Alan Valdez
"Un poema de Annie Dillard habla de las costas y las costras, las costras de mar"

I
En el mail me llega una oferta de abrigos de imitación piel y recipientes para guardar comida. En otro, alguien quiere ayudarme a resolver mi deuda.
Busco mis lentes; dejo de leer con el puro ojo bueno.
El último mail me invita a renovar mi suscripción. Entre dos correos de estudiantes que me mandan sus ejercicios del pretérito contra el imperfecto, me entero de la muerte de Annie Dillard.
Quien presenta el texto de Annie Dillard sobre las ranas subraya que, en el cambio de estaciones, las hojas se despliegan hacia adentro y hacia afuera de otras hojas.
Frogs have an inelegant way of taking off
from invisible positions on the bank just ahead of your feet.
Hace poco, justo en esta piedra donde como la mandarina, la vi, era la rana. El relieve alzado de unos ojos dirigidos hacia las olas en la tardenoche de Madison.
En el radio alertan de los fuertes vientos en el lago. Ha sido verdad. Las olas llegan altas,
con su espuma fría,
y tocan piedras que por lo normal están secas.
II
Como mandarina encima de una piedra en el lago Mendota. A este momento de mi vida le llamo Renuncia a la rana.
Sé que hay poetas que escribieron sobre el Niágara y le preguntan cosas.
Mi pequeño mini Niágara está bajo mis pies y es igual de hondo que la caída del agua en la frontera canadiense.
Las olas me cruzan por encima de los talones en sus mejores intentos.
El aire desacomoda mi cabello y no me deja ver. Me gusta usar el cabello largo porque cuando hace aire, como hoy, mi silueta es jalada como una palmera.
Desde lejos, unas mujeres con tablas de surf parecen aves de picos blancos que humean hacia la orilla.
Me descalzo.
Mis pies hinchados después del día caminando parecen dos langostas.

III
En la foto en blanco y negro que acompaña el mail sobre la muerte de Dillard, Maggie Nelson está sentada con ella en un sillón de tres cojines.
Nelson fue estudiante de Dillard. En sus clases de escritura, Dillard pedía escoger un sitio al que normalmente nunca irían y quedarse en él, hasta escribir todo suceso posible alrededor.
Annie was just an advocate of attention, así termina el párrafo de Maggie Nelson.
Dillard le escribe una carta desde las Galápagos. Le señala unos árboles blancos en las colinas.
I would like to come back as a palo santo tree on the weather side of an island, so that I could be, myself, a perfect witness, and look, mute, and wave my arms.
De niña, Dillard escondía uno de sus centavos entre las raíces de un árbol o en alguna fisura de la banqueta. Después dibujaba con gis grandes flechas desde los dos extremos de la cuadra para que algún desconocido pudiera encontrarlo.
Nunca esperaba ver quién llegaba.
IV
Durante todo el verano puse una piedra encima de otra y tomé fotografías. A eso le llamaba El proyecto.
Debajo de un puente había unos venados y, al lado, unos humanos dibujados sobre la pared. Las figuras estaban desgastadas. La luz parecía darles movimiento.
Ambos, bípedos y no bípedos, se observaban unos a otros, sus miradas azules y verdes hechas de gis.
Ahí abajo, el río Iowa cruzaba Dubuque St.
No he sabido explicar el movimiento de mi mano hacia la piedra, de la piedra hacia otra piedra y de ahí hacia la cámara del celular. La primera vez fue el 19 de mayo.
Cada mañana pasaba a ver si alguien había añadido una piedra a mi pila. Nadie participó.
Después empezaron a aparecer piedras con rostros en lugares discretos.
Junté siete.
La primera es Boquita pintada. Su nariz tiene forma de corazón. O es su corazón.
La segunda es El impresionado. Su boca parece un apóstrofe.
La tercera es Los ojos ahuecados por el flash.
En la cuarta podría haberse encontrado un bicho, pero es difícil saber si adentro o fuera de la ropa.
La quinta es La madre.
La sexta es La pestaña en el pulgar. A ver, sopla.
La séptima es El bostezo sin dientes.
Cuando me levanto, antes de irme a dar clases, practico con ellas. Sí, a ver, chicos, buenos días, chicas. Vamos a empezar la clase.
Lo más difícil hasta ahora ha sido saber quién ha levantado primero la mano.

V
Ahora estoy en otro county.
En la carretera hacia aquí cruzamos el Mississippi. En algunas orillas el agua se enturbiaba con el movimiento de los trenes.
Quiero hacer una cuenta en kilómetros de este mar hasta el mar en el que crecí, pero me distraigo.
Me distraigo en la arena tan seca de esta costa fría.
Las mujeres siguen en la banqueta subiendo sus tablas de surf a la troca.
El aire pasa y les aleja el cabello hasta más allá de ellas mismas.
Una carretilla en el parque. En Chihuahua mis primos le decían carrucha.
Yo trataba de mantener ese acento, pero al regresar a Acapulco se disolvía.
Desde que estoy aquí mis dos orígenes se han vuelto una misma afirmación:
I am from Mexico. And you?
Oh, I have never been in that place.
VI
Los restos de otros árboles están en las olas.
Pasan corredores.
Al inicio de otro ensayo de Dillard, un hombre (Larry) en sus treintas vive solo con una piedra y está tratando de enseñarle a hablar.
Hay una parte del camino con plantas de tallo violeta. El aire les mueve la frutilla, las moras, dos o tres racimos. Un insecto casi de ojos amarillos y patas rosáceas.

Me gustaría describirlo mejor. ¿Una foto sería flojera?
Un muchacho se detiene frente a un álamo que la tormenta de anoche ayudó a caer.
Bestial, así la figura del acostado. La corteza levantada. El agua del lago no alcanza a cubrirlo.
El muchacho enfoca su cámara. No distingo qué ha visto. Me retiro.
Después de unos minutos alcanza mi paso. Quisiera preguntarle qué fue lo que vio. No lo hago. Dejo que se aleje para no levantar sospechas y me doy la vuelta.
Regreso al álamo tirado.
Uso una mano para tener equilibrio.
Miro entre la corteza y el musgo, pero me cuesta trabajo adivinar porque se ha metido el sol. El árbol me acaricia como un padre.
Sé que no es ningún padre.
Cae un rayo. En su luz se asoma una moneda.
*Alan Valdez. Escribió La pérdida de voluntad en el agua (Fondo de Cultura Económica, 2021). El resto del tiempo camina.
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