Elienahí Nieves Pimentel
“El movimiento estudiantil ha muerto”, sentenciaron diversas voces en el último cuarto del siglo XX, en el contexto de derrumbe de los socialismos y predominio de las políticas neoliberales. Pero las declaraciones de defunción eran más un anhelo que una realidad, como demuestra Nicolás Dip en Movimientos estudiantiles en América Latina. Interrogantes para su historia, presente y futuro. La obra es un libro de bolsillo que en pocas páginas ofrece al lector un panorama de largo plazo de los activismos estudiantiles latinoamericanos desde la Reforma Universitaria de 1918 hasta las experiencias feministas contemporáneas.
Como cualquier fenómeno histórico, los movimientos estudiantiles se constituyen en relación con su contexto particular. Sin embargo, sus dos elementos fundamentales y constitutivos —la política y la educación— les otorgan reivindicaciones que coinciden en su naturaleza gremial y educativa, así como una fuerte carga social.
La primera ocasión en la que los estudiantes latinoamericanos demandaron participar en los órganos de gobierno universitarios fue en 1908, en el Primer Congreso de Estudiantes Americanos, celebrado en Montevideo. El encuentro logró que se reconociera legalmente la figura del consejero estudiantil, pero su efecto se limitó al país anfitrión. Fue hasta diez años después que el movimiento reformista, surgido en la Universidad de Córdoba (Argentina), se extendió por la región hasta mediados del siglo XX, con reclamos que incluían la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, que permitiría combatir el autoritarismo académico y pedagógico.
El segundo ciclo de protestas se presentó en los tumultuosos años sesenta y setenta, cuando algunos activismos estudiantiles se implicaron en proyectos revolucionarios más amplios, en unión con la clase obrera, y se opusieron a reformas educativas impulsadas por los Estados Unidos, en el marco de la Guerra Fría, que proponían que los centros de enseñanza fueran meros formadores de técnicos al servicio del mercado, con estudiantes excluidos de cualquier participación política. Tales fueron los casos de Chile, donde continuaba la lucha por la participación estudiantil en las decisiones de gobierno de las instituciones; de los estudiantes argentinos que se unieron a los obreros frente a una dictadura que había erradicado la autonomía universitaria y afectado los derechos laborales; o de los estudiantes colombianos que criticaban el modelo educativo basado en el ideario neoliberal.
El año emblemático de este periodo es 1968: un símbolo que engloba la variedad de problemáticas, así como las especificidades de las luchas latinoamericanas que se encontraron con un marcado aumento de la represión por parte del Estado. Aquel año, amplias y simultáneas protestas estudiantiles explotaron en México, Brasil y Uruguay.
En México, el Consejo Nacional de Huelga exigió libertades democráticas a un régimen político monopolizado por el PRI y recibieron como respuesta la masacre de un número aún indeterminado de estudiantes indefensos en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. En Brasil, la muerte del estudiante de secundaria Edson Luís a manos de la policía desató manifestaciones masivas en más de 20 ciudades del país, en contra de la dictadura militar. Las oleadas de protestas terminaron con una cantidad indefinida de muertos y con cerca de mil estudiantes presos. En Uruguay, las organizaciones estudiantiles Coordinadora de Estudiantes de Secundaria y la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay , junto con sindicatos obreros, se movilizaron contra las medidas represivas del gobierno de Jorge Pacheco Areco (1967-1972). Los enfrentamientos entre manifestantes y policías acabaron con tres estudiantes muertos, que el país rememora en el Día de los Mártires Estudiantiles, cada 14 de agosto.
Durante las décadas de los ochenta y noventa, los estudiantes persistieron movilizándose contra las dictaduras de la región, así como el avance de las reformas estructurales impuestas por el Fondo Monetario Internacional que buscaban reducir severamente el gasto en educación, lo que generó una crisis en las universidades públicas. Desde principios del siglo XXI a la actualidad las demandas de los estudiantes latinoamericanos han incluido el respeto a la democracia en sus países, la gratuidad de la educación, así como la eliminación de la inseguridad, la desigualdad y la violencia de género en los planteles educativos.
En definitiva, el activismo estudiantil latinoamericano ha adaptado sus protestas y organización pero continúa vivo y vigente. Por ello, el investigador del Centro de Investigación y Docencia Económica propone que, más que homenajes, la rememoración de hitos clave —como el 2 de octubre mexicano— es una oportunidad para observar con atención las luchas pasadas y retomar sus debates ahí donde haya lugar.
*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio
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