Como vimos la semana pasada con el ejemplo del estadio, si la tarea individual que nos toca realizar para contribuir a una gesta colectiva es sencilla, es factible que al ver que los demás la ejecutan, nosotros también, de buena gana, nos sumemos.
Ahora bien, cuando trasladamos este principio a la solución de un problema público, no basta con lograr que la comunidad participe. Para que el método funcione, es indispensable que los miembros de la sociedad compartan el mismo objetivo, conozcan las metas comunes y entiendan con precisión cómo su esfuerzo individual contribuirá a alcanzarlas.
En el Teletón, por ejemplo, se establecía (escribo en copretérito porque hace años que no lo veo y no sé cómo lo hagan actualmente) un objetivo claro: “abrir un CRIT en la ciudad X” y se comunicaba exhaustivamente una meta financiera concreta que servía como desafío para incitar la participación; todos conocíamos el monto que se buscaba recaudar y permanecíamos atentos hasta saber si finalmente se alcanzaba.
Y es que no puede funcionar como norte un objetivo sobre el que la sociedad no tiene conciencia, ni como motor social una meta que no se conoce.
Abro un paréntesis, pues se me ocurre que tal vez por eso estamos donde estamos como país, pues, que yo sepa, no tenemos objetivos ni metas nacionales. Seguramente están muy bien escritos en el Plan Nacional de Desarrollo, pero ¿quién los conoce? Yo no y, francamente, dudo que cualquier ciudadano de a pie sepa qué es lo que dice ese documento y qué es lo que el segundo gobierno de ese híbrido de ineptitud y corrupción autodenominado “cuarta transformación” se ha propuesto lograr para México.
Entonces, si los ciudadanos desconocemos los objetivos de nuestro país, estado o de la ciudad de los que formamos parte, ¿cómo podríamos contribuir a alcanzarlos? Mi conclusión es que los objetivos y metas nacionales contenidos en el Plan Nacional de Desarrollo y sus equivalentes en los estados y municipios, son del gobierno, pero no de la sociedad. Esta conclusión explica por qué nuestros resultados son tan mediocres, pero también nos brinda aliento: no estamos condenados a que lo sigan siendo; lo que necesitamos es ponernos de acuerdo y establecer objetivos que genuinamente respondan a nuestros intereses, y nos permitan y motiven a trabajar juntos gobierno y sociedad.
Volviendo a nuestro método, el objetivo que nos pongamos debe ser resolver el problema público elegido, en tanto que las metas deben ser hitos medibles, ambiciosos pero alcanzables.
Por ejemplo, el objetivo de una ciudad con escasez de agua podría ser convertirse en la ciudad con la mejor gestión del fluido en América Latina; el de un estado con altos índices de violencia podría ser lograr cero feminicidios en el año, o el de nuestro país podría ser colocarse en el top 10 de los países con menos corrupción.
La próxima semana veremos que objetivos como estos no resultan descabellados y cómo, junto con las metas, nos sirven para activar y mantener viva la participación social.
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