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Pablo Lemus: un tercio del sexenio arrastrando lastres

Guadalajara, Jal.- En política, heredar no siempre es recibir. A veces es cargar con compromisos ajenos, acomodar piezas que otros pusieron sobre el tablero y fingir que las decisiones son propias mientras se obedece a quien dejó el cargo. Pablo Lemus lleva dos años gobernando Jalisco y apenas comienza a sacudirse una de las herencias más incómodas de Enrique Alfaro. Y su problema no es que haya “renunciado” a Salvador Zamora, sino que haya tardado tanto en hacerlo.

El ex secretario de gobierno nunca fue una pieza de la confianza de Lemus. Fue, más bien, uno de esos compromisos políticos que llegan con la factura pagada por adelantado y que el nuevo gobernador debe aceptar para que la transición no se convierta en una guerra abierta con su antecesor.

De este modo, su gran obstáculo no fue sólo llegar al poder; fue tratar de gobernar con funcionarios cuya lealtad política está puesta en otro lado. La encrucijada no es menor: Lemus demoró un tercio de su sexenio en comenzar a resolver esa contradicción. Dos años para quitarse de encima a su segundo al mando no son embellecer la administración; es margen perdido para ponerle sello a su “estilo Jalisco”.

Y entonces no podemos dejar de preguntarnos cuántas decisiones más siguen atrapadas en esa misma lógica. Quienes vivimos en Jalisco sabemos que Zamora no es el único nombre que remitía al alfarismo dentro del gobierno estatal. Alberto Esquer, jefe de gabinete, también forma parte de esa estructura heredada; lo mismo Diego Monraz, el secretario de Transporte. La decisión de despedir al 02 bien podría poner en entredicho la permanencia de estos últimos.

De este modo, si el gobernador quiere ejercer el poder sin tutelas tendrá que decidir qué hace con las piezas que llegaron por imposición o compromiso y que no necesariamente responden a su proyecto.

Gobernar sin manos es conducir a ciegas. Y gobernar con manos que responden a otro es todavía peor. La crisis hídrica (eso es) en Guadalajara y los graves tropiezos políticos de los últimos meses exhibieron las consecuencias de un equipo que no opera con una sola línea de mando. Mientras la ciudadanía exige soluciones, el gobierno se enreda en sus propias lealtades, en disputas internas y en la dificultad de distinguir quién toma las decisiones.

La relación entre Lemus y Alfaro nunca fue precisamente una historia de lealtad incondicional. Quien gobernó Jalisco entre 2018 y 2024 construyó una influencia política que sobrevivió a su salida de Casa Jalisco. Durante años, Alfaro se comportó como el centro de gravedad de Movimiento Ciudadano en el estado, con la idea (¿o pretensión?) de que su autoridad también debía extenderse sobre alcaldes y sucesores.

Ciertamente, Lemus llegó a la gubernatura con capital político propio, pero aceptó una herencia que este fin de semana comenzó a desmontar… a cuentagotas. Y ahí está su contradicción: quiso gobernar con autonomía sin asumir desde el principio el costo de ejercerla.

Por eso, la salida de Zamora de la secretaría general de Gobierno importa mucho más de lo que parece. Acá es momento de dar a entender quién decide en el gobierno de Jalisco. Si fue Lemus quien determinó que Zamora ya no debía seguir, tendría que haberlo dicho con claridad y asumir el costo político. Pero al permitir que la salida se presentara como una decisión personal, dejó abierta la puerta para que el exfuncionario conserve margen de maniobra y para que la decisión del gobernador parezca menos una determinación de poder que una concesión negociada.

Tampoco ayuda que Zamora se haya ido de vacaciones a España (donde reside Alfaro) en un momento en que Jalisco atravesaba una etapa crítica de la crisis hídrica. La coincidencia alimenta una pregunta incómoda: ¿A quién respondía realmente uno de los principales operadores del gobierno estatal?

En cualquier administración, la lealtad política no puede ser una franquicia compartida entre el gobernador en funciones y el ex gobernador que todavía conserva influencia. Mantener esa ambigüedad cobra factura y se ha visto al momento de tratar de responder a los problemas públicos.

Lemus todavía tiene tiempo para corregir el rumbo, pero no puede seguir administrando las herencias como si fueran compromisos intocables. Necesita revisar quiénes forman parte de su equipo, quiénes ejecutan su proyecto y quiénes siguen ahí por una deuda política. No hablo de una purga por capricho ni cambiar nombres para dar nota. El gobernador debe construir una cadena de mando clara, rodearse de funcionarios que le respondan a él y a su estrategia, y dejar de confundir la estabilidad interna con la conservación de los acuerdos que heredó.

Dos años después, el gobernador tendría que estar dando forma a su proyecto, no resolviendo quién manda en su gabinete. La demora ya le costó tiempo, margen político y, según la amplia respuesta de la gente, también credibilidad. Y cada nueva salida que se presenta como renuncia, cada operador cuya lealtad despierta dudas y cada crisis que encuentra al gobierno dividido alimenta la misma percepción: que Lemus ocupa Casa Jalisco, pero todavía no termina de ejercer el poder que ganó en las urnas.

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