La investigación académica, la evidencia empírica y la experiencia directa de muchas naciones han demostrado que los resortes fundamentales para el crecimiento sano y sostenido de países y regiones dependen, entre otras cosas, de la innovación, la calidad de la inversión fija bruta, la generación de talento y conocimiento, la productividad y el estado de derecho.
Pero así como hay numerosos ejemplos muy exitosos -desde Vietnam y Corea del Sur, por citar algunos casos- que han transitado por esa ruta, existen otros -como México y la mayoría de América Latina- que no parecen haber entendido esa dinámica y suponen que basta con la diatriba mañanera, los pleitos de vecindad, los “sobornos al pueblo” -Tony Blair dixit- y los decretazos sobre el salario mínimo para que un país alcance niveles decorosos de desarrollo equilibrado, estable y compartido.
Por supuesto, esta receta ha fracasado una y otra vez y la información que lo prueba es abundante.
Justo en esa dirección se publicó el Índice Mundial de Innovación 2026 (GII), producido por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, que clasifica a 139 economías de todo el mundo con base en sus capacidades de innovación. Toma en consideración 80 indicadores, agrupados en inversiones y productos de innovación, y busca capturar las facetas multidimensionales de la innovación en función de criterios como el capital humano y la infraestructura de investigación, la creación, absorción y difusión del conocimiento, y los resultados creativos.
Para variar, como en otros índices, el sitio de México es entre mediocre y lamentable. Si en 2020 su posición global estaba en el lugar número 55, en 2026 cayó al puesto 65. Vistos de manera desagregada, en resultados creativos e innovación, que incluye aspectos como solicitudes de patentes, modelos de utilidad y diseños industriales, se coloca en el sitio 52 pero en sofisticación empresarial y capital humano e investigación está en los renglones 67 y 69, respectivamente.
Las exportaciones por su parte, en sus distintas modalidades y como parte del comercio total, ocupan buenos lugares, si bien el valor agregado promedio de lo producido en México es relativamente bajo (44%) sobre todo porque en la fracción de servidores, procesadores y equipo de cómputo la mayor parte de los componentes se importa de Taiwán, Vietnam o Corea del Sur, los cuales han aumentado en promedio 118% de lo que se ensambla localmente y luego se exporta hacia Estados Unidos.
Las malas noticias provienen de los renglones donde la destrucción institucional ha sido imparable en los gobiernos de Morena. Si, como ya se mencionó, México está en la posición general 65, en estabilidad política, productividad laboral o estado de derecho aparece en los sitios 115 a 123 sobre los 139 países. Es decir, en la lona.
Más aún: de los 100 polos o clústers de innovación que rastrea el GII, que son los ecosistemas que articulan “universidades de renombre, científicos brillantes, empresas intensivas en I+D e inventores prolíficos” para impulsar la innovación, México tiene uno solo.
¿Dónde están las debilidades? ¿En la discutible calidad de la investigación e innovación que se hace en las instituciones de educación superior y los centros de investigación? ¿La muy baja inversión pública y privada en I+D? ¿La escasa sinergia entre los diversos agentes que generan conocimiento? ¿La inexistencia de un genuino ecosistema de innovación y desarrollo?
Lo más seguro es que sea un poco de todo pero la tragedia es que, a estas alturas, incluso gobiernos de tan mala calidad administrativa, técnica e intelectual como los de estos años debieran haber aprendido que por más dinero que repartan jamás producirá verdadero bienestar si no hay crecimiento, inversión, productividad y, sí, innovación.
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