Juan Pablo García Moreno
Cada concierto de Jorge Federico Osorio es un acontecimiento. Lo mismo puedo decir al ver a Enrique Arturo Diemecke en el podio. Los he visto por separado, con repertorios muy distintos. Pero apenas este fin de semana podré escucharlos juntos por primera vez cuando interpreten el Concierto no. 21 de Mozart y, en lo que será también una primicia para mí, una composición del propio Diemecke.
Ambos maestros, además, están unidos por una larga carrera de colaboración y amistad. Fue precisamente buscando algún registro de su encuentro que me acerque a Biografía con música de Mahler, las memorias de Diemecke que Siglo XXI publicó en 2020. Fuera de algunas fotografías de los músicos en su juventud, no encontré el relato que buscaba. Hallé, sin embargo, una interesante respuesta a la pregunta: ¿por qué compone un director?
Hay dos ejes que nos ayudan a comprender el paso de Diemecke de la dirección a la composición. Podemos rastrear el origen de ambos a su formación con Charles Bruck, quien mostró al por muchos años director general artístico y de producción del Teatro Colón, en primer término, la importancia de “pasar de la contemplación a la expresión”. Entendió también que para un director es fundamental la capacidad de comunicar ideas. Para ello no existen atajos: hay que entender la partitura. Fue ese estudio el que llevó a Diemecke a dialogar con los compositores que lo ocupaban. A diferencia de su héroe Mahler, no es un compositor que además dirige: es un director que, para perfeccionar su técnica, comenzó a componer.
En sus propias palabras:
Así como hubo un momento determinado en que me vi como un director, que fui reconocido por mi maestro, y me vi y fui visto, no logro aún reconocerme plenamente como un compositor, aunque lo sea. [...] No es por modestia. Escribir música es un compromiso de vida. Yo comencé a hacerlo en gran medida como un recurso para comprender [...]. No tanto para generar una obra alternativa, sino para meterme en sus entrañas, para vislumbrar caminos distintos en el armado de esa pieza. [...] Los genios nacen, es cierto, pero no sus obras. Éstas tienen que ser hechas por esos genios que las crearán sólo si tienen una formación sólida y una disciplina férrea, un conocimiento del pasado que ellos, por su genialidad, van a transformar en otro camino. La creación surge del conocimiento.
Este conocimiento es fundamental a la hora de comunicar una decisión a los ejecutantes:
Como director, uno se enfrenta a la responsabilidad ajena de los músicos que van a interpretar la obra, que van a ejecutar la escritura de esas partichelas que dialogan de manera específica con sus instrumentos. Quien está al frente de la orquesta debe velar por la interpretación correcta, fiel y no una interpretación libre de la obra [...]. Me sumerjo entonces en las partituras e intento descifrarlas desde el fondo. Ocurre entonces lo inevitable, termino elaborando mis propias obras a partir del diálogo con los autores que aparecen en mis programas [...]. Luego de hacer mis propias exploraciones en las profundidades de las partituras, y de trazar mis propias rutas musicales, tengo los argumentos necesarios para convencer a los músicos de su pertinencia, poseo el racionamiento indispensable para conducirlos a la interpretación, al punto de vista con el que debemos leer e incorporar esa propuesta estética.
Por desgracia no existen —o no encontré— grabaciones de las obras de Diemecke, pero gracias a lo que escribe sabemos que ha compuesto once obras. Entre ellas dos conciertos para marimba y guitarra, y una obra concertante para chelo, a la vez un homenaje a la ciudad de Guanajuato y a su padre, que dominaba ese instrumento.
¿Cómo se define Diemecke como compositor? Lo resume de esta manera:
Estudié composición bajo el magisterio de una máxima de Rimski-Kórsakov: una composición tiene un setenta y cinco o hasta un ochenta por ciento de valor de acuerdo con la calidad de su orquestación. Puede uno tomar una melodía simple y sencilla como lo hizo Maurice Ravel, a partir de una melodía que tiene sólo dos frases. Ese es mi punto de partida. No soy muy bueno para componer para un solo instrumento, pero sí para la orquesta.
“El director es un narrador”, nos recuerda Diemecke. Esta semana asistiremos a la narración de su propia obra.
Coda
El fin de semana Scott Yoo dirigirá su penúltimo programa al frente de la Filarmónica de la Ciudad de México. El programa, además de la Segunda sinfonía de Brahms, incluye el Concierto para flauta de Aram Jachaturián con la estupenda solista Alice Dade. Hay pocas grabaciones de esta obra que Jachaturián compuso en un principio para violín y que el flautista Jean-Pierre Rampal transcribió para su instrumento. Mi referencia tiene a Sharon Bezaly de solista con la Sinfónica de Sao Paulo (BIS, 2016). La dirección es de Enrique Arturo Diemecke.
Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91
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