En el análisis de la economía mexicana, pocos indicadores generan tanto entusiasmo y confusión simultánea como la inversión extranjera directa (IED). Es imperativo precisar que la IED no es una medida de "fierros y ladrillos" en primera instancia, sino un indicador de financiamiento y propiedad que busca crear un interés a largo plazo por parte de inversionistas extranjeros en el país. Su construcción es un esfuerzo de lo mejor en el mundo entre la Secretaría de Economía, que gestiona el Registro Nacional de Inversiones Extranjeras (RNIE), y el Banco de México, que aporta la visión de los flujos financieros de la balanza de pagos. Esta estadística sigue los lineamientos del Manual de Balanza de Pagos del FMI y la Definición Marco de IED de la OCDE, lo que le hace internacionalmente comparable.
Recientemente, México ha reportado flujos que superan los 40 mil millones de dólares anuales. Sin embargo, para entender su evolución, debemos desglosarla en sus tres componentes: 1) nuevas inversiones, 2) reinversión de utilidades y 3) cuentas entre compañías. Es aquí donde surge la "trampa semántica" de llamar inversión a dos conceptos distintos. Mientras la inversión fija bruta (FBCF) que publica el INEGI mide la incorporación de activos fijos para la producción, la IED solo mide quién es el dueño del capital. La relación con el producto interno bruto (PIB) evidencia esta brecha: mientras la FBCF representa entre 20% y 22% del PIB e impacta directamente el crecimiento físico, la IED suele oscilar apenas entre 2% y 3%. Un cambio de acciones entre empresas puede disparar la IED sin que se ponga un solo ladrillo nuevo en territorio nacional.
Un reto crítico para el analista son las correcciones de cifras. Debido a que la ley permite reportes extemporáneos, los datos sufren ajustes constantes, mayoritariamente al alza, que suelen oscilar entre 10% y 20%. Por ello, la regla de oro es comparar siempre cifras preliminares contra preliminares del mismo periodo anterior, a sabiendas de que son datos imprecisos. Comparar un dato preliminar actual contra uno ya revisado e "inflado" del pasado generará falsas señales de contracción de la IED.
Consideremos además que el hecho de que la IED actual se concentre masivamente en la reinversión de utilidades y en cuentas entre compañías —rubros que representan dinero que ya está en el país o movimientos de deuda interna de empresas multinacionales— es más consistente con una actitud corporativa de "esperar y ver", propia de un entorno de incertidumbre, que con una percepción de que la economía "va bien". La reinversión es, en muchos casos, la decisión inercial de no retirar ganancias ante la falta de mejores alternativas inmediatas, mientras que las nuevas inversiones, que incluyen aquellas que realmente expanden la capacidad instalada, han mostrado una dinámica mucho más reservada.
Finalmente, la entrada de IED no debe leerse mecánicamente como una validación de las políticas públicas actuales. La estadística no informa sobre cuánto más capital se pudo haber captado, especialmente en nuevas inversiones y proyectos "desde cero" o greenfield, si no se estuvieran emitiendo señales adversas. Factores como la reforma judicial, el deterioro educativo, el estancamiento tecnológico, la falta de infraestructura energética y logística, las finanzas públicas al límite, el crecimiento de la informalidad, la inseguridad y la marginalidad de la banca de desarrollo actúan como frenos invisibles. En resumen, la IED nos habla del origen del dinero y la permanencia de los capitales que ya están aquí, pero la verdadera expansión de la planta productiva nacional sigue siendo una tarea que la estadística de la Secretaría de Economía, por su naturaleza financiera, no puede reflejar por sí sola.
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