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México y Nicaragua: entre simular y cancelar elecciones

Con la dictadura. La dictadura nicaragüense anunció la cancelación de las elecciones y el régimen mexicano no ha parpadeado. Cuando se pronuncie lo hará para apoyarla en nombre del principio de la autodeterminación de los pueblos, bajo el supuesto de que el dictador Ortega encarna al pueblo, que se autodetermina perpetuándolo en el poder.

Afinidades electivas. Pero entre los regímenes de Managua y de la CDMX hay más afinidades (electivas, por atracción recíproca, como en la novela de ese título de Goethe). Ortega canceló la vía electoral, dijo, para que no ganen candidatos financiados por Estados Unidos y para que no regresen los ‘somocistas’, en referencia a la familia Somoza que sometió ese país, pero que va para medio siglo la caída del último de la dinastía. Un parecido nada sorprendente con la denuncia de la presidenta Sheinbaum de que Estados Unidos quiere determinar las elecciones en México con las acusaciones de vínculos con los cárteles de un número indeterminado de funcionarios y políticos de su grupo en el poder. O con su identificación de la crítica y la oposición como enemigas del pueblo y como parte de una conspiración de la extrema derecha internacional contra la ‘transformación’ encabezada por López Obrador.

Simulación. En México (todavía) se ve remota la cancelación de la vía electoral, pero en cambio están a la vista las trampas del régimen para hacer de los procesos electorales un ritual de simulación. Fuera de la ley, arrancaron los procesos internos de proselitismo del partido oficial. Y ya es suyo el árbitro, el INE, otrora independiente de partidos y gobiernos. Y serán ese árbitro y un tribunal igualmente atrapado, los que descarten candidaturas opositoras tras fabricarles nexos con el narco, y los que anulen elecciones ganadas por la oposición cuando determinen o inventen algún apoyo de fuera.     

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