Christian Mendoza
Feral (2022), la primera novela de la escritora mexicana Gabriela Jáuregui, contiene una trama que oscila entre un comentario social explícito y la ambigüedad poética. Expongo una somera descripción de la trama: ante la ineficiencia burocrática de la fiscalía, Yunuén, Saratoga y Eugenia deciden averiguar por su cuenta quién asesinó a su amiga Diana. La voz narradora parte del feminicidio para plantear cuestionamientos coyunturales tanto para el tema al que se aproxima el texto como para la sociedad que padece las mismas injusticias: quién gestiona las carpetas de investigación y por qué las indagaciones ciudadanas conducen a resultados más claros es uno de los aspectos que se integran a la novela. Asimismo, la narración se asoma al desfase entre las instituciones y los resultados que supuestamente deberían entregar: la existencia de una fiscalía no equivale a que las investigaciones lleguen a buen puerto, sobre todo si las víctimas son mujeres.
Sin embargo, Jáuregui desvía las expectativas de lectura que puede estimular un tema sustentado en el realismo. A la angustia y el luto de las amigas se suma un nosotros cuya enunciación es más cercana a la poesía en prosa —“porque brotaremos como liebre, como la fiebre que aflora, como agua viva, tiernitas”. Esa voz colectiva se materializará hacia el final del texto. No obstante, el cierre de la novela no se explica a sí mismo. Intuimos que ese nosotros habita un futuro lejano, temporalidad desde la que el colectivo indaga en la historia de las cuatro amigas mediante tecnologías arqueológicas más sofisticadas que las carpetas que revisan superficialmente los funcionarios públicos. Del cruento realismo, Feral transita hacia la zona gris de la ciencia ficción o de la ficción especulativa.
Considero que Zorra (2026), la segunda y más reciente novela de la autora, controla con mayor éxito la tensión entre los referentes de la realidad y la integración de episodios que cuestionan la lógica de esa misma realidad. Organizada en 15 episodios titulados como partes del cuerpo que pueden ser de animales o humanos —“Hocico”, “Cuello”, “Pecho”, “Patas”— Zorra cuenta la historia de Él y Ella, una pareja que adquiere una cabaña ruinosa para huir de las pandemias y de las guerras que asolan al mundo y a la ciudad que habitaban. Los personajes pronuncian que quieren experimentar una vida en la que no tengan que vivir para trabajar, por lo que instalan una granja improvisada con la que escenifican una fantasía pastoril: sus siembras y sus animales, así como un ahorro de dinero, les permitirán experimentar aquella tranquilidad libre del ajetreo laboral de las zonas urbanas.
La quietud campirana de los personajes se verá pronto perturbada con tres encuentros. En el primero, Ella encuentra a un niño amamantándose de la ubre de una de sus borregas. Después, una zorra empieza a matar sus gallinas, provocando que, en lugar de concentrarse en sus actividades —las cuales empiezan a saber cada vez más tediosas—, la pareja permanezca al acecho del animal. Finalmente, una joven arriba a las puertas de la granja. La mujer cuenta a los personajes que tuvo que huir al norte y que su tío antes vivía en la casa que ahora ellos habitan. No tiene más familia y no puede conseguir otro sitio en el cual hospedarse. Sin mayores cuestionamientos, e incluso con una declarada indiferencia, la pareja admite que la joven ingrese a su espacio doméstico.
En algún momento, Él le recuerda a Ella “que en el campo las cosas no son como en la ciudad”. Entonces, ¿estamos leyendo cómo falla la fantasía burguesa de los personajes? Tener una vida ligera en el campo —como si la cercanía con la naturaleza implicara estar en contacto con algo más inocente y puro— los instala en una ansiedad que se acrecienta: ver la sangre de las gallinas que caza la zorra o al niño buscando la leche de una borrega los confronta con una otredad que ellos juzgan más primitiva y, por ello, más grotesca. De igual manera, ¿es posible refugiarse de las guerras y pandemias en algún remanso de la provincia? Después de cuatro años de simular ser granjeros, la pareja debe guardar más precauciones en sus visitas al pueblo porque la enfermedad ya asola la tranquilidad del campo. ¿Esto quiebra violentamente el mito de la Edad de Oro que pretendieron encarnar los personajes? ¿O bien aquella arcadia pastoril nunca fue ajena a la violencia?
Otros autores han borrado las fronteras entre la animalidad y el racionamiento de las sociedades, como Mario Bellatin en Salón de belleza (1994) o Guadalupe Nettel en El matrimonio de los peces rojos (2013). Si bien, ambos libros logran producir un efecto perturbador en sus lectores, las relaciones que establecen entre lo humano y lo animal esclarecen el significado de las metáforas que los personajes colocan sobre los animales, ya sea en torno a las enfermedades terminales o a la precariedad con la que un matrimonio se comunica. En cambio, la singularidad de Zorra es que resguarda sus enigmas. Novela breve que condensa sus acciones en párrafos contundentes, mantiene hasta el final su propia extrañeza. Si en Feral las estrategias de la ciencia ficción se ponen al servicio de un comentario social, lo siniestro o ambiguo de Zorra no son aspectos fácilmente codificables, por lo que su lectura resulta desafiante.
*Christian Mendoza. Doctorante en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Escribe sobre literatura, cine y artes.
@ChClumsy
Recomendar Nota
