos fascinados con las piedras que nos tiramos unos a otros. La herramienta ya está en nuestras manos; la decisión de seguir apedreando o empezar a construir es exclusivamente nuestra.
Recomendar Nota
