Sinceramente no estoy en ánimo de festejo patrio. México es mi país.
Aquí nací libre. Nunca fui perseguido o molestado por mi religión o ascendencia. Me desarrollé personal y profesionalmente y, cada 15 de septiembre, tenía la emoción de festejar el futuro de mi nación recordando el origen de su independencia.
Pero hoy, más allá del viva México, escucho gritos que me calan más fuerte.
El grito de las madres que buscan a sus hijos con una pala en la mano, porque la autoridad no los busca.
El grito de las madres solteras que tocan puertas para sacar adelante a sus hijos.
El grito de las personas desesperadas por el incremento de sus deudas.
El grito de los hijos cuyo padre fue asesinado y cuyo expediente duerme en alguna fiscalía.
El grito de la joven violada a la que todavía le preguntan cómo iba vestida.
El grito del adolescente golpeado que aprendió que denunciar no sirve de nada.
El grito de las finanzas públicas quebradas, que hoy nadie escucha, pero mañana todos pagaremos.
El grito de los jóvenes a quienes se les da dinero, pero no un futuro.
El grito de una sociedad sin justicia imparcial.
El grito de las instituciones desaparecidas.
El grito de un país dividido, cada vez más intolerante.
El grito de quienes ven que las libertades se restringen cada vez más.
El grito de alarma sobre un autoritarismo que se asoma con disfraz demócrata.
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