Guadalajara, Jal. La crisis no es novedad, ha estado ahí durante meses, pero las obras y conciertos del Mundial tenían acaparada la atención de todas las autoridades en Jalisco. Y ahora que los partidos de este evento concluyeron, finalmente alguien salió a reconocerlo: el agua que llega a cientos de colonias de Guadalajara es peligrosa.
No fue el gobernador ni el secretario de Gobierno. Lo hizo el Alberto Esquer, el tercero en la estructura de gobierno.
Según los datos que este funcionario brindó en un breve anuncio en redes sociales, uno de cada 10 hogares en la Zona Metropolitana de Guadalajara recibe agua contaminada. La gente que habita en esas viviendas lidia a diario con un líquido turbio que despide un desagradable tufo a excremento.
¿Te imaginas que el agua por la que pagas no sirva ni para trapear el piso? Pues esa es la realidad para miles de habitantes en la que llaman la segunda ciudad más importante en México. El líquido que vomitan las llaves les obliga a optar por rellenar garrafones y disponer de ellos para lavar los platos y asearse.
Como dije, la crisis no es nueva, y ese tiempo transcurrido sin atención es inversamente proporcional a la gravedad del insulto a la ciudadanía.
Y lo es porque cuando se dieron a conocer los primeros reportes, las autoridades municipales y estatales de mayor nivel estaban con la mira puesta en competir con Nuevo León y Ciudad de México para ser la sede más mundialista, el recinto de los conciertos con más gente convocada y hasta en romper un récord Guinness por el guacamole más grande del mundo, uno por el que seguramente compitieron con mucho esfuerzo —y poco resultado— nuestros hermanos de Azerbaiyán, Eslovenia o Namibia.
La grave crisis que atraviesa Guadalajara simplemente no fue prioridad, y ese es uno de los yerros que más factura ha de cobrar a las administraciones en turno. Desactivar al Estado para ponerle atención a cuatro partidos y esperar a que la FIFA se retire para comenzar a enviar señales de interés es sumamente indignante.
Hoy, la respuesta institucional es intentar resolver a billetazos. Hacer una reasignación de fondos por cinco mil millones de pesos y conseguir más de 20 mil millones más de donde se pueda: de la Federación, de los amigos empresarios o quizás de una lámpara que expulse a un genio si se frota con fuerza.
Lo cierto es que estas batallas por el agua tienen décadas. Las primeras se dieron para conseguir la suficiente, luego para llevarla a asentamientos donde no había y ahora para que puedas, al menos, bañarte con ella.
Son más de 20 años resumidos en un párrafo. Y entre la ignorancia y la politiquería, la ciudad de Guadalajara no ha avanzado en lo absoluto en esta agenda, una agenda que hoy pone de relieve dos graves crisis que llevan al absurdo a la autoridad como concepción de un ente con poder de ejecución que se debe a la ciudadanía: el desinterés y la frivolidad como monedas de cambio.
Así, mientras la Perla Tapatía celebraba goles, récords y espectáculos internacionales, miles de familias abrían la llave esperando agua limpia y encontraban exactamente lo contrario. Esa diferencia entre las prioridades del poder y las necesidades de la gente explica mejor que cualquier discurso dónde estuvo realmente el gobierno durante el Mundial en Jalisco.
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