De vez en cuando se ponen de moda personajes que combinan retórica woke, populismo elitista y redención de los pobres. Pobres que, desde luego, vivan en Nueva York. Si no son wasp (blanco, anglosajón y protestante) mejor porque destilan un aroma étnico, y vende bien que de día apoyen a los desamparados y de noche disfruten un dry martini en el Bemelman Bar de Manhattan. Y si tienen raíces en lugares exóticos como Uganda y proceden de una familia leída y con buena posición, ya estamos de plano en el nirvana y con la galería cautivada.
Ahora bien, ya si es competente, culto, preparado e inteligente no importa. Lo seductor es que sea, diría Tom Wolfe, un radical chic.
Ese es el perfil, por ejemplo, de Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York que ganó prometiendo autobuses gratuitos, guarderías para todos, supermercados municipales y rentas congeladas. Claro, como eso cuesta mucho dinero, mientras brota de algún lado hay que pontificar sobre Trump, Palestina o la democracia: “La democracia no murió -dijo hace poco- porque la gente se cansara de ella como ideal sino porque estaba agotada de no poder alimentar a sus familias”.
Tocqueville debe estar removiéndose en su tumba.
Lo que llama la atención no son tales zafiedades, sino que se publiquen. Es cierto que en muchos países la salud de la democracia atraviesa por un momento crítico. El desencanto se ha incrementado; la desconfianza hacia los partidos y las instituciones también, y los liderazgos populistas o autocráticos son más pegajosos en tanto se perciben como proveedores de soluciones a la medida.
Como eso lubrica el magnetismo por tales liderazgos, éstos se sienten incentivados a actuar por fuera de las reglas democráticas o de plano cambiarlas a discreción. Este es, justamente, el círculo vicioso que suele amenazar a los países con democracias frágiles y ciudadanías de baja intensidad.
Destrabar esta disonancia no es sencillo. La percepción de la democracia no ha logrado interiorizarse en la sociedad como un régimen intrínsecamente mejor que los demás, sino más bien subyace una visión utilitaria sujeta a externalidades, en este caso las condiciones económicas del ciudadano, que puede condensarse en un argumento caprichoso pero recurrente: “si me va bien, valoro la democracia; si no, no me importa quién y cómo gobierne”. Posiblemente aquí ha estado el error conceptual que Schumpeter vio con claridad: la democracia no es el vale al paraíso soñado sino un mecanismo pacífico, periódico, competitivo y con reglas claras para seleccionar a los que gobiernen. Y nada más.
Allí está el déficit pedagógico: el “pueblo” responsabiliza a la democracia por satisfactores como el bienestar o los ingresos crecientes cuando en realidad éstos dependen de otros factores como liderazgos profesionales, políticas públicas eficientes, innovación y productividad, educación de calidad o circunstancias internacionales favorables. Esto, desde luego, no está en el radar de los radical chic porque es más mediático, como hace el alcalde musulmán de NY, palear nieve, gritar “viva Puebla York” ante la mexicanada en Brooklyn o saludar las así llamadas Utopías capitalinas, de las cuales, claro, no tiene la menor idea.
La psicología del votante promedio es emocional y subjetiva. No le importa en exceso la democracia ni las formalidades sino la ley del menor esfuerzo. No busca categorías elaboradas sino llegar a fin de mes y le gustan las figuras que agitan esa carnada.
Por tanto, a los medios les basta que sean atléticos, sonrientes y juveniles porque retratan bien. Es el discreto encanto de los radical chic. Y lo demás, es irrelevante.
Recomendar Nota
