Emb. Mauricio Carvalho Lyrio
No recuerdo bien el momento –tal vez una tarde de junio de 2020–, pero recuerdo perfectamente el lugar en que tuve la idea de organizar un homenaje en México a los ochenta años del nacimiento y treinta años de la muerte de José Guilherme Merquior, que se celebrarían al año siguiente, 2021. Me encontraba en la oficina de la residencia de Brasil en la capital mexicana, donde Merquior, como embajador brasileño entre 1987 y 1989, pasó muchas horas de lectura y redactó buena parte de su obra-testamento, Liberalismo, Viejo y Nuevo. Al leer un artículo sobre su vida, su relación íntima con la intelectualidad mexicana, la precocidad de su enfermedad y muerte y su intensa actividad de los últimos años, inclusive con el regreso a México como una despedida a pocos meses del fin, me pareció que la ocasión del doble aniversario no debería ser ignorada en un país en que el intelectual brasileño dejó, entre admiradores, reflexiones y artículos, un legado importante.
La idea que discutí inicialmente con colegas de la embajada era la de organizar un evento con personajes que debatieran y mostraran las diversas facetas de Merquior en México: Enrique Krauze podría hablar del amigo intelectual, anfitrión de las tertulias con pensadores mexicanos, como el propio Krauze y Octavio Paz; el Embajador Luiz Felipe de Seixas Corrêa, del colega diplomático, a quien sucedió como embajador en México; Julia Merquior, de la vida privada del padre, a quien visitó con frecuencia en el periodo.
Una investigación preliminar mostró que había material para ir más allá. Merquior escribió muchos artículos en México para las revistas Vuelta (de Krauze y de Paz), Gaceta del Fondo (de la editorial Fondo de Cultura Económica), Cuadernos Americanos (de la UNAM) y Nexos (de Héctor Aguilar Camín), además de textos sobre temas mexicanos para revistas y periódicos brasileños, como el Jornal do Brasil y O Globo. Había que reunir todos esos y muchos otros textos que publicó en o sobre México en una antología.
El proyecto del libro se consolidó después de una conversación que tuve con Julia Merquior, por intermedio de José Mario Pereira, editor de Topbooks que había sido amigo muy cercano del intelectual brasileño. El entusiasmo y el apoyo de Julia fueron inmediatos: me contó historias del periodo, habló del gusto del padre por México, dejó entrever la importancia –afectiva, cuando no existencial– que el país llegó a tener para los cuatro –Merquior, la esposa Hilda y los hijos Julia y Pedro. El bello testimonio que Julia escribió sobre el cotidiano de Merquior en la capital mexicana compone la parte final de este libro, que reúne testimonios sobre las otras facetas de Merquior en México, además de la de padre: el diplomático, en la visión del embajador Seixas Corrêa; y el intelectual, en los relatos de Adolfo Castañón, Enrique Krauze y José Mario Pereira, que estuvo en la capital mexicana de visita al amigo en ocasiones importantes, como en una cena que Merquior ofreció a Octavio Paz en la residencia oficial. Ya la selección y el análisis de los telegramas diplomáticos que Merquior envió a Brasilia con el apoyo de sus colaboradores en la embajada fueron hechos por Luiz Feldman, diplomático y ensayista. Es la primera vez que telegramas oficiales firmados por Merquior como embajador se publican, en cualquier lengua, para lo cual se hizo una solicitud expresa al Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil.
Fue de Julia Merquior el estímulo para que buscáramos en los archivos de su padre textos y fotografías de la fase mexicana. Me puso en contacto con Edson Filho, de É Realizações, editorial brasileña que tiene el resguardo de los archivos del intelectual y realiza un trabajo valioso de reedición de su obra, coordinado
por el profesor João Cezar de Castro Rocha. Edson y su editorial nos ayudaron con generosidad y competencia a identificar fotografías del periodo –reproducidas en las páginas finales de este libro– y algunos de los artículos publicados por Merquior en la prensa brasileña sobre temas mexicanos, especialmente sobre Octavio Paz.
Más que un capítulo aparte, Paz es una referencia central para comprender la visión compleja de Merquior sobre México. El interés de Merquior por el país pasaba en buena medida por el sentimiento ambiguo –admiración y crítica– que nutría por el gran intelectual mexicano.
Casi treinta años más joven que Paz, Merquior parece haber sido estimulado y provocado por su inteligencia aguda, tal vez hasta por una íntima revuelta ante el hecho de que era, además de importante poeta, un pensador y crítico sofisticado que parecía militar del “lado equivocado” de la razón. Paz era uno de los más creativos exponentes de lo que Merquior llamaba “irracionalismo romántico”, blanco preferente de su crítica.
En cierta medida, algo de lo fascinante que el adolescente Merquior experimentó al tener contacto con la obra de Walter Benjamin, su pasión declarada de juventud, vendría a resurgir, aunque en grado y con sentimiento distinto, en la lectura de los ensayos de Paz. Como escribió el intelectual brasileño, “la principal característica del pensamiento literario de Paz es la misma de Walter Benjamin: el casamiento de la estética de vanguardia con la tradición libertaria en la ideología social.” La diferencia es que Paz, en la visión de Merquior, rechazó el marxismo porque tuvo la oportunidad –negada a un Benjamin muerto prematuramente en 1940 a los 48 años– de ver el fracaso de las revoluciones. Medio siglo después, aún habiendo visto lo que Benjamin no vio, Merquior también moriría de manera precoz, poco antes de cumplir 50 años.
La mirada crítica de ambos –Merquior y Paz– sobre el marxismo no fue suficiente para atenuar el juicio de Merquior sobre Paz. En la visión del intelectual brasileño, Octavio Paz rechazó no solo la revolución, sino también la “reforma”, ambas como manifestaciones del mismo progresismo racionalista. Es como si, en la visión del Merquior antimarxista y reformista liberal, Paz hubiera tirado, al mismo tiempo, el agua sucia de la tina de baño junto con el bebé querido. La verdadera alternativa para Paz sería, en la interpretación crítica de Merquior, la rebelión espontánea, mítica, no racional, en una temporalidad del orden del ciclo, con el arquetipo de la pureza de los orígenes y el deseo de regeneración. Para Merquior, si Paz niega la vanguardia, la linealidad, el Estado como instrumento de clase, la cultura como reflejo de lo social, puntos centrales del marxismo, rechaza también, por lo menos en sus primeras obras, el progresismo lineal y gradualista de los liberales.
De los seis artículos que Merquior escribió sobre temas relacionados con México, todos aquí reunidos, nada menos que cuatro son sobre Paz –y los otros dos artículos mencionan a intelectuales mexicanos, con lugar especial para Paz–, lo que da la medida, si no de una obsesión, al menos de un eje central de interés y comprensión.
El primer artículo fue publicado en 1976, cuando Merquior, un diplomático “racionalista” de 35 años adscrito a la embajada en Londres, parecía asombrado por el fantasma “romántico” y vivísimo del mexicano. Asombro no significaba temor ni adhesión, muy por el contrario: en “El fantasma romántico”, Merquior elogia la consciencia del tiempo, el sentido histórico del ensayismo de Paz –en contracorriente del antihistoricismo de la época, de la “falta de poéticas en perspectiva histórica”–, pero refuta el contenido en sí de su interpretación histórica: en la visión de Merquior, Paz se habría equivocado al afirmar que el Modernismo fue una continuación del Romanticismo, y cometió tal equivocación porque se dejó llevar por la “poética de los movimientos”, en lugar de buscar la “estructura de sentido”, los “propios textos literarios” de los dos momentos.
La crítica sería aún más aguda –durísima, en realidad– cinco años después, cuando Paz ya representaría de manera plena, en la óptica del brasileño, la “antihistoria”. En “El encanto de Octavio Paz”, publicado en el Jornal do Brasil en diciembre de 1981, Merquior llega a encuadrar al mexicano en la tradición de “reyes pensadores” o “caudillos intelectuales” de los cuales dependía el “modesto” –filosóficamente hablando– “universo ibérico”, que tenía en Ortega y Gasset su principal exponente. La diferencia es que Paz practicaría “una literatura filosofante en lugar de la filosofía literaria del maestro español”. O sea, Ortega y Gasset hacía filosofía literaria, al paso que Paz no hacía literatura filosófica, sino “literatura filosofante”.
Para Merquior, Octavio Paz buscaba una “literatura de fundación, remojada en la leche, cada vez más aguada, de la repulsión irracional a la cultura moderna. La poesía como rebelión contracultural y puro lujo mágico místico, sin una pizca de compromiso con la racionalidad. El acto poético, que El Arco y la Lira asimila al contemplativismo de la religiosidad asiática, se sitúa ‘antes de la historia’ para poder fundarla, sin embargo la fundación se da a ‘contracorriente’ del progreso y de la modernidad, condenados a priori como época de lo deshumano –y sin ningún esfuerzo de análisis, además de la repetición de los peores clichés subrománticos contra la ‘civilización mecánica’–”.
Paz es visto en aquel artículo como claro adversario a ser combatido justamente por representar el “odio al complejo sociointelectual del iluminismo”, al “trinomio racionalista de ciencia, técnica y democracia.” En la batalla, todo vale contra el enemigo, y Merquior critica el “irracionalismo del Mito y de la Revuelta”, habla del “sorelismo recalentado de Paz” y rebaja su poesía, afirmando que el surrealismo de Paz es cerebral, de la poesía experimental, “más Mallarmé que surrealismo auténtico”. En El Laberinto de la Soledad (1950), Merquior ve un ataque a la herencia europea, un lamentable llamado al abandono de la “máscara europeizante”, por la creación de una “mitología postiza”, la “angustia de un seudotrauma” –el estupro de la Conquista, visión según la cual México habría roto dolorosamente con la Madre– la india violada por los conquistadores españoles, lo que, para Merquior, sería una manifestación más de la “ideología latinoamericana”, de la “imaginación compensatoria” típica del sentimiento de inferioridad frente a otra cultura.
La crítica de Merquior a Paz fue reiterada en un texto presentado en un coloquio en Recife, Brasil, el mismo año de 1981, sobre “Líneas del ensayismo de interpretación nacional en América Latina” y publicado en el libro El argumento liberal, dos años más tarde, en 1983. Merquior ahí califica a Octavio Paz como “el más consistente profeta de la antihistoria en el ensayismo latinoamericano; profeta de la antihistoria y denunciante casi adorniano de la razón y del progreso.” Vuelve a criticar la fascinación de Paz por el “tema de la violación”, por el “terrible complejo de los hijos de la Malinche”, en que “late la idea de la Conquista como un trauma, un estupro, violación de una prístina pureza.” Habría en el pensamiento de Paz una “negación de la historia, un catastrofismo tan retro como prospectivo”. A pesar de la aparente convergencia en la crítica al marxismo, Merquior ve en Paz al heredero de la Kulturkritik neomarxista y del irracionalismo francés de Foucault, Deleuze y Derrida.
El intelectual brasileño desarrolla así una crítica al pensador mexicano que ya había anticipado en un breve comentario en el texto “En la casa grande de los ochenta”, publicado en 1981 en el libro Las ideas y las formas. En contraste con Gilberto Freyre y su añoranza –tan abiertamente admirados por Merquior–, no hay, en Paz –sin juego de palabras–, reconciliación posible con el pasado colonial. La herencia y el pasado no pueden ser asumidos porque necesitan ser denunciados. Para el Octavio Paz interpretado por Merquior, la civilización mestiza y tropical es una imposibilidad, como no lo es para Freyre.
El Merquior aguerrido y polemista –“un atleta de la inteligencia, listo para ejercitar su brillo a la menor provocación”, en palabras de Seixas Corrêa– requeriría siete años más –y la vivencia directa y cordial con Paz como embajador en México– para rever su crítica y conciliarse con las ideas del pensador mexicano. Lo hizo de manera elegante en un artículo llamado sencillamente “Mi paz con Paz”, publicado en O Globo en mayo de 1989.
En tono conciliatorio, Merquior imputa a sí mismo exageraciones de interpretación sobre la obra de Paz. Dice que su perplejidad frente al “fuerte ingrediente neoromántico de la visión histórica” de Paz, y el “tenaz antihistoricismo” del mexicano impedían que percibiera “cuánto él [Paz] había contribuido a un humanismo contemporáneo”, en un “sentido humanitario y solidario”. Ya la poesía-revelación en Paz sería menos una derivación simbolista, en la estela de Mallarmé, que la afirmación de una ética de la solidaridad.
Merquior pasa a ver a Octavio Paz no tanto como el autor de El Laberinto de la Soledad y sus descaminos compensatorios, su “mitología postiza” creada por el resentimiento frente a la violencia de origen, sino principalmente como el autor de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, otra obra central de ensayo del mexicano, con el rico clavado al mundo de la Nueva España: “sobre todo me faltaba la noción exacta de su crítica histórica, en la forma de una continua meditación sobre México y América Latina.” Para Merquior, la visión de Paz sobre lo novohispano no es condenatoria ni apologética: hay “un esfuerzo saludable para asumir el edipo histórico de México.” O sea, a pesar de la inclinación romántica de Paz, de la negación del presente, su visión del pasado –prehispánico– es “hegeliana”, justificativa, sin idealización nostálgica.
Más aún que como un practicante de un “historicismo no negativista”, Merquior empieza a ver a Paz como exponente de “una vieja virtud liberal: la tolerancia”. Según Merquior, Paz cree en el pluralismo, y su crítica no está orientada contra el liberalismo, y sí su confiscación por parte de las oligarquías, que lo tornaban “poco participativo y nada pluralista.” Paz practicaría, de esa forma, en contraste con el liberalismo sin consciencia histórica de John Rawls, un “liberalismo íntimo de la historia”, que constituye “la verdadera autocrítica de la inteligencia.”
Cuando se anuncia el premio Nobel de literatura de Octavio Paz, en octubre de 1990, Merquior, que ya había dejado México para ser embajador de Brasil ante la UNESCO, en París, publica nuevo artículo en O Globo –“Octavio Paz”–, en el que desarrolla puntos del artículo anterior, en particular el tema de la actuación política de Paz. Merquior habla de la trayectoria “ejemplar” de Paz de la izquierda romántica al humanismo liberal y libertario.
Lo que parecía fascinar a Merquior en ese momento era la fusión en Octavio Paz, no solamente entre arte y crítica, al punto de considerarlo un T.S. Eliot ibérico –“un poeta crítico, tanto por el hecho de brillar dentro del género como por ser un poeta eminentemente reflexivo”– o un Ortega y Gasset latinoamericano –“nuestro Ortega: la voz hispánica de resonancia internacional”–, sino también y sobre todo entre pensamiento y acción política, al punto de compararlo con los “grandes rusos”, ya que Paz “practica las letras como una forma de intervención social y no como una torre de marfil”. Aún el surrealismo en la poesía de Paz pasó a ser visto por Merquior como una protección contra el revolucionarismo dogmático del muralismo y del realismo socialista en el arte y en la literatura mexicana.
La relación entre José Guilherme Merquior y Octavio Paz como figuras centrales de la inteligencia latinoamericana del periodo merecería un estudio propio, cuando menos para tener la dimensión del lugar muy peculiar ocupado por el intelectual liberal en el pensamiento latinoamericano. Un análisis preliminar del papel de los dos intelectuales en el marco político de sus países y de América Latina en los años 1980 parece indicar que sería reduccionista atribuir la reevaluación que Merquior hace de la obra y del papel político de Octavio Paz como mero resultado de las conveniencias de un embajador brasileño recién llegado a México y preocupado por establecer una tregua con el personaje más notable de la intelectualidad mexicana.
Aunque la convivencia directa entre los dos haya influenciado la forma como Merquior pasó a leer y a estimar a Paz, posiblemente el principal factor de la valoración del mexicano en el riguroso panteón de Merquior habrá sido la creciente y simultánea proyección de Paz como exponente liberal de la vida intelectual y política de México y de América Latina en la década de 1980, momento en que el Estado mexicano parecía asumir la vanguardia del liberalismo político y económico en la región, con la elección del presidente Miguel de la Madrid en 1982, y de Carlos Salinas de Gortari en 1988. En la contracorriente de la intelectualidad mexicana y latinoamericana, mayoritariamente crítica del modelo liberal, Paz despuntaba, después de un largo y gradual recorrido de la izquierda a la derecha, como abierto defensor del liberalismo, al lado de otros intelectuales de peso, como Enrique Krauze.
Ya no más el consejero racionalista en la embajada en Londres, con la confortable desenvoltura de un polemista más inclinado hacia los embates de la pluma que de la política, el embajador José Guilherme Merquior llega a México una década después como personaje influyente en el medio político brasileño, que contaba con el respeto –y el oído– del amigo, colega en la Academia Brasileña de Letras y entonces presidente José Sarney y vendría a tornarse uno de los intelectuales de referencia del entonces candidato a presidente en las elecciones de 1989 y futuro presidente electo de Brasil, Fernando Collor de Melo. Fue en ese contexto de creciente involucramiento en la vida política brasileña y de cambio de énfasis de la crítica cultural al pensamiento político –como se mencionó antes, Merquior escribió en México su más importante obra política, Liberalismo, Viejo y Nuevo–, que el intelectual y embajador brasileño pareció identificarse con Octavio Paz, otro defensor un tanto solitario del liberalismo en contracorriente del pensamiento latinoamericano. Era como si Merquior quisiera “alistar” a Paz en la lucha “liberalista” contra lo que consideraba los dogmatismos marxistas entonces dominantes.
En aquel periodo de transición del México nacionalista y priista al México liberal –liberalismo que, al fin y al cabo, fue más económico que político–, Octavio Paz era el intelectual liberal mexicano de mayor prominencia y alcance internacional, al paso que en la transición de Brasil a la democracia y la subsecuente elección de gobiernos liberales en esa misma década de 1980, José Guilherme Merquior era uno de los intelectuales liberales brasileños más conocidos en el exterior y el más influyente junto a dos actores centrales de la política del país. Aún más que Octavio Paz en México, cuya relación con el poder siempre fue más ambigua y crítica –Paz llegó a renunciar como embajador mexicano en la India, en 1968, en protesta por la masacre de Tlatelolco–, Merquior encarnaba en Brasil la figura del intelectual con acceso al poder y posiblemente pretensiones políticas propias. De no haber sido por la enfermedad devastadora y por la muerte prematura, es probable que hubiera completado el paso de la teoría a la acción política, que otro intelectual brasileño del periodo, el entonces futuro presidente Fernando Henrique Cardoso, acabó por hacer con éxito, aunque en ese caso con origen no diplomático, sino académico, y obra no de derecha, sino de izquierda.
En un bello artículo-homenaje, “José Guilherme Merquior: la diplomacia de la inteligencia”, escrito en febrero de 1992, el embajador Rubens Ricupero, diplomático brasileño de proyección nacional e internacional que operó la transición inversa, de la acción diplomática y política –fue Ministro de Hacienda y Ministro de Medio Ambiente en Brasil– hacia la vida intelectual (coronada por el libro La diplomacia en la construcción de Brasil), afirma que, en la tipología del diplomático-hombre de cultura, entre los extremos de los que sacrificaron la carrera por la obra, como Guimarães Rosa –agrego a Octavio Paz–, y de los que sacrificaron la obra por la carrera, como el Barón de Rio Branco, “la posición de Merquior era inequívoca: su deseo era coronar una brillante carrera de crítico y pensador con una actividad renovadora en la política interna y externa del país, unificando pensamiento y acción.”
En México, además de ser testigo de los primeros avances de un neoliberalismo que sería central en la vida latinoamericana a lo largo de los años 1980 y 1990, Merquior encontraría un ambiente natural de relativa intimidad entre intelectualidad y poder, donde el ejercicio de la diplomacia por el prestigio intelectual del embajador o la cercanía entre Estado e intelligentsia eran tradiciones aún más enraizadas que en Brasil.
México tal vez sea una de las principales escuelas del “Intelectual-diplomático”, con la costumbre del nombramiento del escritor –no necesariamente diplomático de carrera– para ejercer el cargo de embajador o agregado cultural en el exterior. Brasil, a su vez, parece ser una de las principales escuelas del “diplomático-intelectual”, en que el diplomático de carrera mantiene o desarrolla una carrera paralela de intelectual o escritor. “Intelectual-diplomático” y “diplomático-intelectual” son modalidades distintas, pero plenamente convergentes de la misma diplomacia por el prestigio cultural, de la cual Merquior fue uno de los ejemplos definitivos de la cancillería brasileña. Como afirma Seixas Corrêa sobre la llegada de Merquior a México:
Lo antecedió su proyección como ensayista y pensador político. Por el conducto académico, Merquior abrió aún con mayor facilidad las puertas del mundo diplomático mexicano, tradicionalmente afecto a la figura del diplomático-intelectual de que son ejemplos, entre muchos otros, Alfonso Reyes, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes y Octavio Paz.
El resultado fue de hecho expresivo:
Más que un diplomático profesional que representa correctamente a su Gobierno frente a otro, Merquior fue una especie de enviado extraordinario de la cultura y del pensamiento brasileño en México.
Enrique Krauze, que convivió mucho con Merquior en México, hizo una evaluación semejante sobre el papel del intelectual brasileño como embajador en su país. En “José Guilherme Merquior: el esgrimista liberal”, que forma parte de este volumen, Krauze afirma que la mayor contribución de Merquior a la diplomacia brasileña en México “no ocurrió en los pasillos de las cancillerías o a través de informes y télex, sino en la tertulia de su casa, con gente de cultura de este país. (...) La embajada de Brasil se volvió lugar de reunión para grupos diversos y aun encontrados de nuestra vida literaria.”
La selección de telegramas diplomáticos firmados por Merquior indica, sin embargo, que, por más que ejerciera con particular predilección la diplomacia del prestigio cultural, Merquior no tuvo años de calma en sus actividades cotidianas como embajador en México. Además de estar muy pendiente e informar sobre las elecciones presidenciales mexicanas de 1988, la embajada bajo la dirección de Merquior fue responsable de la organización de dos visitas del presidente brasileño –Rubens Ricupero, que integraba la comitiva de la visita de septiembre de 1987, la relató como “primorosamente montada y llevada a cabo”–, por la creación de la Cátedra Guimarães Rosa en la UNAM, en 1988, y por la compra y reforma de la nueva sede de la cancillería, una bonita casa de los años 1920, de propiedad de la familia del ex-presidente mexicano Abelardo Rodríguez.
Merquior dejó la capital mexicana en 1989, rumbo a París. La agresividad del cáncer que luego lo acometió y el espectro de una muerte precoz deben haber sido factores de su deseo de volver a visitar México. Por invitación de Octavio Paz y Enrique Krauze, regresó al año siguiente, a finales de agosto de 1990, para participar en el Primer Encuentro Vuelta-Televisa. A Merquior acababan de operarlo en Boston, con la enfermedad ya en fase avanzada, y parecía otra persona para muchos que lo veían de nuevo: “cuando llegó era difícil reconocerlo, tal era su palidez y tanto peso había perdido. Pero estaba en una fiesta de la libertad y entre pensadores que admiraba. Reunió todas sus fuerzas e intervino varias veces con inmenso brillo,” recuerda Enrique Krauze.
José Guilherme Merquior murió cuatro meses después, el 7 de enero de 1991. Tenía solo 49 años y una obra de la dimensión y del alcance de quien vivió una vida larga y obsesivamente productiva. Como dijo Rubens Ricupero, “la trayectoria de Merquior casi podría ser señalada por esas dos expresiones: obra precoz, muerte prematura”.
La importante colección de artículos que publicó en México, sobre los más variados temas, de la política a la literatura, de la filosofía a la sociología, de Vico a Foucault, de Heidegger a Joyce, todos aquí reunidos, compone un capítulo importante de su obra y un testimonio más de la genialidad de un hombre que, en palabras de Seixas Corrêa, “trabajó como si fuera a vivir para siempre; vivió como si debiera morir al día siguiente.”
La reunión de todo este material en un libro es resultado de la colaboración y del apoyo de muchas personas. Cabe una palabra final de agradecimiento a aquellos que apoyaron el proyecto de reunir en una obra única artículos, telegramas diplomáticos, fotografías y testimonios que celebran el paso de Merquior por México: a Julia Merquior por el apoyo irrestricto y por el bonito testimonio sobre la vida de su padre en México, escrito especialmente para el libro; a José Mario Pereira, Enrique Krauze y Luiz Felipe de Seixas Corrêa por la autorización para la publicación de testimonios escritos anteriormente; a Adolfo Castañón por el texto inédito sobre su relación con Merquior; a Edson Filho por
la investigación y el envío de documentos y fotografías; a Víctor Cid Carmona de la biblioteca de El Colegio de México por la ayuda para la localización de uno de los textos; al Departamento Cultural de Itamaraty por el apoyo financiero al proyecto; al embajador Fernando Coimbra por el continuado apoyo de la Embajada del Brasil en México; a Diogo Almeida por la organización del proyecto y a Alejandro Reyes Silvestre y a Miriam Ángel Jiménez por su realización; a Ricardo Sánchez Riancho por la edición del libro, y a Jacqueline Santos por su preparación; a María Luisa Ramírez por proporcionarnos fotografías; a Salvador González Chávez por la traducción de buena parte de los textos originalmente en portugués; a Marco Antonio Nakata y a Fabiano Bastos Moraes por la indicación de artículos adicionales de Merquior; y finalmente a Luiz Feldman por la selección y análisis de los telegramas diplomáticos y por la afinada colaboración en la organización de este libro.
*Texto tomado de Merquior y México: una antología (México, Textofilia, 2023). Agradecemos a la editorial por los permisos de reproducción.
*Mauricio Carvalho Lyrio. Embajador de Brasil en México, de febrero de 2018 a septiembre de 2021.