Valeria List
Esta semana leía La grande, última novela de Juan José Saer, y llegué a una parte en la que el protagonista cuenta que su mujer es manca, una muy guapa mujer manca (su mano se atoró con el cordón umbilical cuando estaba en el vientre de su madre y se la tuvieron que cortar). Esa cualidad la hace excepcional para él, que atesora la particularidad de sentir el muñón en los omóplatos cuando lo abraza, en vez de una mano cualquiera.
Este pasaje me hizo recordar La vida breve de Juan Carlos Onetti, que inicia el día que Gertrudis, la esposa de Juan María Brausen, el protagonista de éste y otros textos del mismo autor, es amputada de un seno. A diferencia de Nula, el protagonista de Saer, Brausen no soporta la mutilación, quizá porque en este caso es de una zona erógena. Y además no está acostumbrado a convivir con ella, y termina separándose de su mujer.
La coincidencia en el tema de la mujer cercenada me hizo pensar en un poema de Eduardo Lizalde que ha rondado mi cabeza por años: “Bellísima”. En este texto, publicado en La zorra enferma (1974), una mujer es descrita como perfecta; tanto, “que aun la mutilación la haría más bella/ como a ciertas estatuas”.
Siempre me ha parecido chocante esta fetichización del cuerpo femenino; sin embargo, al leer a Saer y a Onetti no siento un rechazo igual, quizá por mi adhesión a ambos autores, o a su capacidad narrativa para matizar, para complejizar cualquier pasaje. En cambio, Lizalde me ha parecido siempre cursi. Su escritura tiene una radicalidad sin matices: la mujer que describe en “Bellísima” es perfecta al extremo.
Acaso por esta radicalidad, el poeta insiste en “ensuciar” lo prístino no con matices, sino llevándolo por completo del otro lado. En un poema del mismo libro donde habla sobre la prostitución, afirma que:
Mi primera impresión es esa
sólo es lícitamente prostituible
la hermosura excepcional:
solamente los dioses y las diosas
saben prostituirse
con arte verdadero.
En este caso, la retórica está al revés que en “Bellísima”. Aquí, Lizalde diviniza la prostitución para hacerla "lícita”; en el otro poema, mutila la belleza para incrementarla. Nótese que en ningún caso la mujer es un actuante real, sino un ente pasivo propicio a la intervención.
En cualquier caso, tanto en los narradores como en Lizalde me queda la idea de que la figura de la mujer cercenada implica una suerte de control: no se puede superar a la mujer bella, así que hay que cortarle una parte fundamental del cuerpo. Leo ahí, en el fondo, algo de inseguridad masculina, una inferioridad que sólo se compensa violentando el cuerpo de la mujer, haciéndola tan incompleta como su espectador.
Pero en el fondo también hay algo de esa perversión, de ese deseo que, debo aceptar, encuentro atractivo. El deseo nunca es limpio; algo así dice, de hecho, el propio Lizalde en otro poema. Y también dice al principio del libro el lapidario íncipit “Sordos, odiad este libro./ Eso incrementará mis regalías”. Al leer estos versos me quedo pensando si acaso mi rechazo a la figura de la mujer incompleta que ronda por la mente de estos escritores es una reprobación moral, que algunas personas calificarían de ignorante o limitada. Porque acaso se podría decir que el deseo está exento de moral, pero no estoy tan segura de que sea así: es posible que éste se circunscriba a un paradigma cultural. El hecho de que una figura tan particular y potencialmente violenta como el cuerpo mutilado de una mujer se repita me parece, al menos, enunciable.
Quizá la diferencia entre los textos de Onetti y Saer con el de Lizalde es que, en los primeros dos, la mutilación es una circunstancia en la que los personajes no tienen injerencia, pero a la cual se deben enfrentar; en cambio, en el poema de Lizalde la mutilación no existe, aparece como una proposición, que actúa, además, como un mero adorno, algo contemplativo, no con lo que se conviva. Me pregunto en este momento si es injusto comparar estos textos, pues los narrativos tienen un velo de seguridad detrás de los personajes y el argumento; y el poético, en cambio, está expuesto en un lugar de enunciación mucho más directo.
De hecho, por esta circunstancia, al leer el resto de los poemas de Lizalde me parece atisbar en ellos un poco del hombre que fue. Me sorprende que La zorra enferma se haya publicado cuando el autor tenía ya 45 años pues, tanto en los poemas políticos como en los amorosos, alcanzo a ver una energía y una desnudez que me remiten a una voz más joven, son poemas donde la personalidad (o la de la voz poética, si se quiere) es casi transparente. En la enunciación casi descuidada de algunos versos —como se afirma en un poema, “No hacen falta los cuidados estilísticos/ ni la sintaxis,/ ni la literatura—”, en el lenguaje directo, a veces prosaico, se deja entrever una juventud tardía, el ímpetu de un hombre que se sigue construyendo a sí mismo. Esto es perceptible también en el discurso: no esperaría leer a un hombre de esa edad aún disculpándose por no ser militante.
Pese a mi escepticismo con respecto a los poemas de Lizalde, debo decir que el hecho de que sean tan gallardos y llenos de personalidad me hace empatizar con él: siento que alcanzo a ver en el fondo a un joven inseguro que se magnifica a sí mismo a través de fantasías políticas que nunca realizará, intentando alcanzar a una mujer que idealiza y que considera superior a él, y eso me llena, sin que pueda evitarlo, de ternura.
*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar,
2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.
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