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POESÍA: Posteridad de Círculo de Poesía (sobre "El sin ventura Juan de Yuste" de Alí Calderón y algo +)

Pedro Derrant

En mis veintes, cuando uno debe ocupar el tiempo en construirse una imagen de joven promesa —de la que luego, en sus treinta, es obligación abjurar—, yo era demasiado tímido para competir por premios o por becas. Al fin, a mis 29, sentí que el segundero de la juventud se me agotaba y tuve que sobreponerme por la fuerza: junté mis poemas, publiqué una plaquette y, gracias a ella, me invitaron a encuentros, conocí a otros poetas. Me dejé arrastrar felizmente al mundillo de los que escriben. 

Sin ser un completo ingenuo, confieso que abrigaba el irrealizable espejismo de llevarme bien con todo el mundo; yo, y sólo yo, iba a escaparme de las intrigas literarias. Cada que me hablaban mal de alguien, encogía los hombros y procuraba olvidar; yo me relacionaba con libros, no con autores. Quizá sí era un completo ingenuo. 

Un año más tarde, a mis 30, por una inexplicable audacia de la Secretaría de Cultura de Tabasco, recibí la invitación a ser uno de los jurados de un concurso de poesía. Rechacé, les dije que no tenía la trayectoria, que iba a generarles un problema reputacional, pero el hombre a cargo me insistió tanto que entendí que no era una opción decir que no. Terminé con la advertencia de que lo hiciera bajo su propio riesgo, pero él, buen político, me devolvió la responsabilidad con un comentario y una sonrisa: sé que no nos vas a decepcionar. 

Y yo lo intenté. Contra todas las voces que me recomendaban decidir con el dudoso criterio de revisar sólo el primero, el último y algunos poemas de enmedio, yo quise leer de tapa a tapa la treintena de libros recibidos para estar seguro. Algunos los leí hasta dos veces para afirmar mi criterio. Al cabo, llegué a la deliberación con un dictamen clarísimo: El sin ventura Juan de Yuste (Valparaíso, 2023), de Alí Calderón, era el mejor libro que habíamos recibido. 

Desde la primera línea, el libro hace con uno lo que se espera de la poesía de verdad: le desmonta la normalidad del lenguaje y le escupe en la cara otro nuevo, que lejanamente reconoce como el suyo, pero desfigurado. Los poemas son escombros de un idioma demolido:

Páginas y páginas de reinvención vertiginosa de una lengua (el castellano de los conquistadores españoles del siglo XVI) y del universo que se despliega en torno a ella. 

El sin ventura Juan de Yuste se inscribe en la escuela, ya casi centenaria, de la poesía documental: un tipo de lírica que —a decir de Muriel Rukeyser, cuyo The Book of the Dead (1936), se reconoce como el pionero de la docupoetry— pretende entender el documento. Es, en otras palabras, una modulación diferente de la literatura comprometida: una que pretende dar cuenta de un proceso histórico, a menudo trágico, pero sin acudir a la consigna o al sermón, sino reproduciendo los testimonios de quienes fueron atravesados por él. Dejar que las voces documentadas encuentren su foro en el poema.

En El sin ventura Juan de Yuste el proceso histórico es la fallida expedición de los seguidores de Pánfilo de Narváez por tierras de Texcoco, la tragedia es toda la muerte (de uno y otro bando) que arrastran en su ruta, y las voces del poema son la terrible cacofonía formada por los gritos de los sacrificados, los enfermos, las violadas. Pero su mérito no está en ponernos —una vez más— frente a los ojos el horror de la Conquista, sino en utilizar la página como escenario y las palabras como actores: no se desgarran los cuerpos, se desgarran las sílabas; no son los barcos los que naufragan, son los versos:

En cada nuevo poema, se despliega una nueva voz, con todo lo que eso implica: un nuevo vocabulario, una nueva ortografía, un nuevo punto de vista, una nueva inflexión, un nuevo ritmo. Los dos poemas de la colección que no están escritos en español —uno está en totonaco, el otro en náhuatl— demuestran la extensión del compromiso autoral con representar la mayor cantidad de registros. De ahí la riqueza de tonos y formatos: Calderón intercala el poema en prosa con el verso libre y los medidos versos blancos, pero no se arredra ante el poema visual:

El sin ventura Juan de Yuste no es un ejercicio de arqueología lingüística, ni un mero pastiche documental; es uno de los intentos más ambiciosos que conozco en nuestra lírica reciente de abrirle huecos a la superficie del lenguaje y escuchar el sonido que se cuela por ellos. El resultado es un gran poema dramático, que casi se podría calificar de tragedia en el sentido clásico del término: con un coro formado por el alarido de los muertos y un destino irrevocable para aquellos que trascendieron un orden divinamente impuesto:

El día de la deliberación, los jurados nos pusimos de acuerdo con relativa facilidad y el premio lo obtuvo este libro —pero no es eso de lo que me interesa hablar ahora—. De más está decir que me volví un entusiasta promotor de la poesía de Alí Calderón, a la que sólo conocía por este libro, pero las respuestas que comencé a recibir me dejaron desconcertado. Oscilaban entre la indiferencia —personas de mi edad y más jóvenes que nunca habían escuchado su nombre— y el abierto rechazo. Una amiga (ella sí, joven promesa) frunció el ceño cuando le recomendé el libro y me preguntó con suspicacia: ¿y tú qué relación tienes con ésos de Círculo de Poesía?

Al cabo de un par de meses entendí que ambos, indiferencia y rechazo, no eran dos reacciones distintas, sino los dos efectos de un mismo legado. Durante todo el decenio (2010-2020) en el que yo había estado lejos del ambiente literario, Círculo de Poesía —del que Alí Calderón es fundador y miembro destacado— se había dedicado a operar con una lógica de terrorismo adolescente que los llevó a linchar poetas que consideraban sus adversarios, a hacer vergonzosas listas de los peores poemas mexicanos (en las que, por supuesto, nunca incluían los de algún amigo suyo) y a establecer una cuestionable colaboración con el oficialismo. 

El resultado fue su ostracismo del ambiente cultural mexicano: una cara de esa moneda es el repudio generalizado ante el nombre del colectivo y de sus asociados; el otro, más preocupante, es el silencio de sus pares ante sus obras. Silencio que ha redundado en que sus libros se hayan omitido casi por completo de la educación sentimental de mi generación. A menos que te eduques con Círculo de Poesía, nadie te recomienda sus libros. Entre los poetas de mi edad, los referentes son otros: Luis Felipe Fabre, David Huerta, Eduardo Milán —todos ellos incluidos en sus infames listas—. No importa cuánto insista a mis amigos que El sin ventura Juan de Yuste es uno de los mejores poemarios de nuestra lírica reciente, la posteridad de Círculo de Poesía se decidió hace diez años, cuando eligieron volverse una isla. 

De lejos, puede vérseles naufragar.

Post scriptum (4 meses después):

Escribí este ensayo el 5 de junio de 2026. Cuando lo hice, ignoraba que en algunos días iba a experimentar en carne propia una confrontación con Círculo de Poesía —como aquellas de las que me advertían mis amigos— por su vergonzosa participación en el asunto de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Mi propósito con estas páginas era sopesar el ambiguo legado de una agrupación que había producido libros memorables al tiempo que cultivaba el rechazo del campo literario y una merecida fama de buscapleitos. Me abstuve de publicarlas entonces porque sabía que resultaría imposible leerlas al margen de la polémica y yo no tenía intenciones de mezclar la causa con mis consideraciones sobre literatura. Ya nadie se acuerda (y lo digo con algo de tristeza) de la Casa del Poeta Ramón López Velarde, pero esa distancia me permite volver sobre estas líneas que ahora siento más reales que nunca. No he cambiado de opinión y por eso no he cambiado nada del texto. Aún creo que algunos de los libros de Círculo de Poesía están entre lo mejor de la poesía contemporánea de nuestro país. También creo que los lectores no se van a tomar la molestia de comprobarlo. Todavía creo que la posteridad de Círculo de Poesía está manchada por su actividad política (y qué bueno). Por último, creo que deberían hacerme caso y bajar mis poemas de su página web —ya perdí la cuenta de los correos que les he enviado sin recibir respuesta—. Creo que es momento de dejar de insistir.

*Pedro Derrant. Poeta y ensayista. Publicó la colección de poemas Catábasis (Summa, 2023). Ha colaborado con Revista de la Universidad, Paraíso. Revista de poesía, Tierra Adentro y Ærea.
@pedro_derrant

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