Hay historias que se parecen demasiado entre sí como para pensar que son casualidad.
Una mujer regresa de su licencia de maternidad y descubre que el proyecto más importante ya lo lidera otra persona.
Otra deja de ser considerada para un ascenso porque “en este momento seguramente tiene otras prioridades”.
Una más escucha, con la mejor intención del mundo, que no le ofrecerán un puesto porque implica viajar demasiado y “eso debe ser complicado con un bebé”.
Ninguna de esas decisiones suele explicarse como discriminación.
De hecho, muchas veces nacen de buenas intenciones.
Pero cuando suficientes mujeres cuentan historias parecidas, la pregunta deja de ser si existen casos aislados y pasa a ser otra: ¿estamos frente a un fenómeno que ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos?
Convertirse en madre cambia una vida por completo. Cambian los horarios, las prioridades y la manera de entender el tiempo. Pero también puede cambiar, muchas veces sin que nadie sea plenamente consciente de ello, la forma en que los demás perciben a esa mujer.
Hace unos meses, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de las Naciones Unidas dio un paso que pasó casi desapercibido. Por primera vez reconoció expresamente que la maternidad puede convertirse en una forma de discriminación sistémica.
Lo interesante no es que haya descubierto un problema nuevo.
En realidad, lo que hizo fue ponerle nombre a una realidad que muchas mujeres, muchas familias e incluso muchas organizaciones sabemos que existe, aunque pocas veces se describa de esa manera.
Porque casi nunca hablamos de una negativa abierta o de una violación evidente a la ley. Hablamos de expectativas que cambian. De suposiciones sobre la disponibilidad de una mujer, su compromiso o sus prioridades a partir del momento en que se convierte en madre. Incluso de asumir que, ahora que ya es mamá, preferirá dejar pasar una oportunidad laboral, rechazar un ascenso o que basta con que su esposo tenga un empleo estable para pensar que ella ya no tiene el mismo interés en desarrollar plenamente su carrera.
No se trata de buscar culpables. Se trata de entender cómo operan, muchas veces de forma inconsciente, las expectativas que depositamos sobre las personas.
Los economistas incluso le han dado un nombre: penalización por maternidad (motherhood penalty). Diversas investigaciones han encontrado que, después del nacimiento del primer hijo, muchas mujeres experimentan trayectorias salariales y oportunidades de crecimiento distintas a las de quienes no son madres. Lo relevante es que este fenómeno no se explica necesariamente por una menor capacidad o productividad, sino por la forma en que cambian las expectativas sobre ellas.
Paradójicamente, la maternidad también desarrolla capacidades que cualquier organización dice valorar: administrar prioridades, resolver varios problemas al mismo tiempo, anticiparse a las crisis, negociar y tomar decisiones bajo presión.
No se trata de afirmar que todas las madres vivirán esta experiencia, ni de convertir el tema en una confrontación entre mujeres y hombres. Se trata de reconocer que nuestras percepciones influyen en las oportunidades que ofrecemos y que, muchas veces, lo hacen sin siquiera advertirlo.
Quizá el mayor aporte del reconocimiento de Naciones Unidas no sea jurídico.
Quizá sea habernos obligado a mirar un fenómeno que siempre estuvo ahí.
Porque ponerle nombre a una realidad no la crea.
Simplemente permite verla con mayor claridad.
Quizá la verdadera penalización por maternidad no sea tener un hijo. Sea que, desde ese momento, algunas personas empiezan a tomar decisiones por ella… sin siquiera preguntarle qué quiere.
Recomendar Nota
