Guadalajara, Jal.- Todos, salvo las autoridades, toman decisiones en los penales de México.
En una falla semiótica garrafal, se les nombra centros de reinserción social, pero en la práctica son escuelas del crimen donde la plantilla docente son los líderes de la delincuencia organizada. Autogobierno, le dicen, y su historia no es reciente, pues son ellos quienes tienen décadas al frente de los núcleos carcelarios.
La información que publicó este lunes 3 de agosto el Grupo Reforma en la portada de sus tres medios de circulación en México —a saber: El Norte, Mural y Reforma— sobre Puente Grande acude a una fuente anónima que visitó el penal de sentenciados y finaliza con un experto. Y más allá de la voz utilizada por el diario, el fenómeno que describe dista mucho de ser nuevo.
Hace 16 años, la Comisión Estatal de Derechos Humanos y el Congreso de Jalisco realizaron una visita aleatoria para verificar las condiciones de las personas privadas de su libertad. Allí comenzaron a registrar el grave hacinamiento, la falta de recursos básicos, como agua potable y que nadie, salvo el autogobierno, mete mano en las tiendas que hay dentro de prisión.
Lo descrito por Reforma sobre el penal de sentenciados no resulta extraño para quienes durante años documentamos la vida penitenciaria. El autogobierno administra desde el orden interno hasta el comercio clandestino. Refrescos, alcohol, drogas, sexo o teléfonos: todo tiene precio y rara vez lo fija la autoridad.
En mayo de 2010, una comitiva de diputados y visitadores organizó un recorrido por los penales junto con reporteros. Días atrás, el Ejército mexicano había intervenido el centro preventivo y aseguró armas, drogas, billetes y celulares. El principal afectado fue el líder del autogobierno: Miguel Ángel Zazueta Ontiveros, El Mike.
Por ello, las “autoridades” carcelarias reconocieron que no había garantías para realizar un recorrido por ese centro, pues se corría el riesgo de un motín. La visita siguió, pero sólo bajo dos condiciones: no se nos permitió introducir cámaras ni grabadoras, sólo papel y lápiz. La otra: no habría acceso a la prisión preventiva.
Así, entramos al penal de sentenciados. Y mientras los funcionarios visitantes llegaron en la inopia, los reporteros aprovechamos la oportunidad y cuestionamos al entonces director de Prevención y Readaptación Social, José González Jiménez, por qué también existía un líder del autogobierno allí. ¿Su nombre? Alejandro Mena Quirarte.
Conteniendo una mueca que lo exhibiera, José González negó que Mena Quirarte fuera un privilegiado e incluso sugirió a la comitiva de visitantes que acudiera al módulo 10, donde estaba la celda del hombre en cuestión. Craso error.
El módulo parecía una escuela: varios salones alrededor de un patio central lleno de tambos para almacenar agua. Ahí encontramos innumerables particularidades en la celda a la que se nos invitó: espacio limpio, ventilador, televisión con cable y agua potable. Nada que pudieran disfrutar sus vecinos inmediatos, quienes vivían hacinados y rechazaban hacer comentarios sobre esa abismal diferencia.
“Yo sólo quiero pagar lo que debo e irme”, repetían incómodos para evitar represalias.
Después del atropellado recorrido, el entonces secretario de Seguridad Pública, Luis Carlos Nájera, ofreció una rueda de prensa para aclarar dudas. Éstas evidentemente se centraron en los privilegios de quien, todos sabíamos, era el jefe del autogobierno en aquel entonces. Nájera respondió que era un tema para el jefe de prisiones y le cedió el micrófono.
Al tomar asiento y responder algunas preguntas, José González se tropezó en incontables ocasiones. Negó lo que le constaba a quienes entraron a la famosa celda y, acorralado, soltó una frase que enmarcó su gestión: tanto Alejandro Mena en el penal de sentenciados como Zazueta Ontiveros en el preventivo eran “liderazgos positivos”.
Lo suyo no fue cinismo ni incompetencia. Habló con la verdad. Porque en prisión, desde hace décadas los 'liderazgos positivos' son los internos. El poder real nunca ha estado del lado de la autoridad.
En las cárceles mexicanas llevamos décadas hablando de reinserción social. Lo paradójico es que quienes mejor se han adaptado al sistema son quienes nunca han dejado de gobernarlo.
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