Como tienen que aprobar algunas reformas, y entre ellas las que mutilan los derechos políticos de los mexicanos con doble nacionalidad y la inversión extranjera, necesitan, en Morena, a Enrique Inzunza.
Que tenga orden de captura en Estados Unidos es, al parecer, asunto menor cuando se trata de mantener la mayoría para poder modificar la Constitución sin necesidad de acuerdos con la oposición.
Es un modus operandi ya ensayado con el senador Miguel Ángel Yunes Márquez, quien fue convencido de traicionar al PAN y a sus electores, a cambio de que se cancelaran averiguaciones penales en su contra.
Igual trato recibió su padre, del mismo nombre, pero Yunes Linares, también senador, aunque suplente, en un trueque de beneficios personales como pago en la votación que terminó con la independencia del Poder Judicial.
Pero con Inzunza se juega con fuego, porque hay variables que no se pueden controlar. No es lo mismo ordenar a un Ministerio Público de Veracruz que se desista de alguna indagatoria, que convencer a una corte de justicia en Nueva York que voltee la vista y ya no se ocupe de las malas andanzas del legislador sinaloense.
Tiene también algo de reto: Inzunza es cobijado por Adán Augusto López Hernández, el político tabasqueño que coordinó a los senadores de su bancada, pero que ahora vive sus horas más bajas, alejado de Palacio Nacional.
Lo de Inzunza es un asunto en el que se miden fuerzas de modo cotidiano. Los que lo respaldan saben que es una pieza que, de caer todavía más, puede provocar una avalancha.
En el otro cuadrante evalúan que más vale llevar la fiesta en paz, además de que, como ya se señaló, necesitan su voto. Lo que sí está por determinarse es el costo que llegará a tener el enredo del que Inzunza solo es un eslabón, pero en el que juegan múltiples intereses.
Son días de pavoneo de quien aspiró a suceder a Rubén Rocha, e inclusive era el favorito en la carrera por las postulaciones de su partido, pero se le atravesó el secuestro de Ismael El Mayo Zambada y el asesinato de Melesio Cuén.
Inzunza describe, de cuerpo entero, una política del extravío, un entramado en el que la ética es una extravagancia y la moral, como diría Gonzalo N. Santos, “un árbol de moras”.
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