Entre 1993 y 2025, las exportaciones mexicanas aumentaron en más de 475% en dólares constantes. Sin embargo, este dinamismo contrasta con un crecimiento real acumulado del PIB de apenas 83% en el mismo periodo. Más allá de los efectos cambiarios, la aparente inconsistencia remite al criterio de medición. La medición tradicional del comercio se basa en el criterio de cruce de fronteras, el cual registra el valor comercial total de un bien cada vez que pasa por una aduana, incurriendo en una masiva doble contabilidad. Por el contrario, el producto interno bruto (PIB) mide exclusivamente el valor agregado doméstico, excluyendo por definición los insumos intermedios, tanto importados como de origen doméstico. Por tanto, la medida conceptualmente consistente para evaluar el impacto real del comercio es la de valor agregado, que resta los componentes extranjeros y cuenta solo el valor añadido localmente (salarios, utilidades e impuestos).
Cifras de los indicadores TiVA de la OCDE indican que alrededor de 35% del valor de las exportaciones mexicanas correspondería a valor agregado extranjero (cuando el promedio de OCDE es de 27%). La cifra se eleva a 71% para equipo de cómputo y electrónicos, 47.2% para automóviles y 45% para productos químicos y farmacéuticos. Actividades como comercio, servicios, agricultura y minería reportan los menores porcentajes de valor agregado extranjero en las exportaciones. Así las cosas, buena parte de lo que exportamos corresponde a valor agregado generado en otros países.
En particular, el actual auge de las “exportaciones mexicanas” de manufactura electrónica y de equipo de cómputo, relacionado con la explosiva inversión en centros de datos para inteligencia artificial en Estados Unidos incorpora en su mayoría valor agregado no mexicano, procedente de países como Estados Unidos, China, Corea del Sur, Taiwán, Vietnam y Malasia. En este sentido, en términos gruesos, cada dólar que dejamos de exportar en automóviles requiere de aproximadamente 1.8 dólares (52.8/29) adicionales en exportaciones de equipo de cómputo y electrónicos para dejar sin cambios el valor agregado doméstico que se exporta. Son exportaciones con baja tracción al PIB.
Para lograr que su dinamismo exportador se traduzca en mayor crecimiento económico, México tiene mucho que aprender de las experiencias de los casos exitosos del este asiático. Entre esas experiencias destacan:
- Esquemas de coinversión (Joint Ventures): al igual que China, México podría utilizar la inversión extranjera directa como un vehículo obligatorio de absorción tecnológica, condicionando el acceso al mercado a la transferencia de conocimientos hacia socios locales.
- Institutos "ancla" de tecnología: siguiendo el modelo del ITRI de Taiwán, el Estado puede crear centros que absorban tecnología extranjera de frontera para transferirla y difundirla masivamente entre emprendedores y proveedores nacionales.
- Agencias de inversión técnicas: emulando a la EDB de Singapur, se establecería una institución con autonomía meritocrática que blinde los proyectos industriales de largo plazo de los vaivenes de los ciclos políticos.
- Comités de transición tecnológica: como hizo Corea del Sur en los años 90, el gobierno debe coordinar activamente a las empresas para saltar de productos de tecnologías salientes por productos de nueva generación (por ejemplo, de vehículos de combustión a eléctricos o de productos electrónicos a inteligencia artificial), estableciendo normas que creen nuevos mercados.
Medir el comercio en términos de valor agregado permite identificar más claramente los canales de transmisión que vinculan el crecimiento exportador con el crecimiento del PIB, evitando la "ilusión exportadora" que resulta del empleo de la métrica de cruce de frontera, que es la más ampliamente difundida. Para profundizar en esta perspectiva, se pueden consultar las plataformas TiVA de la OCDE y el programa MECOTVA del INEGI, aunque no son plenamente consistentes entre sí.
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