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Información para decidir con libertad

Ni mártires ni supermanes: ciudadanos

La semana pasada ofrecí que hoy presentaría evidencia de que el quinto paso de nuestro método de comunicación para la acción tiene base científica. Recordarás que tal paso consiste en emitir una señal que genere esperanza al demostrar que el problema público tiene solución y provocar que los ciudadanos se proyecten en un escenario deseable y viable y se encienda en ellos un anhelo poderoso por alcanzarlo.

En su célebre libro Hábitos Atómicos, James Clear explica que se ha demostrado que los hábitos se construyen en cuatro pasos: señal, anhelo, respuesta y recompensa. La señal es información que la mente capta y le anticipa una recompensa. Esto enciende el anhelo, que es la fuerza motivacional. Si el anhelo es suficientemente fuerte, detona la respuesta —la acción concreta para obtener lo que deseamos— y esta nos lleva a la recompensa, que satisface el anhelo inicial. Aunque el enfoque del libro es individual, el mecanismo aplica a la dimensión social, pues un hábito colectivo no es sino la suma de comportamientos individuales reiterados.

Bajo esta óptica, el mensaje sobre la resolubilidad del problema funciona como la señal que promete bienestar y activa el anhelo colectivo de transformar la frustración social actual en tranquilidad compartida. Pero, además, para detonar una respuesta masiva, nuestro método requiere una condición indispensable: asegurarnos de que la tarea que debe realizar cada persona para contribuir a la solución sea simple de entender y sumamente fácil de realizar.

¿Recuerdas que hace semanas vimos que los problemas públicos están hechos de pequeñas acciones automáticas, generalizadas, reiteradas y que, por parecer insignificantes, son socialmente aceptadas? Bueno, la solución del problema es igual que su creación, pero en sentido opuesto. No requiere mártires ni supermanes, sino miles de acciones pequeñas en sentido contrario que sean igualmente automatizadas y generalizadas.

En nuestro modelo de referencia, el Teletón, nunca se le pedía a la audiencia ponerse en contacto con la familia de un niño con discapacidad, trasladarlo o participar en su rehabilitación. Más bien nos daban toda clase de alternativas y facilidades para poner un granito de arena: donar, difundir, recaudar o consumir un producto determinado. Lo que cada quien quisiera y pudiera hacer para apoyar.

Aquí es igual: si al ciudadano, por más sensibilizado que esté, se le pide una acción compleja, no la realizará. Particularmente en una fase inicial, cuando es previsible que tenga dudas sobre la efectividad del método y se cuestione si su aportación servirá de algo y si los demás harán su parte. Por eso, la acción propuesta debe tener un costo psicológico o físico casi nulo. Al ver que la tarea es sumamente sencilla, la mente elimina la fricción y la persona realiza la conducta.

Pero, si mi tarea es tan pequeña e insignificante, ¿cómo va a cambiar la realidad?, tal vez se pregunte alguien. La respuesta no está en la fuerza de la acción, sino en la sincronización de la masa. De la regla de la interdependencia colectiva hablaremos la próxima semana.

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