Salir de tu casa y pensar que nunca vas a volver es un sentimiento que muy pocas personas entienden. Si bien lo único que tenemos seguro en la vida es que nos vamos a morir y que vamos a pagar impuestos, la mayoría de nosotros podríamos decir convencidos que sabemos cuándo volveremos a cruzar el portal que resguarda nuestras cosas mientras estamos fuera.
Es algo que por lo menos yo doy por sentado. Mientras saco la llave que sella mi puerta pienso en el mejor camino para llegar a donde tengo que ir, los pendientes que hay para el día o hasta me arrepiento de haber hecho planes. Nunca cierro pensando “pero, ¿voy a regresar?”.
Algo así creo que pasa con la migración. Alguien me dijo que escribir de ese tema es la receta perfecta para que nadie lo lea. Es un tema qie, por lo general, pasa desapercibido. Esto es hasta que llega algún extremista a resaltar todos los “problemas” que vienen con la gente que sí sale de su casa sin saber cuándo va a volver.
Contrario a lo que muchos piensan, no es un sentimiento exclusivo de la extrema derecha. Líderes de la izquierda británica destacaban la ventaja que representaría el Brexit en parte para que ya no llegaran trabajadores europeos, por ejemplo. En un juego de palabras le pusieron el Lexit (left-Brexit, o el Brexit de la izquierda), pero divago.
Un profesor de políticas migratorias, justo después de haberse presentado en la primera clase, nos dijo que “la migración no existe”. Parecería broma cuando la idea venía de un experto en el tema, pero lo decía completamente serio. Ahora sé que era tan enserio que siento que tiene razón.
Por eso mismo tampoco me ha convencido el discurso que rechaza la “apropiación cultural”. No es sólo que no entiendo cómo funciona, o en dónde está el límite. Si soy mexicano, ¿no tengo derecho a usar ropa de la India? ¿Prohibido comprar un cuadro de un artista nigeriano? ¿Es un pecado comer comida italiana?
Lo que digo va más allá de eso. Precisamente gracias a que la migración no existe, es decir a que está tan enraizada en nosotros como para verla como un problema, es que la cultura se nutre, se desarrolla y evoluciona..
Se dice que la pasta llegó a Italia gracias a los viajes de Marco Polo a China (hace unos años leí una carta de alguien que escribió al New York Times a decir que había registros de un platillo igual a la lassagna en Asia mucho antes. No sé si sea verdad, pero así también es la historia de incierta).
La comida mexicana es otro ejemplo perfecto (y delicioso) de eso. Los tacos al pastor, por decir algo, son producto de que los árabes trajeron sus kebabs a la península de Yucatán, en donde empezaron a experimentar con el cerdo, el mixiote y el cilantro (sin piña, por favor).
Ahora hay hasta quien pide no comer tacos de carnitas porque es la “herencia de la colonización española”. Hay casos perdidos.
Yo prefiero enfocarme en quienes, como Faustino Rodríguez-San Pedro,sí entienden. El que fuera presidente de la Unión Ibero-Americana, logró en 1913 que el 12 de octubre se estableciera el 12 de octubre como el Día de la Raza en conmemoración sí de la llegada de Cristóbal Colón a América, pero también para celebrar el mestizaje que se destapó con la nueva ruta entre ambos mundos.
Me parece que eso también lo comprendió Pereira, director de la sección cultural del periódico vespertino Lisboa de quién habló Antonio Tabucchi en Sostiene Pereira.
En su novela, Tabucchi cuenta que Pereira sostuvo que cuestionó fuertemente a su director, fiel al régimen del dictador Salazar, cuando precisamente su jefe intentaba celebrar el orgullo de haber nacido en Portugal.
“Perdóneme, señor director, respondió Pereira con pesadumbre, pero quisiera preguntarle una cosa, nosotros originariamente éramos lusitanos, luego vinieron los romanos y los celtas, después estuvieron los árabes, ¿qué raza podemos conmemorar los portugueses?”.
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