El Plan México es la iniciativa mejor estructurada de la 4T para superar décadas de bajísimo crecimiento económico, que ha promediado 1.4% anual entre 2001 y 2025. Para que esta iniciativa sea realmente efectiva, debe centrarse en elevar la eficiencia sistémica del aparato económico mediante el fortalecimiento del talento humano, la integración tecnológica de la inversión extranjera y la implementación de mejoras institucionales.
Un síntoma estructural clave de la economía mexicana es el retroceso en su eficiencia productiva general, con una caída promedio anual cercana a 0.51% desde 1991. Así, el poco crecimiento que se ha logrado se ha basado en sumar más trabajadores y maquinaria, pero sin mejorar la manera en que estos se organizan.
- El problema de la mala asignación: el diseño de las instituciones actuales genera un esquema donde se incentiva la informalidad y se imponen cargas excesivas a la formalidad. Esto provoca que gran parte de la capacidad laboral quede atrapada en microempresas que carecen de la escala necesaria para ser eficientes o adoptar nuevas tecnologías.
- Desconexión educativa: existe una brecha significativa entre lo que se enseña en las aulas y los requerimientos técnicos de sectores de vanguardia. No basta con revertir el deterioro de la matrícula, sino que se requiere de una sincronización real entre los programas de estudio y las demandas industriales del presente.
Hasta ahora, el modelo exportador nacional ha operado con gran velocidad, pero sin lograr arrastrar al resto del tejido productivo. Por esta razón Juan Carlos Moreno Brid acuñó la alegoría de “una locomotora sin vagones”. Para que la meta de alcanzar un 15% de integración nacional sea posible, la llegada de capital foráneo debe ser vista como una oportunidad de absorción de conocimientos.
- Capacidad de asimilación: la tecnología no se transfiere por sí sola; requiere una fuerza laboral capaz de adoptarla y mejorarla. México debe fomentar procesos de copiar, adaptar y mejorar para dejar de ser solo un centro de ensamblaje y convertirse en un creador de soluciones propias.
- Del ensamble a la innovación: el éxito de la relocalización de empresas no debe medirse por el número de plantas instaladas, sino por la generación de propiedad intelectual y software en suelo nacional. Se debe transitar hacia un esquema donde los ingenieros locales participen cada vez de manera más activa en el diseño original de los bienes exportados.
Para que el capital privado abandone su actual cautela ante la incertidumbre que generan los cambios en el sistema judicial y la creciente fragilidad fiscal del gobierno mexicano, el Estado debe actuar como un estratega técnico, mediante la promoción de:
- Una institución coordinadora independiente: se requiere una agencia técnica con autonomía de gestión, similar a la del Banco de México, que proteja los proyectos industriales de los vaivenes políticos. Este ente debería condicionar los apoyos estatales a compromisos reales de transferencia de tecnología y capacitación especializada.
- Centros de investigación integrados: los polos de bienestar deben ser más que perímetros industriales aislados para transformarse en distritos de innovación donde coexistan laboratorios, universidades y fábricas de alta tecnología.
- Reforma a la protección social: separar el acceso a la salud del estatus laboral de las personas, financiándolo mediante la recaudación general.
- Control de daños de la reforma judicial: desactivación de los aspectos que generan mayor incertidumbre económica.
- Reforma fiscal: que aumente los ingresos y se dé más racionalidad, orientada al crecimiento, de los egresos.
En conclusión, el Plan México tiene un enfoque correcto sobre la importancia de la soberanía productiva, pero su viabilidad real depende de la creación de una infraestructura educativa sólida y un entorno institucional y legal que brinde certidumbre a largo plazo.
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