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TEATRO: El teatro de primeras infancias: modelo de inclusión y accesibilidad

Paulina López González

En medio de un espectáculo visual de títeres de animales marinos que brillan en la oscuridad, un niño grita “¡ti-bu-ro-neees!” No lo grita porque los vio. Expresa su deseo de ver tiburones en escena. Lo que sí vemos son medusas de distintos tamaños, peces y un pelícano. Como ese niño, hay muchas infancias que gritan sin miedo sus reacciones a la obra que experimentan. Escuchamos y vemos, sobre todo, asombro y emoción. Se trata de El mar enamorado, la primera obra para primeras infancias a la que asisto. Creada por Liliana Rosas, Erzy Yoseff y Alejandra Ballina, es una obra que tiene claro su público objetivo y se adapta a él, pero no por eso deja de ser disfrutable para audiencias adultas. 

Voy al teatro más o menos una vez a la semana, desde hace muchos años. Las historias que veo muchas veces me sorprenden, pero ya tengo muy internalizadas la logística y las reglas esperadas al asistir al teatro. Entro al recinto. Encuentro mi asiento. Reviso que mi celular esté en modo “No molestar” y que no tenga alarmas programadas. Espero a que den tercera llamada y apaguen las luces. Sobre todo, una vez iniciada la función, guardo silencio. Evito a toda costa ser esa persona a la que todes voltean a ver porque tosió, abrió su empaque de dulces, olvidó apagar su alarma (me ha pasado) o tiró sin querer su celular. Aprendí estas reglas internalizadas frecuentando muchos teatros, donde a veces se decían explícitamente y otras se inferían desde la observación. Contadas excepciones incluyen el teatro burlesque y cabaret. 

Algunos supuestos detrás de estas reglas son: 

  • Si hay cualquier tipo de ruido, la obra dejará de ser disfrutable para el público.
  • Les actores en escena se distraerán.
  • El teatro es “alta cultura”, y nuestro comportamiento debe reflejarlo.
  • El espectador tiene, necesariamente, un papel pasivo. Se debe limitar a observar y aplaudir.

El mar enamorado rompe con estos supuestos. Salgo de la obra pensando en todo lo que el teatro convencional puede aprender al teatro para infancias en términos de accesibilidad e inclusión. En esta obra, la logística fue así: personas de la producción nos indicaron que había dos filas para entrar al teatro: una para infancias con una persona adulta acompañante y otra para el resto del público. También nos explicaron que las primeras 20 infancias en la fila podían sentarse en el escenario, al tiempo que las primeras tres filas de butacas estaban reservadas para el resto de les niñes y sus acompañantes. Nos comentaron que nunca habría oscuridad total en la sala y que estaba permitido entrar y salir conforme fuera necesario.

Durante la función, como era de esperarse, algunas infancias tuvieron momentos en que lloraron o desesperaron. La producción tenía cajas con juguetes para llevarles en ese momento y ver si con eso se entretenían, y evitar así que tuvieran que salir del teatro. En muchos casos esa estrategia funcionó. Muches adultes en las butacas sacamos nuestros celulares durante la función para documentar la emoción y las reacciones de las infancias a quienes íbamos acompañando. En medio de todo eso, pudimos seguir la historia y disfrutarla. Nos asombramos también con el espectáculo visual de los títeres, el mar y el gozo puro de les niñes espectadores, muchos de los cuales experimentaban el teatro por primera vez. 

Me pregunto cuánta creatividad hemos perdido, como creadores y como espectadores, al suponer que el teatro para adultes siempre debe ser oscuro, silencioso y solemne, y que todas las personas espectadoras tienen las mismas características y necesidades. Con esto no quiero decir que todo el teatro para adultos debe ser lúdico o dejar de tener ciertas pautas de comportamiento. Lo que sí me cuestiono es: ¿qué pasaría si llegáramos al teatro abiertos a las sorpresas no sólo en la historia que estamos a punto de ver, sino también en qué disposición requiere de nosotras como público? ¿Por qué podemos ser comprensivas y adaptarnos a las necesidades particulares que tienen las infancias, pero no siempre tenemos la misma disposición cuando se trata de audiencias adultas? 

La accesibilidad y la inclusión no deberían limitarse a que existan rampas y otras adaptaciones arquitectónicas para las personas con discapacidades motrices. La accesibilidad y la inclusión también nos interpelan como espectadores, para entender que todas las personas somos parte del público, pero no todas necesitamos lo mismo para disfrutar y sentirnos cómodas en el teatro. No sólo eso, sino que nuestras necesidades pueden cambiar día con día. 

Mi hermana, por ejemplo, se alimenta con una sonda gástrica. Esto significa que toda su comida es líquida, por lo que va al baño con más frecuencia que una persona promedio. Si vamos al cine, al teatro, o a un concierto, ella necesita salir una o dos veces al sanitario durante la función. Un público, que ha internalizado todos los supuestos delineados arriba, probablemente la juzgue y piense: qué le costaba ir al baño antes del inicio del espectáculo (les aseguro que sí fue). 

Si como público llegamos con la disposición de que todas las personas espectadoras disfruten el teatro y de que no todas necesitamos lo mismo, quizás sólo dejemos pasar que alguien haya tenido que salir al baño a media función. Genuinamente me pregunto si no es el teatro en sí, sino esos supuestos los que nos predisponen a pensar que la mecánica de ir al teatro debe ocurrir de cierta manera. Me pregunto qué pasaría si de manera colectiva decidimos cambiarlos. ¿De verdad nos distrajo tanto que la persona de junto abriera sus cacahuates? ¿O nos distrajo más la policía interna que se enoja porque esa persona hace algo que consideramos incorrecto? Me voy de El mar enamorado deseando que las infancias presentes sigan sintiéndose bienvenidas en el teatro.

*Paulina López. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.

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