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Milán

He desgastado la suela de más de un par de zapatos recorriendo Milán. Dura como los bloques de granito que cubren sus calles, la ciudad obliga a todo aquel que la quiera conocer de verdad a descubrirla a pie, precio que pago con gusto.

El que la recorre en coche seguramente verá el imponente Duomo con la Madonna que lo vigila todo, pasará frente al legendario Teatro alla Scala mientras imagina las melodías que han sonado ahí y hasta podrá contarle a sus amigos que vio la iglesia de Santa María delle Grazie que resguarda La última cena de Leonardo Da Vinci.

Todo eso es impresionante, pero sólo quien la camina habrá encontrado el verdadero corazón de Milán escondido en la base de la Porta Venezia, habrá escuchado a los músicos practicando en el Conservatorio, habrá olido las notas de avellana del café que preparan en la sede de la Universidad de Milán.

Esas mismas calles en las que terminé de entender que, parafraseando a Shane MacGowan, María es la medida de mis sueños, las que fueron nuestras cómplices de miles de paseos y que nos tocó ver vacías por el encierro obligado, única defensa contra un enemigo invisible.

Ahora las vuelvo a ver llenas, pero no desbordan felicidad como cuando el Inter ganó el campeonato en 2021 o cuando Italia ganó la Eurocopa ese mismo año, sino que se llenan de un enojo que empieza a recorrer Europa.

Contagiada o no por el espíritu francés, ese que influye más en la cultura del norte de Italia de lo que a los italianos les gusta admitir, en los últimos días los milaneses han recuperado ese espíritu de revuelta que los ha perseguido al menos desde el tumulto de San Martino en 1628, cuando el hambre pudo más que su serenidad.

Los altos precios del pan, entre otras razones, llevaron al descontento que sirvió de chispa para incendiar las panaderías de la ciudad. La ironía no se le pasó a Alessandro Manzoni que prácticamente dos siglos después la describiría en Los Novios.

“Ciertamente, destruir las cribas y las artesas, devastar los hornos y desbaratar el trabajo de los panaderos no son los medios más eficaces para hacer que haya pan; pero esta es una de esas sutilezas metafísicas que una multitud no alcanza a comprender”.

270 años después, esa misma rabia se replicó. Lo que hoy se conoce como La revuelta del pan forzó al gobierno de una joven Italia unificada a enviar al ejército a reprimir las protestas, lo que causó decenas de muertes.

Ahora, en 2026, las calles de la capital de la región de Lombardía se vuelven a incendiar, entre otras razones, por la carovita, la vida cara. Los altos precios se sumaron a un conjunto más amplio de preocupaciones, entre ellas los servicios públicos, la calidad de la educación y la fuerte presión fiscal.

Hay ciudades malditas, víctimas de su propia grandeza. Según un informe del Osservatorio Casa Abbordabile (OCA), un trabajador con un salario medio gasta hasta el 60 por ciento de sus ingresos solo en renta y transporte para poder vivir ahí.

Como suele pasar en estos movimientos, cosa que podemos estar seguros de que sucede en la ciudad al menos desde 1628, las multitudes no alcanzan a comprender lo fácil que se puede salir de control una manifestación cuando la violencia se entromete.

Crónicas de lo que sucede en Milán cuentan que al principio era un movimiento pacífico, con un reclamo legítimo que muchos jóvenes viven en carne propia. No es que tengan miedo de trabajar, es que lo que les repitieron sus papás que crecieron pensando que quien estudia y trabaja puede vivir bien ya es una simple ilusión.

Contrario a lo que hacen muchos, yo no puedo justificar la violencia que vi a más de nueve mil 800 km de distancia. Tampoco creo, como muchos insisten, que simplemente por ser un movimiento estudiantil se le debe de admirar todo lo que hace.

El periodista italiano Federico Rampini lo dijo claro en su columna del sábado en el Corriere della Sera, a la que llegué gracias a la de Raymundo Riva Palacio. 

“Algunos (movimientos juveniles) han contribuido al logro de derechos y libertades, otros han alimentado nuevas intolerancias, dogmatismos, fanatismos y regímenes totalitarios. La juventud no garantiza la superioridad moral”.

Tampoco creo que por eso se deba dejar de escuchar el reclamo que se canta en Italia, pero que también, como escribe Rampini, se repite en países tan diversos como la India con el “movimiento de las cucarachas” o en China con la protesta silenciosa en la que los jóvenes desempleados se niegan a casarse.

También creo que algo se está empezando a mover en el tablero mundial, y no sería la primera vez que Eolo mande los vientos de Europa hacia otros continentes. Como dice la frase que se le atribuye a Ermanno Olmi, director y guionista italiano, “Milán siempre es un hermoso preludio de lo que podría suceder”.

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