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¿Quién gana con un árbitro debilitado?

Cuando salimos como Marea Rosa a defender al INE, teníamos claro que la institución valía una movilización masiva en las calles. Fuimos cientos de miles de ciudadanos dispuestos a frenar la tentación de desparecerlo o de restarle autonomía, calidad técnica y carácter ciudadano. Por eso indigna y duele ver cómo, de una u otra manera, lograron asestarle un golpe del cual será difícil, aunque no imposible, recuperarse. Taddei fue consecuencia de una serie de intentos, impulsados por quien odiaba a las instituciones del país, por debilitar justamente a la institución civil con más confianza ciudadana dentro del ámbito político y de gobierno. En 2020, la Encuesta Nacional de Cultura Cívica del INEGI ubicó al INE con 59.6% de confianza, solo detrás del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional, y por encima de cualquier otra institución pública de carácter civil. Hoy la ENCIG del INEGI, que mide a los institutos electorales del país en conjunto, registra que la confianza en ellos cayó de 54.7% en 2023 a 48.1% en 2025.

La intención del régimen morenista de apoderarse de la organización de las elecciones ha quedado ampliamente documentada. En 2022 quisieron desaparecerlo para sustituirlo por un instituto nuevo y cercano al gobierno. No se concretó y la Marea Rosa tuvo mucho que ver, pues dio un fuerte impulso a la oposición que entonces tenía los votos para detener la reforma de López Obrador. Después vino la reforma legal que le cercenaba piernas y brazos, aprobada con argucias y graves violaciones al proceso legislativo, y volvimos a las calles. La anterior Corte, no la del acordeón, frenó esa reforma por lo sucio e ilegal del proceso. Recibió además el amicus curiae más grande de la historia, firmado por cientos de miles de ciudadanos que, tras marchar, usaron el único instrumento legal a su alcance.

Los intentos continuaron y el más certero fue colocar a Guadalupe Taddei, quien llegó por una tómbola de cinco nombres de mujeres cercanas al oficialismo. Le tocó a ella, cercana a Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, su estado, y presidente del Consejo Nacional de Morena. Su limitada preparación técnica y su nula habilidad para conducir las sesiones del Consejo General ya anunciaban problemas. Avaló, junto con el Consejo, las irregularidades de la elección presidencial de 2024. Operó a favor de la sobrerrepresentación que dio a Morena y aliados la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Defendió la barbaridad llamada “elección judicial”, y se hizo de la vista gorda ante las campañas ilegales y el uso de acordeones. A cambio, ella, que no conseguía consensos por su torpeza, recibió en 2024 una reforma que le permite designar por sí sola, sin el aval del Consejo General, a los directores ejecutivos y a los titulares de las unidades técnicas. Con ese poder generó una enorme red de corrupción.

El escándalo se documentó durante meses, hasta crecer tanto que rompió el pacto que mantenía a Taddei atrincherada en el INE, mientras el oficialismo disfrutaba de un organismo colonizado. Era un quid pro quo, entre tanto, la democracia se iba al caño.

Hoy, descubierto todo el entramado corruptor y delincuencial de Taddei siguen vigentes las consignas de la Marea Rosa, que advirtió lo que le pasaría a la democracia si se perdía el INE. Falta ver si la ciudadanía volvería a salir a defenderlo, ahora que la estupidez y la corrupción de su dirigencia le quitaron la confianza de la que gozaba hace unos años, y si eso desincentivará el voto. Conviene recordar que el instituto trasciende a las personas. Su base técnica es el servicio profesional electoral, y su fuerza, la ciudadanía que lo toma como suyo observando las elecciones y participando como funcionarios de casilla.

¿Quién gana con un árbitro debilitado? El régimen. Ahora busca seguir ganando con el nuevo nombramiento, no olvidemos que está en juego su permanencia en el poder.

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