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HISTORIA: Domesticidad prescrita

Elienahí Nieves Pimentel

En los años recientes, ha crecido un discurso que presenta la igualdad de género como una amenaza para las grandes instituciones que ordenan la sociedad, como la familia y la nación, o, en un ámbito más privado, para la realización de las mujeres, arrojadas al mercado laboral en contra de su “naturaleza” como cuidadoras de lo doméstico. Las tradwives podrían ser una de sus manifestaciones culturales más visibles, con su actualización en redes sociales del ideal victoriano del “ángel del hogar”. Aunque por sí mismas estas tendencias no impliquen una pérdida jurídica de derechos, su representación de la domesticidad como una identidad en apariencia libre, estética y deseable puede contribuir a la normalización de la dependencia económica y moral de la mujer y a la reafirmación de los roles de género que en términos históricos ha costado tanto cuestionar. 

El debate sobre la igualdad y la legitimidad social de las mujeres de ejercer derechos básicos fue calificado por la presidenta Sheinbaum como un intento por regresar al Porfiriato. Parece buen momento, pues, para recordar la investigación de Carmen Ramos Escandón, pionera en el estudio de la historia de la mujer en el México de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. En Presencia y transparencia: la mujer en la historia de México, coordinado por Ramos, se analiza la condición histórica de la mujer en una temporalidad más amplia, desde la sociedad mexica hasta el siglo XX, diferenciando los ámbitos urbano y rural, así como las diferencias de clase que condicionaban los tipos de femineidad. 

Nos dice Ramos Escandón que el Registro Civil se creó en 1859 para favorecer el control del Estado sobre la población, en detrimento de la Iglesia. En la ley de la nueva institución se estipularon detalladamente las normas que regían las relaciones familiares. Para las mujeres, las condiciones no cambiaron mucho. Tanto en la época colonial, cuando el matrimonio era un sacramento regulado por la Iglesia, como en los gobiernos liberales, la mujer era considerada un ser frágil, dependiente, sin capacidad de decisión, mucho menos de representación de sus propios intereses (como menor de edad) y cuya principal y casi única función era la reproducción en el matrimonio. El marido, por su parte, estipulaba la ley del Registro Civil, era el proveedor económico del hogar, el jefe y protector de la familia. La obediencia y sumisión de la esposa debía ser incondicional. 

Mientras la legislación restringía los derechos de las mujeres, los discursos populares –en periódicos y revistas para público femenino– incentivaban la maternidad como su máxima aspiración. Pero aunque el objetivo del matrimonio fuera la procreación, el cuidado de los hijos no era una responsabilidad que se compartiera igualitariamente. Era la madre la responsable de cuidar del bienestar de la familia, incluso por encima del propio. Los roles quedaron así bien definidos. Las mujeres permanecieron relegadas al ámbito doméstico; aisladas de la vida pública, del mundo de los negocios, la política y las grandes decisiones, dominio de los hombres.

Esta mistificación de “lo femenino”, con el hogar como su templo, se originó en las clases acomodadas y, aunque no podía aplicarse tal cual en el caso de las mujeres trabajadoras, se les exigía el mismo código de sumisión y obediencia al marido que a sus congéneres burguesas. Sólo que ellas añadían a su subordinación personal la social. Con el ideal de “pobre pero honrada”, la mujer de clase baja debía demostrar una abnegación que la convertía en superior moralmente.

¿Cuál era el objetivo de toda esta legislación y propaganda? En un país que intentaba aumentar su población, a la vez que enfrentaba altos índices de mortalidad infantil, promover la maternidad parecía una vía natural. Además, al separar las funciones de género para mantener a la mujer en una posición de subordinación se buscaba formar “matrimonios ideales”; esto es laboriosos, fecundos y, sobre todo, disciplinados. Entonces, como ahora, los intentos para regular las relaciones familiares van de la mano con el proceso de consolidación de un proyecto de nación.

*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio

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