En cualquier conversación sobre cómo renovar la política aparece, tarde o temprano, la misma discusión: qué distingue a un ciudadano de un político. Hay quienes dicen que hay que ciudadanizar la política y politizar a la ciudadanía; otros sostienen que la diferencia es mínima, porque al final todos somos ciudadanos y todos hacemos política, de una forma u otra.
Coincido con ambas posturas y, aun así, las dos me dejan insatisfecha.
Entiendo “ciudadanizar la política” como quitarle vicios y malas prácticas, darle oxígeno a una clase política que lo necesita, y en eso no podría estar más de acuerdo. También creo que la ciudadanía necesita tomar postura política para mantener a raya a quien gobierna. Con la segunda postura coincido igual: todos hacemos política, aunque no lo llamemos así. Pero tratando de desenmarañar cómo llegamos hasta aquí, y después de darle muchas vueltas, llegué a otra conclusión. Las diferencias existen y entenderlas importa, porque a cada uno le toca un papel distinto.
El político decide profesionalizar el ejercicio cívico. Dedica su vida a lo público, a entenderlo y a ejecutar. Al ciudadano le toca mantenerlo en orden. Los dos papeles son necesarios. El problema es que la cancha no es pareja, por dos razones.
La primera es la influencia. Me tocó vivirlo de primera mano. Las mismas ideas que durante meses circularon sin respuesta empezaron a avanzar en semanas cuando llegué con un nombramiento. Mismas propuestas, misma persona, otro título. Ese poder no necesariamente se apaga al dejar el cargo: quien logró posicionarse correctamente regresa a la vida ciudadana con contactos, interlocución y capital político.
La segunda es el tiempo. Un ciudadano dedica a lo público unas horas a la semana, si acaso, muchos solo aparecen cuando toca votar. Quien hace de la política su profesión invierte la vida entera en entender sus reglas y desarrollar habilidades para sobresalir ahí. El resultado es un ciudadano en desventaja: menos acceso, menos información, menos tiempo. Por su cuenta, frente a un político, pesa muy poco.
La única forma de emparejar la cancha es organizarse. Sin organización, la ciudadanía no puede cumplir su papel de contrapeso. Un ciudadano aislado opina. Muchos ciudadanos organizados vigilan, exigen y corrigen el rumbo.
Todos somos un poco políticos. Lo que falta es construir un sistema donde el poder deje de ser la condición para influir en lo público y el ciudadano encuentre su lugar más alla de urnas y marchas.
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