Luis Mendoza Vega
Uno. El 28 de febrero de 1974, desde España, José Donoso, de 50 años, escribe en su diario: “Le tengo miedo a Mauricio Wacquez. Es loco. En cuestiones de dinero es completamente malo de la cabeza. Y en todo sentido, es la locura, el desequilibrio mismo”. El escritor chileno enumera además las deudas que el otro, entonces de 39 años, debe sortear para sobrevivir tras su decisión de establecerse en Europa. Meses después, en noviembre, Donoso vuelve sobre el asunto, esta vez con mayor crudeza: “¿Mauricio Wacquez? Demasiado borracho, demasiado homosexual, y se alimenta de los fracasos de los otros ―especialmente de los míos― como un buitre de carroña”.
Ambas entradas revelan las tensiones de una amistad intelectual marcada por la admiración y el recelo. Donoso y Wacquez fueron vecinos en Calaceite, municipio español, donde residieron hasta el regreso del primero a Chile, en 1980. Conviene recordar que había sido el propio Donoso quien, un par de décadas atrás, dio su bendición a la generación de Wacquez, conocida como ‘los Novísimos’, y se convirtió en uno de los principales promotores de su obra en diversos círculos editoriales. Su esposa, María Pilar Serrano, lo incluyó en lo que llamó el “boom doméstico”, un grupo de narradores considerados herederos del fenómeno latinoamericano. Pese a las fricciones, la amistad perduró y dejó sus huellas en cartas, epígrafes y, por supuesto, cuadernos privados. Donoso murió de cáncer en 1996, apenas cuatro años antes que Wacquez, fallecido a consecuencia del VIH.
Dos. Leyendo escandalar, la revista que Octavio Armand dirigió desde su exilio en Nueva York, descubro que, a principios de 1980, Mauricio Wacquez integró su consejo de redacción y proveyó asesoramiento. Su singular apellido, me entero, proviene de su padre, originario de Burdeos, y acaso de ahí derive su semejanza con el Vázquez del norte de España. Wacquez se graduó como profesor de Filosofía en Chile y cursó un doctorado en París, ciudad con la que mantuvo una estrecha relación, visible en sus traducciones de Flaubert, Cocteau y otros autores. Hacia 1969 inició una estancia docente en Cuba, donde conoció de primera mano los estragos de la Revolución, además de entablar amistad con escritores como Heberto Padilla, Reinaldo Arenas y Miguel Barnet.
Algunas cartas intercambiadas con Donoso sugieren que, tras esa experiencia, volvió a Chile apenas para despedirse, en 1971. Un año después se instaló en Barcelona, uno de sus últimos destinos. La relación de Wacquez con su país natal fue, en cierto sentido, tensa. En una entrevista de 1987 afirmó que su única patria era Colchagua. El desarraigo nunca fue absoluto. Así lo revela su participación en Chile Espectacular, volumen publicado en 1996, donde escribe: “Aunque el perfil de esta parte de Chile es poco espectacular [se refiere a la zona central donde creció], este escriba cree que el Chile Espectacular es éste, éste, donde la vida vegetal y animal son opulentas pero sosegadas y, por ende, permiten una existencia humana hacedera y grata”. La obra de Wacquez pasó relativamente inadvertida en vida y fue incluso objeto de censura. Su trayectoria quedó escindida por ese punto de inflexión que fue el exilio. Chile fue para él una lengua materna, pero bífida.
Tres. Cinco y una ficciones (1963), Toda la luz del mediodía (1965) y Excesos (1971) son las únicas obras que Mauricio Wacquez publicó en el subcontinente antes de su partida definitiva a Europa. Sus dos libros de relatos, aparecidos, curiosamente, antes y después de su primera novela, consolidan una narrativa afincada en los silencios y las sugerencias, así como en un lenguaje que roza lo poético y lo fantástico, como ocurre en Cinco y una ficciones (pienso, sobre todo, en “El fondo tibio de Dios en la arena” y “El momento extenuado”), pero también lo cruel, en particular, en la primera parte de Excesos, libro censurado por su tratamiento de la sexualidad. Es en este último, sin embargo, donde la veta autobiográfica adquiere una relevancia inédita. “Secuencias”, su apartado final, se despliega casi como una novela corta, compuesta por fragmentos sobre la infancia y primera juventud de un narrador que, al igual que Wacquez, nace en primavera y crece en la zona central de Chile. Estas correspondencias, lejos de limitarse a lo testimonial, permiten explorar las fronteras entre memoria y ficción, inaugurando una nueva dimensión en la escritura del autor latinoamericano.
Cuatro. Toda la luz del mediodía es una novela dolorosa, dolorosa como la luz que incide directamente sobre la retina. A esa intensidad se expone Max, su protagonista, un hombre de 30 años enamorado de Marcelo, de 18. La juventud, con toda su belleza y altanería, lo desconcierta y lo empuja a perseguir aquello que el cuerpo del otro ha despertado en él. Pero en el camino aparece Paulina, la madre de Marcelo. Ante esta disyuntiva, señala la solapa del libro, Max “explora su propia conciencia, oscilando entre dos amores: normal el uno y anormal el otro”. Esta confusión, anunciada desde las primeras páginas, constituye el móvil de la narración o, más bien, de un diario de devaneos incesantes: “Sí, quiero volver al orden porque tu existencia me hace vislumbrarlo”. La tensión se reafirma en las descripciones, ora de Santiago, ora del departamento donde Max deambula: “Es necesario insistir en esta luz. Ella marca la hora en que nos enfrentamos con nosotros mismos; de alguna manera, esa luz nos remite a nuestra felicidad o al absurdo de nuestra desgracia”.
Con pocos diálogos y escasa acción, la novela se concentra en las percepciones sensoriales y las atmósferas. Todo parece ocurrir en la mente de Max: recuerda un color, vislumbra algo entre los pliegues, presiente un temblor en su cuerpo desde el amanecer hasta el último rayo del día. “Voy a contar algo. Acerca del verano. Eso es todo”. Ese algo, indefinido y vago, termina por convertirse en mucho más que una declaración, una confesión o un recuento. El triángulo amoroso, cuya singularidad reside también en la manera explícita en que sus integrantes se reconocen y dependen de él, es apenas un pretexto: “De la misma forma que pretendo sacar una historia de la luz, así, igualando la extracción de una palabra, pretendo revivir estos hechos para remisión de mi soledad”. El matrimonio con Paulina se convierte en la excusa para permanecer cerca de Marcelo. La norma, entonces, es el salvavidas de Max, pero también su posible condena. Quizá de esa contradicción nace la voluntad que anima la novela: iluminar las zonas veladas de todo acto de comunicación. “Pronto se hará de noche y terminaré este relato. ¿Me quedaré aquí para siempre, clarificando el pasado como en un juego?”. Resulta revelador seguir la sombra que proyecta Toda la luz del mediodía, primera incursión de Wacquez en la novela, reconocida además con un premio literario, hasta Epifanía de una sombra, su última obra, publicada póstumamente. Quizá aquella primera apuesta por la luminosidad contenía ya la mancha de la muerte. Veamos.
*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo
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