Una especie de proeza retrospectiva -como se expresó aquí la semana pasada- fue la de la selección mexicana de 1962 en Chile. Su artífice, o mago, Nacho Trelles; el secreto, un equipo comprometido, muy bien comprometido, que sólo perdió con quien a la postre resultara campeón (Brasil), y ganándole al subcampeón del orbe (Checoslovaquia). Ahora, en 2026 y hasta el minuto 36 del partido contra Inglaterra, parecía que podía repetirse algo como lo de aquel año, al enfrentar, en su quinto histórico partido, a uno de los favoritos.
Se llegaba en ese 5 de julio con un registro impresionante: cuatro partidos disputados, invicto, cero goles en contra y ocho anotados. Estaba a punto de igualar la proeza de Italia de 1990 en la historia de los mundiales: ganar sus primeros cinco encuentros sin recibir gol alguno. Se vivía una ilusión colectiva que dejaba fuera al mundo circundante. Se conquistó una afición que decidió “volver a creer”. Ante todo ese clima, un entrenador precavido, prudente: “La selección necesita hacer un partido casi perfecto”.
Con la oportunidad histórica al alcance, y dominando a la pérfida Albión, llegó el minuto 36 y luego el 38: dos goles en lo que pareció un parpadeo. Paradojas de lo que finalmente, en esencia, es sólo una actividad lúdica (por comercializada que esté). México siguió dominando para que, no obstante, le clavaran el tercero. Se aproximó al 69 para avanzar hasta el final con ese 3 a 2. ¡Jugó como nunca y perdió como siempre!, el permanente ritornelo en muchas lenguas de doble filo, ahora equívoco. No, ¡ostensiblemente no!
Algo o mucho cambió ya en esta historia desde el primer Mundial de 1930, cuando México perdió sus tres partidos, con 4 goles a favor y 11 en contra. Si antes del juego (según Mitofsky) la afición opinaba, en un 13%, que sólo se haría “un buen papel”, 29% que su participación sería “mala” y 57%, con esperanza, afirmaba que quedaría “regular”. Después de ese quinto juego la opinión fue diferente (quizá “porque jamás la traicionaron”, como diría Juan Gabriel), y su actuación fue calificada con un 8.5 por su desempeño (encuesta de El Financiero, julio 8). Como lo resumió otro medio (Reforma) en un sentido similar: “Vende México cara la derrota . . . pero se va con la frente en alto y un futuro alentador”. Otra vez Aguirre, medido: “México avanza, pero no tan rápido como debiera”.
La pasión por el equipo nacional fue desbordante en todo el país, al margen de ideologías, ingresos y religión. Un México unido a una causa ¡por fin! El cuarto triunfo trasmutó el entusiasmo en alegrías y felicidad, pero también en pérdida de vidas. Para el quinto, el peligro era mayúsculo en cualquier circunstancia: ganar o perder. La entrega del equipo ante Inglaterra cauterizó cualquier posible herida de la afición. El “casi perfecto” de Aguirre pareció encontrar un sinónimo en un mexicanísimo “por poquitito”, particularmente cuando se vio el desempeño de Inglaterra ante Argentina.
Al final de cuentas México perdió, pero el aroma de una derrota se extinguió para quedar como un orgullo en el sentir de muchos. Cosas del corazón, una pasión que desvaneció su sombra. ¿Para siempre? inquiriría Amado Nervo.
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