Calderón en Cuba. Lleva un mensaje la imagen descrita por Ciro Gómez Leyva de la estatua derrumbada -y abandonada- del expresidente Felipe Calderón, en el Paseo de los Presidentes de Los Pinos. El artículo remite a protagonistas de las historias de Cuba y la URSS, reinventados como enemigos de Fidel Castro y Stalin, respectivamente, condenados a la inexistencia con el recurso de borros de las fotografías oficiales. Dejar la estatua de Calderón derribada -intencional o fortuitamente- parecería repetir comportamientos de esos regímenes.
Teoría del sepulturero. Conocedor de los géneros del periodismo anticonvencional, Gómez Leyva puso el ojo en un hecho con valor informativo, al margen de los reflectores de las grandes coberturas: el estado de la estatua de un personaje, hoy secundario, en un espacio que dejó su centralidad hace años. El periodista dio allí con un hilo significativo del derrotero en curso del régimen mexicano. Aplicó Ciro la ‘teoría del sepulturero’, llamada así por el trabajo de Jimmy Breslin quien, enviado por el Herald Tribune a cubrir el funeral del asesinado presidente Kennedy, pasó a la celebridad con su entrevista al enterrador. El resultado fue original y perturbador. Mientras tanto, los tres mil periodistas que asistieron al sepelio publicaban notas con detalles uniformes de solemnidad y con las mismas conmovedoras escenas de los pequeños hijos del presidente muerto.
Nuevo enemigo. En la misma línea de la estatua derribada van la reescritura de la historia y la invención de enemigos, propias de dictaduras con sello ideológico. Y, al despropósito de integrar al INEHRM a la lista de los hoy vapuleados centros de excelencia del antiguo Conacyt, le agregó la encomienda de crear carreras y maestrías con el giro ideológico del régimen, así como el dislate de asignarle la investigación de su nuevo enemigo: la supuesta extrema derecha de sus críticos.
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