El 25 de junio la presidenta Sheinbaum afirmó que el PIB se queda corto para monitorear el desarrollo del país, dado que no refleja aspectos sociales relevantes como la pobreza o la desigualdad, variables que en el marco del “humanismo mexicano” (sic), resultan más significativas. Estas declaraciones han generado críticas especialmente de economistas entrenados para ver en el PIB el indicador de progreso y bienestar por antonomasia. Sin embargo, cabe recordar que el mismísimo inventor del PIB, Simon Kuznets, en varias ocasiones advirtió de sus limitaciones, diciendo cosas como que “es muy difícil deducir el bienestar de una nación a partir del ingreso nacional” (1934) y que “debían tenerse en mente distinciones entre cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costos y su retorno, y entre el corto y el largo plazos” (1962).
Estas ideas fueron rescatadas en el reporte de la Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi (2009) https://ec.europa.eu/eurostat/documents/8131721/8131772/Stiglitz-Sen-Fitoussi-Commission-report.pdf, cuyo objetivo era identificar los límites del PIB como indicador único del éxito nacional y proponer alternativas que midan el bienestar humano y la sostenibilidad ecológica. Dicho reporte sirvió a su vez como plataforma de lanzamiento del movimiento global llamado “más allá del PIB”, impulsado por la ONU (con PNUD, CEPAL, etc.), la OCDE y la Unión Europea, entre otras. Múltiples oficinas nacionales de estadística alrededor del mundo, incluyendo al INEGI, participan también de este proyecto, de manera que lo que afirma la presidenta no es una simple ocurrencia.
La idea en el fondo es que el crecimiento económico es un medio para un fin y no un fin en sí mismo, considerando que existen modalidades de crecimiento que han resultado empobrecedoras y agudizadoras de las desigualdades. Sin embargo, una realidad inescapable es que los países que más han reducido su pobreza lo han logrado por medio del crecimiento económico. Ni los aumentos al salario mínimo ni los programas sociales, con todas sus bondades, son vías para el progreso social sostenido en el largo plazo.
Datos del Banco Mundial revelan que tan solo entre China e India bajaron la pobreza en más de mil 200 millones de personas en los últimos 40 años gracias a su crecimiento económico acelerado y sostenido. Ello significó también el tránsito del subdesarrollo al desarrollo de países como Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán y Singapur, que lograron erradicar la pobreza extrema por la vía del crecimiento incluyente. Un caso más reciente es el de Polonia, que ha alcanzado avances espectaculares de crecimiento económico y reducción acelerada de la pobreza.
Así las cosas, la alternativa al “crecimiento excluyente” no puede ser el “estancamiento incluyente” sino el crecimiento económico incluyente, acelerado y sostenido. Para que México pueda profundizar la reducción de la pobreza (una reducción sobrestimada como se muestra en https://redaccion.nexos.com.mx/la-doble-vida-del-ingreso-y-la-pobreza-en-mexico/) necesita más y no menos crecimiento económico.
Pretender que la anemia de crecimiento y el progreso social son compatibles en el largo plazo es un mero ejercicio de autoengaño. Está muy bien que el foco del progreso se ponga en el bienestar humano sostenible, por lo que hay que redoblar esfuerzos por crecer más y mejor y no conformarnos con lo que se pueda haber logrado vía salarios mínimos y programas sociales, pero que ya no es viable sostener. Pensemos en cuánto más se pudo haber reducido la pobreza si entre 2018 y 2025 la economía mexicana hubiera crecido a la tasa acumulada mundial de 22.6% (FMI) en lugar de la de 5.6% que registró (INEGI). Reflexionemos en cuánto podría mejorar la calidad de vida en México durante las próximas décadas si logramos corregir nuestro fallido modelo de crecimiento económico de los últimos 40 años.
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