Después de publicar el sábado pasado que hoy abordaría los temas de masa crítica e interdependencia, presencié el partidazo entre Colombia y Portugal en Miami. Fue una magnífica exhibición futbolística en la que una aguerrida e inspirada Colombia opacó al favorito Portugal capitaneado por CR7 y colmado de estrellas.
Aunque seguramente había aficionados de varias nacionalidades, la tribuna amarilla dejó claro que Colombia jugaba de local. No es raro: según la Oficina del Censo de los Estados Unidos, en Florida viven alrededor de 410 mil colombianos, la comunidad sudamericana más grande del estado.
Mientras el balón paseaba vertiginosamente por la cancha, se escuchaba el hipnótico canto de la tribuna:
"Vamos, vamos Coloooombia,
esta noche tenemos que ganar".
Tan sonoro era que uno de los locutores le preguntó a su compañero —un exmundialista argentino— si los jugadores escuchan al público. La respuesta fue tajante: sí, se escucha todo, hasta los insultos. Similarmente, después del partido, el defensa colombiano Santiago Arias declaró: “El acompañamiento es un plus. Cuando la cosa se pone difícil, la afición empieza a cantar y sabemos que tenemos a un país unido detrás”.
El partido terminó cero a cero, pero fue estupendo y haberlo presenciado me hizo reflexionar sobre el tema de esta semana. Si aceptamos la idea de que la tribuna puede incidir en la cancha, entonces habrá que concluir que los aficionados de Colombia contribuyeron al gran desempeño de su selección.
Pero, ¿de qué manera contribuyeron? Cantando.
¿Y cómo se torna esa sencilla acción en algo capaz de incidir en el resultado? Por la sincronización. Si 40 mil personas cantan de forma aislada o asíncrona no hay efecto; la magia ocurre cuando ese número se concentra en el mismo lugar y entona al mismo tiempo la misma canción de ánimo para su equipo.
¿Y cómo empieza el canto? Con un núcleo —ese ejército de difusores del que ya hemos hablado— que marca la pauta. Quienes los escuchan los siguen, extienden el canto y el resto de la tribuna se contagia por pura validación social. El ser humano tiende a imitar la conducta de su entorno inmediato.
Este ejemplo ilustra la esencia del método: resolver un problema público, por gigantesco que parezca, no requiere de mártires ni supermanes. Requiere de personas comunes ejecutando una tarea individual sumamente sencilla, pero en forma masiva y coordinada con un objetivo común. El esfuerzo exigido a cada ciudadano debe ser el equivalente a emitir ese canto en la tribuna.
Ahí radica la fuerza que transforma la realidad. El impacto no proviene de acciones individuales heroicas y aisladas, sino de una masa crítica que se activa bajo una misma sintonía. Cuando logramos la acción coordinada de una comunidad —todos atacando al mismo problema, al mismo tiempo—, la crisis pública más compleja puede ser derrotada por goleada. Sobre la necesidad de tener un objetivo común para poder mover a la acción colaborativa coordinada, hablaremos la próxima semana.
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